dissabte, 3 d’agost de 2013

"El poder de la fiesta", artículo publicado en Diario 16 el 30/6/1987

Curro Romero en la plaza de Puerto de Santa María, el 4 de agosto de 1996. 
Fotografía de Frederik Hagblom, tomada de fotografiataurina.com.
Este artículo fue publicado el 30 de junio de 1987 en Diario 16, acompañando el anuncio de la celebración en Cardona del 1er Simposi sobre Bous i Tauromàquies de Catalunya, organizado por el Departament de Cultura de la Generalitat de Catalunya y que propuse y dirigí en septiembre de aquel año

EL PODER DE LA FIESTA
Manuel Delgado

Ya hace tres cuartos de siglo que Ortega convocaba a hablar y a pensar en serio acerca de los toros. Hacerlo significaba tomar conciencia de que este ámbito era habitado por cuestiones mucho más trascendentes de lo que los discursos tópicos al respecto manifestaban. Este reto todavía hoy está pendiente y aún no se ha razonado lo suficientemente a fondo en torno a qué es lo que significa la persistencia en nuestro país de ritos de sacrificio como éste. 
Debería resultar evidente para aquellos que cultivan las humanidades o las ciencias sociales, el que las tauromaquias españolas conforman un paisaje cultural sugestivo y fascinante, cuyas claves explicativas constituyen aún un auténtico enigma.
Hoy como en 1914 la vigencia en España de inmolaciones ceremoniales supone un desafío no satisfecho para todos aquellos que desde la antropología, la psicología, la sociología o la historia están obligados a no conformarse con el aspecto epidérmico de las cosas, máxime cuando es fácil sospechar (Ortega lo hizo) que en un tema como éste nos encontramos ante un lugar que desde su aparente condición periférica ilustra e ilumina amplias parcelas de nuestra vida individual y colectiva.
También merecería una mirada atenta y profunda la base argumental desde la que a lo largo de toda su historia este tipo de fiesta de inmolación han sido hostigadas y perseguidas. ¿Qué es lo que justifica este interés destructivo, ese ensañamiento o, en otras oportunidades, ese ansía domesticadora que tantas veces los poderes políticos y religiosos han explicitado hacia las fiestas de toros?
Entre la voluntad de aniquilar y la frecuente necesidad de parasitar, aquellos que han detentado la autoridad civil o eclesial han entendido que las tauromaquias “eran una realidad social que no permitía la indiferencia.
Hoy mismo, el proyecto de construcción de una Europa uniformizada cultural y moralmente pasa también por el intento de erradicar una presencia como la de la ritualística taurina brumosamente mostrada como inconveniente. Se impone pensar en serio también acerca de la base ideológica de la moderna taurofobia. No hay duda de que estamos ante actitudes que no pueden tolerar la existencia de comportamientos culturales que impliquen formas poco o nada controladas de violencia popular, en las que se está subvirtiendo el monopolio estatal sobre la violencia o la muerte. Ante una inaceptable disidencia de la clandestinización de la muerte animal y de la muerte en general. Ante una afirmación ritual que no puede resultar comprensible desde el utilitarismo dominante. Se mata en público y en cierto modo por el público y todo ello por razones y hacia fines que son de orden simbólico. Y todo ello no puede ser en ningún modo digerible para un sistema, aunque no como el capitalista, que sólo puede admitir la muerte ejercida en nombre del beneficio. Una muerte que siempre se oculta. Como dijera Georges Bataille, “el sacrificio está en las antípodas de la producción”.
Pero, sobre todo, lo que existe para aquelos que han condenado a muerte los viejos ritos de sangre es la convicción de que en ellos se habla vehementemente de otras cosas que jamás son un juego frívolo, sino el lugar donde la comunidad despliega ante sí misma las razones más importantes de su existencia.
En las fiestas y en los ritos, en todos, se constela siempre la moral colectiva, la ideología cultural en sus aspectos más sustantivos y un modalidad estratégica de acción social. Se engañan los que creen que en las fiestas de toros sólo hay arte. Hay mucho más. Hay una determinada visión del mundo absolutamente incompatible con el proyecto de sociedad estatalizada y capitalista como una visión del mundo que debe ser desactivada en nombre de ese progreso en el que cada vez creemos menos las personas progresistas. En la fiesta de los toros no debe olvidarse no se habla por hablar y lo que se dice tiene que ver con la vida social y su ley. Es más, allí se expresa un poder. El problema es que ese poder no es el de los poderosos.
En el Simposio de Cardona, escenario de una de las más extraordinarias fiestas de la Península intentaremos hacer por entender que es lo que tanto les asusta y escandaliza a los perseguidores de la fiesta, qué motiva su vocación destructiva u ocultadora. Lo haremos subrayando su condición de catalana.


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