dissabte, 13 de juliol de 2013

La eficacia simbólica del cáncer. Cáncer y tabú (y V)

LA EFICACIA SIMBÓLICA DEL CÁNCER. CÁNCER Y TABÚ (y V)
Manuel Delgado
(viene de Cáncer y tabú IV)

La noción de «eficacia simbólica» le sirvió a Lévi-Strauss para poner de manifiesto como la ideología cultural es capaz de determinar respuestas fisiológicas. La intervención de los imaginarios sociales, en efecto, puede curar o ayudar a curar, pero también puede ser eventualmente un factor de letalidad. Su punto de partida fue el célebre artículo de Cannon (1942) sobre la "muerte vudú", donde se demostraba como las operaciones de la magia afrocaribeña podían traspasar el nivel puramente representacional en que parecían producirse para, de la mano de un consenso social unánimente ejercido, llegar a obtener resultados empíricos e instrumentales en el plano físico. Por ejemplo, matando a quién ha sido objeto de un sortilegio o un conjuro. Disuadido por una invencible convicción que toda la comunidad comparte, el destinatario de la maldición acaba registrando en su organismo la condena a muerte que la imaginación social ya ha firmado contra él. En efecto, no podemos saber con certeza cuál es la incidencia real de esa capacidad de la cultura de hacer que sus dispositivos de metaforización alcancen el terreno de lo metonímico, llevando hasta las últimas consecuencias el poder de la analogía y obteniendo la modificación de la realidad que el simulacro mágico prometía.

En el caso de la lucha contra el cáncer este enigma de la eficacia patógena de las estrategias sociales y culturales que lo emplean, debería dar a pensar. Es bien sabido que el mal oncológico puede llegar a acabar con la vida de aquéllos a los que afecta. Pero, en esa tarea que la enfermedad lleva a cabo contra el organismo, ¿cuál es el grado de complicidad que obtiene de un sistema social de representación interesado en hacer de ella un instrumento al servicio de sus intereses ideológicos? ¿Cuál es la incidencia del miedo y la culpa con que la producción social de significados dota al mal? Planteado de otro modo, ¿hasta qué punto el cáncer aliviaría sus desmanes si consiguiéramos rescatarlo del esa función que el sistema simbólico en que se inscribe le obliga a cumplir, en tanto que herramienta de terror para asegurar la conformidad y el acatamiento?

Y otra cosa más. ¿Hasta que punto el modelo médico hegemónico, es decir la manera como se practica hoy prepondera­mente la biomedicina, está dispuesto a renunciar definitivamente a su biologismo, a su individualismo, a su ahistoricidad, a su asociabilidad, para abrirse a la consideración de las articulaciones sociales, políticas, económicas y culturales de los procesos mórbidos, entre ellos, en especial, del cáncer?
           
¿Qué sucedería si el cáncer fuera, como Susan Sontag reclamaba, por fin tan sólo una enfermedad, desprovista de fetichizaciones, evacuadas todas las supersticiones sociales que hacían de él un espantajo terrorífico? Difícil responder a una pregunta así, habida cuenta de lo lejos que todavía estamos de ese ajuste que devuelva la enfermedad al cuerpo que la padece, para hacer de él el único frente en que la ciencia y el propio ser humano enfermo luchan por vencerla.


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