dissabte, 24 d’agost de 2013

"La cultura del músculo", artículo publicado en El Periódico de Catalunya, el 2/8/1992

Artículo publicado en El Periódico de Catalunya, el 2 de agosto de 1992, durante la celebración de los XXV Juegos Olímpicos

LA CULTURA DEL MÚSCULO
Manuel Delgado

El cristianismo nos enseñó que el cuerpo es un campo de batalla donde luchan a muerte la carne y el alma, o su versión laica, la razón. El buen deportista es alguien que se expresa la victoria del espíritu o, como se prefiera, de la racionalidad, sobre sus enemigos de siempre: el desorden, la indisciplina, la enfermedad. El cuerpo deportivo es el que ha conseguido colonizarse a sí mismo, expulsando o haciendo callar a las potencias que exigen un regreso a la selva. El cuerpo del deportista es un cuerpo radicalmente domesticado, en que cada milímetro de piel, cada músculo, cada articulación, han sido sojuzgados a los principios de la armonía y del orden racional, y en que no queda apenas rastro de un pasado salvaje y libre.

Observen los cuerpos que se exhiben estos días en canchas, piscinas y pistas. Esa tensión, ese equilibrio que muestran, son testimonio de un extraordinario autocontrol, de la constancia y de la buena administración de los propios recursos. Son cuerpos contabilizados, resultado de complejas operaciones de cálculo, en las que todo –entrenamiento, dieta, cuidados— está al servicio de principios de productividad. Nada que ver con la moral del atleta de los Juegos Olímpicos de la antigüedad, que no hacía más que demostrar sus cualidades para la guerra, que ese cronómetro que preside todas las pruebas de nuestro pseudo-Juegos contemporáneos. En efecto, el auténtico rival contra el que el moderno deportista se enfrenta es, como cualquier otro productor sometido a la lógica industrial, el dios reloj. Nada menos ateniense o espartano que nuestra obsesiva manía por las marcas y récords.

Por mucho que nos desilusiones, la verdad es que lo que nosotros llamamos deporte no es otra cosa que la invención de la Inglaterra puritana del siglo XVIII, y no se puede desligar de la mentalidad calvinista que lo engendró. Lo que entonces ocurrió es que algunos pasatiempos tradicionales fueron sometidos a reglamentación severísima y colocados al servicio de la purificación y el control rentable del tiempo libre, que así no era desviado hacia las diversiones inútiles y los vicios. Así nació el sport, para que los cuerpos sustituyeran la mortificación del silicio por algo que, además de garantizar la salvación del alma, resultara positivo y aprovechable. Y de esta manera el cuerpo se empezó poco a poco a machacar, no sólo para borrar la carne, sino también para hacer de cada cual una factoría, una fábrica en que el organismo humano era concebido como una máquina de correr , de saltar, de hacer flexiones, de nadar, de encestar o de marcar goles.

Imposible por ello entender el llamado espíritu deportivo al margen del ascetismo protestante y de la no menos protestante moral del éxito individual. El moderno héroe deportivo no tiene nada que ver con el héroe olímpico y si mucho con el héroe calvinista, el hombre que se ha hecho a sí mismos gracias a la renuncia y al sacrificio, y ha superado esa carrera de obstáculos en que la sociedad competitiva ha convertido la vida. Los laureles son para los mejores, aquellos que, como diría José Agustín Goytisolo, han sabido alzarse sobre los demás.

El espectáculo olímpico de estos días habla de una cultura del músculo, y al hacerlo nos remite a una civilización en que todo ser humano debe estar dispuesto para sacarle el máximo provecho a las propias potencialidades, para alcanzar, con la adecuada racionalización del rendimiento físico, mental y energético, todas las metas propuestas. Lástima que una cultura así, que prima el esfuerzo y el amor propio en la lucha por el triunfo, sólo pueda estar constituida por fracasados. Porque siempre habrá alguien más fuerte y que llegue más alto y más lejos.


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