dimecres, 17 de juliol de 2013

"Editor-jardinero", artículo publicado en El Mundo el 18/6/1994, con motivo del 25 aniversario de la Editorial Anagrama

Articulo publicado en El Mundo el 18 de junio de 1994, con motivo del 25 aniversario de la Editorial Anagrama

EDITOR-JARDINERO
Manuel Delgado
           
Hay editores que se dedi­can a pu­blicar libros como po­dían haberse dedicado a envasar gaseo­sas. Mane­jan sus edito­riales como quien maneja una plan­tación de hortali­zas o una granja de pollos. Los hay, en cam­bio, para los que cada uno de sus productos merece una atención acorde a su delicada naturaleza de pura humani­dad envasada. Cada una de esas sin­gularida­des irrepeti­bles que consti­tuye un original literario es tratada, entonces, a partir del principio analógico que por Sant Jor­di reconoce cada año que un libro vale una rosa: como una planta sensi­ble que requiere unos cuidados distintos para cada ejem­plar. Tal editor no es ya un editor-plan­ta­dor, sino un editor-jardi­ne­ro, especializado en raros vegeta­les recién llega­dos, de aromas siempre desconoci­dos, cuya germi­nación puede ser a veces todo un enigma.

El editor-plantador es un benefactor de la humanidad. Sus pepinos y cacahuetes tratados en serie garantizan la es­tabilidad del universo. Del editor-jardinero se sospecha de sus inten­ciones, puesto que es evidente que entre ellas no ocupa un lugar preferente la de enriquecerse comer­ciando con lo que con tan­to cariño procura. Ade­más, nunca se está del todo se­guro de la procedencia y bondad de lo que crece en sus mace­tas. El edi­tor-plantador pone a la venta lechugas embolsadas en plás­ti­co. El editor-jardinero hace circular flores hermo­sas, en­tre ellas algunas carnívo­ras, otras con­teniendo un poderoso narcótico que a quien lo inhala a veces lo atur­de, a veces lo despierta.

El editor-jardinero, por lo demás, suele parecerse a lo que cultiva. O al contrario. No se sabe. En cualquier caso, lo que nos brinda no está hecho para consumir al ins­tante, sino más bien para pensar y sentir lentamente, a la manera como percibimos la fragancia de un lirio o como pala­deamos el sabor de cierta fruta. Gracias a su labor pudi­mos encanarnos en otros tan imposi­bles como nosotros, evocar como nues­tro un momento inolvi­da­ble nunca vivido por nadie, o dejarnos conmo­ver por alguno de esos pe­queños seís­mos inte­riores que palian toda la insuficiencia de la vida. Es por ello que tras todo editor-jardinero sabemos que se escon­de un contra­bandista de alas, un traficante de todo lo bello y te­rrible que puede viajar oculto en la escri­tura.

Pienso ahora, sin ir más lejos, en Jordi He­rralde, que pudo haberse hecho plantador de co­coteros y no quiso ‑o no supo‑, y al final se quedó trabajan­do a mano lo que crecía en unos cuantos tiestos. Un tipo cu­rioso este He­rralde, más bien her­mético, pero un elemento del que se ve que es incapaz de acari­ciar lo que no ama y que lleva ya un cuar­to de siglo seduciéndoos con aquello mismo que había logrado seducirle antes a él. A sus errores como empresario edi­torial todos le debe­mos algo o mucho de nuestro saber sobre el mun­do. Dos ejemplos recien­tes de su mejor cualidad, la impruden­cia: en en­sa­yo, Dia­léctica y caniba­lismo, de Alberto Cardín, y, en no­vela, esa extraordinaria e in­quietante pieza que es Mi querido Sebastián, de Olga Guarao.

Sirvan estas líneas como home­naje a esos veinti­cinco años que Ana­grama lleva con­s­pirando para hacernos a todos un poco más inteli­gentes.


Canals de vídeo

http://www.youtube.com/channel/UCwKJH7B5MeKWWG_6x_mBn_g?feature=watch