dissabte, 24 d’agost de 2013

Recuerdo de Rosalía Mera con motivo de su muerte

Ya sé que me arriesgo a una reprimenda por parte de algún vigilante de la playa ideológica, pero, en nombre de una cierta idea de justicia, permítaseme reconocer que conocí a Rosalia Mera y conocí de cerca la labor que lleva a cabo la Fundación Paideia que ella había creado y animaba personalmente. Ni quito ni pongo, pero está claro que esa gente hacía y está haciendo cosas valiosas cuyo mérito sería injusto negar.

La Fundación me invitó a dictar un par de seminario en 1998 y 1999, trajo a Coruña una exposición de la que era comisario —La ciudad de la diferencia, que montaba la Fundació Baruj Spinoza— y me encargó el prólogo de un libro. En aquel momento el director de Paideia era Francisco Álvarez Fontela. Con motivo de aquellas colaboraciones tuve oportunidad de compartir un buen número de momentos con Rosalía y su hija Sandra. Rosalía me pareció una persona agradable e inteligente, que no ofrecía pista alguna en el plano personal que indicara su fortuna.

En las visitas que hice a la Fundación, me instalaron en su sede en la plaza Maria Pita, en el altillo que habían habilitado como habitación de invitados. He recuperado esta foto en que aparezco allí. Sentado a mi lado está el especialista en educación especial Federico Menéndez y, de pie, Juan Pérez Marín, un empresario que daba trabajo a personas con minusvalía. Compartía con ellos un seminario sobre exclusión social. La foto debe ser seguramente del 99 y a hizo María Meseguer.

La contradicción que implica este tipo de colaboraciones es de la misma naturaleza que las que supone aceptar encargos de la Fundació la Caixa o recibir becas de la Fulbright, pongamos por caso. Seguramente no deberíamos asumir tareas cuya recompensa provenga de un sistema económico que aborrecemos, pero si fuera así de hecho no haríamos nada. Como decía Bataille, respirar nos convierte en cómplices. Pero aquí de lo que hablamos es uno de esos patrocinadores inconfesables con quien has tenido la oportunidad de hablar, del que has visto la cara y con quien no has podido evitar simpatizar, al menos en esos momentos de coincidencia.

Lo siento, pero Rosalía me pareció una buena persona y reconozco que me dolió su pérdida. Ahora ya me podéis pegar.  



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