divendres, 16 d’agost de 2013

El circo, modelo pedagógico. Fragmento del artículo "El animal de compañía como modelo de civlización", publicado en Animalia, VI/40 (1992)

Fragmento del artículo "El animal de compañía como modelo de civlización", publicado en Animalia, VI/40 (1992): 22-31


¿Qué mejor demostración del grado no de sumisión sino de control sobre los propios impulsos naturales que el que nos brinda el león en el indispensable numero circense del domador metiendo su cabeza entre sus fauces?

El tipo de operaciones que el animal de circo pone en escena pueden ser colocadas en paralelo con las que desencadena esa otra modalidad extrema de domesticación que es el sacrificio. Como el animal sacrificado, el oso que monta en bicicleta, la foca que juega al baloncesto o la orca que en el delfinario del zoo ha sido enseñada a saludar alegremente a los niños llevan a cabo por todos nosotros, representados por la acción arriesgada del oficiante -sacrificador o domador-, ese acto de conectar esferas que, de no ser por él, permanecerían completamente incomunicadas, como son lo totalmente silvestre y lo totalmente domesticado.

Lo que hace el domador es invertir entonces, el tipo de premisas que cierta psicología, y muy especialmente el psicoanálisis, puso en su momento en circulación. Se nos dijo que todo ser humano escondía una bestia y el artista del circo nos advierte de que toda bestia oculta en su interior un ser humano, algo que ya sostuvieron antes todo tipo de filósofos y que, hoy por hoy, es el argumento vertebral de todo el movimiento animalista. Gómez de la Serna supo apreciarlo lúcidamente en El circo, un libro publicado en 1926: “¡Cómo miran algunos animales a los artistas! Ante esos animales se piensa si serán estos animales que presentan los artistas del circo de esos animales de los cuentos de niños, que son un ser humano encantado, quizás encantado y embrujado por la bruja artista o por el brujo artista, que encontraron por el mundo un hombre débil o una mujer débil a la que convertir fácilmente en animal” (1987, p. 92). Es curioso, en ese sentido, contemplar como los espectáculos circenses con domadoras funcionan siempre como escenificaciones en vivo de “La Bella y la Bestia” o de cualquiera de sus secuelas, entre ellas aquella que tan bien reconocía la adaptabilidad circense del tema, la película “King-Kong”. Para el caso inverso, aquél en el que el animal salvaje es una hermosa dama encantada, tómese el modelo de “la cierva del bosque”, de Madame d’Aulnoye.

Mucho antes de que se generalizase el fenómeno petichista, Ramón Gómez de la Serna, en la obrita antes citada, llegaba con respecto del domador a una conclusión que todos homos oído repetir multitud de veces con relación a los animales hogareños y sus propietarios: “Cada domador de animales se parece a la especie domesticada”. En efecto, si el domador convive con sus fieras casi como si se tratase de su familia - así suelen describir su experiencia los artistas-, en el propio ambiente circense ya se explicitaba la posibilidad de democratizar este tipo de pedagogía de la socialización, haciendo accesible la posibilidad de llevar a cabo uno mismo y en su casa la actuación domesticadora-civilizadora de un Ángel Cristo, por ejemplo. Las farsas de doma de que eran protagonistas los payasos estaban señalando desplazamientos paródicos simbólicamente equivalentes, peor mucho más accesibles a su asunción por personas no especializadas. Así, el uso de monos -un animal que hasta hace no mucho y desde hacía siglos había sido un petiche habitual advertía de lo que los números de doma tenían de antropomórficos, en tanto podía reconocerse en el chimpancé fumador, por ejemplo, una burla fácilmente reconocible de nuestra propia condición. Y todavía más claramente: el empleo por parte del clown de perritos amaestrados para hacer una sátira de la actuación del domador.

Nuestros petiches son los mismos que los del número de los payasos con animales en el circo. Permiten, al fin, esa hogarización del espectáculo de doma. Las actitudes “educadas” que esperamos de nuestros perritos y gatitos -¡Ven!, ¡sube!, ¡toma!...- hacen de nosotros una especie de domadores naïf, y lo mismo podría decirse de los hamsters que regalamos a nuestros hijos, cuyas jaulas ya están pensadas como circos en miniatura, espacios para que los animales ejerciten piruetas. En todos los casos se trata de conectar relaciones paralelas: la que tienen las fieras con su fiereza, las mascotas con su condición todavía animal y nosotros mismos con todos esos impulsos que nos invitan constantemente a traicionar el pacto de civilización. Así, no es sólo que tratemos a nuestros animales como si fuesen niños, sino que también esperamos de nuestros niños que aprendan la lección que les llevamos a contemplar al circo y que les traemos a casa con el animal regalado por Navidad -ese hermanito inesperado- y que será la que haga de ellos, un día, seres civilizados. No, como en otra época, enseñándoles el arte de obedecer ciegamente sino el de autoreprimir los impulsos. Es cierto que “educamos” a nuestros animales como si fueran niños, pero lo es igualmente que “domamos” a nuestros niños como si fuesen animales feroces. Quien haya tenido la experiencia personal de convivir con esos pequeños “diablillos” -la película “Gremlins” no hacía sino hablar de ellos y de su larvada condición de seres peligrosos para la comunidad-, sabe hasta qué punto esta apreciación no es exagerada.

Por otro lado es igualmente correcta la afirmación que se hace, a veces con ironía, de que no es tanto la mascota la que es domesticada como ella la que domestica. Este lugar común responde a la percepción que se tiene de la labor pedagógica que lleva a cabo el perro o cualquier otro animal de compañía, un autentico maestro de buenos modales y de convivencia. No es ésta una apreciación que no compartan los defensores de la razón práctica en la explicación del petichismo. Cuando se habla de los beneficios de los animales de compañía para coayudar a la educación de los niños o a la readaptación de enfermos mentales o encarcelados se pone énfasis en una cualidad que tienen para instituirse en modelo de urbanidad. 

Si el clown circense acercó la figura del animal domado a la calle y nos brindó la posibilidad de ejercer también nosotros como domadores de animales inofensivos, la evolución de la industria petichista y del sistema de consumo que de ella deriva ha puesto de manifiesto que los urbanitas tienden cada vez más a atreverse a poseer animales hasta ahora asociados sólo al circo o a su pariente el zoo. Lo demuestra la incorporación al circuito de mercado -a veces de forma ilegal- de animales de procedencia exótica, muchos de ellos -como las pitones reina, las boas constrictor o los caimanes- reputados como peligrosos. Una circunstancia ésta a que habría que añadir la costumbre creciente de adiestrar como animales sólo de compañía, esto es para fines que no tienen nada que ver con la seguridad de bienes o personas, de perros de ataque. El caso de la recientísima moda de los agresivos pit bull terrier, verdaderos canes de pelea, podría ser una magnífica ilustración de ello.

Decididamente, la domesticación es el arquetipo de otras suertes de subordinación. Como los animales del circo y sus parientes conceptuales los petiches, también nosotros hemos de asumir una segunda naturaleza, que es la de seres socialmente domados, autocontrolados y sujetos a un sistema de jerarquías. No es casual la manera como la cultura anglosajona se refiere a los trabajadores industriales: blue collar, o, por extensión, a los que llevan a cabo trabajos administrativos : white collar. Se nos permite, eso sí, enseñar de vez en cuando los dientes, como para dar a entender que no hemos renunciado del todo a nuestra fiereza, pero siempre sin olvidar nuestro supremo deber de reportarnos, de hacer las cabriolas que la convención nos exija en cada momento y de demostrar cómo también nosotros hemos aprendido no sólo, a abrir la boca sin rechistar en el sillón del dentista, sino también, y cuando se tercía, a dar la patita.





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