diumenge, 7 de juliol de 2013

El cáncer en los nuevos discursos apocalípticos. Cáncer y tabú IV

EL CÁNCER EN LOS NUEVOS DISCURSOS APOCALÍPTICOS. CÁNCER Y TABÚ IV
Manuel Delgado
(viene de Cáncer y tabú III)

Más allá de la culpa individual, endógena, derivada de abusos del cuerpo o de la indisciplina del alma, el imaginario de la sociedad contemporánea, como el de la casi totalidad de las demás sociedades, sabe también encontrar una responsabilidad exógena para la enfermedad, sobre todo si, como es el caso del cáncer, alcanza dimensiones epidémicas. El cáncer ‑salvo en los limitados casos de etiología vírica‑ no puede ser atribuido, como sucede con la lepra, la sífilis o el sida, a la presencia de grupos o individuos contaminados y contaminantes a los que estigmatizar. En cambio, el cáncer puede presuponer la acción de un agente oculto perverso, en este caso una entidad abstracta que escoge sus víctimas de manera arbitraria, al margen de los méritos o deméritos morales de éstas. Este tipo de explicaciones exógenas son fundamentales para dar cuenta, en términos éticos, de la aparición de cánceres en personas de conducta "no culpable", es decir en sujetos a los que no se puede atribuir una irresponsabi­lidad privada como génesis del mal que le afecta. El caso del cáncer infantil es en especial ilustrativo de esta teoría del desencadenamiento de la enfermedad por causas ajenas a la conducta de los enfermos.

Así, junto al discurso que imputa el cáncer a un mal comportamiento personal ‑un castigo que recibe sobre sí el transgresor‑, otro discurso señala la causa del cáncer en una sociedad que impone a sus miembros un modo de vida patológico. Los deterioros corporales se vinculan a una vulneración de los límites de la que el individuo no es el responsable, sino que lo es el conjunto mismo de una sociedad que ha traicionado la naturaleza y amenaza con destruir el equilibrio que permite la salud y la vida de los humanos, pero también del conjunto de formas de vida en el planeta. Se trata de lo que bien podríamos llamar una "culpa civilizatoria", una nueva edición del pecado original que afectaría a todos los seres humanos por el simple hecho de haber nacido en las sociedades urbano-industriales.

Se entiende, en ese marco ideológico, que el cáncer es consecuencia merecida de la opulencia, la decadencia y los vicios típicos de las sociedades industriali­za­das. Se trataría de lo que, desde el ecologismo radical, André Gorz (Ecologia y política) llamaba "enfermedad degenerativa de civilización", lo que haría del cáncer un ejemplo de "enfermedad folk", o más propiamente, según la antropología médica, de "síndrome delimitado culturalmente" o "de filiación cultural", es decir trastorno sindrómico que aparece en el seno de contextos socio-culturales específicos, a la manera del koro melanesio, el amok esquimal o, para el caso de las sociedades industrializa­das, la anorexia o el estrés.

La raíz fuertemente religiosa de lo que hoy se presentan como males de la civilización, se explicita en el surgimiento de nuevos movimientos de inspiración profetista, versiones irracionalistas y hasta esotéricas del ecologismo, a los que Dario Paccino (El embrollo ecológico, Avance), en su crítica marxista al ecologismo vulgar, se refería como "los predicadores del apocalipsis". Lo que el nuevo milenarismo ecológico considera los crímenes de la sociedad moderna ‑contaminación ambiental, alimentación no natural, estrés, guerra, peligro nuclear, manipulación genética...‑, son plenamente homologables con el concepto clásico de profanación religiosa, es decir constituyen una conducta que altera en un sentido negativo la relación con lo sagrado, en este caso la Naturaleza. Se trata, al fin, de la expresión local de los usos forenses que toda catástrofe experimenta por parte de cualquier sociedad, que siempre sabrá hacer una lectura de la misma en clave política o moral. En la actualidad, se dirigen las explicaciones causales hacia la osadía de los seres humanos en su relación con el medio natural ‑incluyendo su propio cuerpo físico‑, faltándole el respeto, manipulándolo, agrediéndolo y, todavía peor, usurpando unos poderes que sólo una mítica inteligencia planetaria ‑Gea‑ estaría legitimada a ejercer con competencia y justicia.

Por supuesto que en este contexto, la medicina científica no sólo no es ningún remedio, sino que es percibida como aliada de las fuerzas antinaturales que se han atrevido a contrariar el orden del universo, a la manera de una "ciencia maléfica" parecida a la brujería. Si las paramedicinas que se presentan como de inspiración ecológica ‑como el "método Hamer" o, en menor grado, el "método Beljanski"‑ rechazan la medicina científica como estrategia para combatir el cáncer es porque la consideran cómplice del sistema de mundo culpabilizado. La medicina no sólo no cura el cáncer, sino que puede provocarlo, como lo demuestran los peligros de la radiación por rayos X. En cuanto a los diagnósticos y las terapias oncológicas son inútiles e inmorales, puesto que ocultan al enfermo la raíz moral del mal que le afecta ‑una sociedad pecadora, un estilo de vida criminal‑ y prolongan sus sufrimientos.

Es en esa politización de los fenómenos adversos, vistos como actos de defensa o venganzas de la naturaleza en lo que cabe reconocer la clave de por qué la percepción subjetiva que muchos ciudadanos tienen de ciertos riesgos derivados de la ciencia y de la técnica ‑los asociados a la ener­gía nuclear o a la toxicidad de ciertos pro­ductos, por ejem­plo‑, se corresponde tan poco con la pro­babilidad de que cobren realidad los temores suscitados. La respues­ta se obtendría, según Douglas, estableciendo una correspondencia entre la aceptabi­lidad del riesgo y el gra­do de toleran­cia social ante las transgresio­nes, en este caso las atribuidas por la opinión pública a científi­cos, empresarios o po­líticos perver­sos.

En un imaginario occidental nutrido por mistificaciones y folklorizaciones del ecologismo, la morbilidad provocada por el cáncer se constela a la manera de un estigma, precio que los habitantes de las sociedades llamadas civilizadas pagan por haber transgredido las leyes de una naturaleza cada vez más divinizada, o más pensada en términos puramente míticos. La mentalidad contemporánea ha suplantado las antiguas consecuencias de la iracundia divina por castigos puramente ecológicos, que ‑como sucede con el síndrome de inmunodeficiencia adquirida o las enfermedades coronarias‑ son consecuencia de una forma de vida que se ha conceptualizado como sacrílega. Las centrales nucleares, las armas atómicas o bacteriológi­cas, ciertas industrias maléficas, el agujero en la capa de ozono son pecados que hacen a la Humanidad acreedora de un holocausto lento: el cáncer. Pero también la imaginación social contemporánea despliega un gran número de objetos y sustancias cotidianos que son focos de una suciedad invisible que mata: las pantallas de los ordenadores o de los televisores, el humo de los cigarrillos ajenos o de los tubos de escape, los alimentos ahumados o preparados a la parrilla, las radiaciones de los relojes fluorescentes, la sacarina, ciertos tintes, los pesticidas, los alimentos altos en grasas saturadas.

Las víctimas de este cataclismo insidioso no son irresponsables que toman decisiones temerarias respecto de su cuerpo, sino oficinistas, obreros, amas de casa, bañistas, vecinos de ciertos barrios o poblaciones..., acusables tan sólo de la falta de haber nacido y vivir ahora, aquí, en el seno de una humanidad intrínsecamente culpable. El cáncer es la imagen perfecta de ese desastre ético, de esa enfermedad moral gangrenosa que afecta al conjunto de la sociedad, según la visión del mundo que la escatología ecologista vulgar ha conseguido imponer en el imaginario de nuestro fin de siglo. Las imágenes de los niños de Chernóbil, condenados a una muerte inmerecida, son la imagen más elocuente del uso del cáncer como metáfora de una culpa ya no personal, sino colectiva, a la manera de las que en el texto bíblico ‑Babel, Sodoma, Gomorra, Babilonia...‑ se hicieron merecedoras del castigo divino.

En ese discurso, la ciencia puede verse desautorizada para combatir las enfermedades como el cáncer, puesto que en el imaginario apocalíptico puede aparecer como corresponsable de los males de la era moderna. La descalificación que formula el ecologismo irracionalista ‑y sus versiones paramédicas‑ parte de un sistema de representación que ya se había expresado en el folklore contemporáneo ‑sobre todo en el cine y la literatura de ciencia ficción‑, mostrando los avances científicos como fuentes de fenómenos extraños en la naturaleza, entre los que la mutación monstruosa ‑el hombre menguante, el hombre-mosca, los muertos vivientes‑ ocupaba un lugar privilegiado. El cáncer supone una confirmación, en el nivel de lo celular, de esa capacidad atribuida por la imaginación social al progreso científico-técnico de provocar alteraciones taratológicas.

En este caso, en el que la culpa no es propiamente personal, sino colectiva y a veces del todo ajena, nos encontramos con una situación parecida a la que describíamos en el anterior apartado. No puede negarse que el discurso de los nuevos ascetismos aprovecha simbólicamente constatacio­nes científicas. Se sabe, en efecto, que los hidrocarburos policíclicos aromáticos que contaminan el medio ambiente urbano son carcinógenos. En cambio, los casos de movimientos de pánico ocasionados por informaciones finalmente desmentidas o matizadas son frecuentes. Recuérdese el caso de las prótesis mamarias de silicona, que suscitó una reacción de pánico en Estados Unidos en el otoño de 1991, o el terror que se desató en Francia a mediados de 1996, como resultado de las informaciones sobre las consecuencias del uso de amianto en determinadas construcciones. El curso sobre la química del ozono celebrado en El Escorial en julio de 1996, sirvió para que especialistas de la talla de Mario Molina recordaran que la supuesta relación entre el deterioro en la capa de ozono en la Antártida y el aumento de casos de cáncer de piel no ha podido ser demostrado, con lo que la alarma suscitada por este asunto aparece como difícilmente argumentable desde el punto de vista científico.

Se constanta entonces que el discurso social relativo al cáncer tiende a imaginarlo, cuando no se puede detectar una desviación personal en la génesis del mal, en tanto que equivalencia a nivel del cuerpo de lo que en el nivel planetario es la catástrofe ecológica: reducción de la biodiversidad, recalentamiento de la tierra, efecto invernadero, explosión demográfica, desertifica­ción, cambio climático. Es esa percepción de una analogía entre desorden en el cuerpo y desorden en la naturaleza lo que ha llevado a algunas paramedicinas ‑la llamada medicina biológica, y, en particular, el "método Beljanski"‑ a plantear la lucha contra el mal como una aplicación a nivel microcósmico ‑el cuerpo enfermo‑ de los términos de la lucha ecologista por el restablecimiento del equilibrio perdido del macrocosmos planetario.

(Continua en Cáncer y tabú VI)





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