dimecres, 24 de juliol de 2013

Consideraciones sobre el desalojo de las naves de Poble Nou y el enfrentamiento entre explotados y excluidos, es decir entre clases laboriosas y clases peligrosas

Imagen del desalojo enviada por José Mansilla hace unos momentos
Acabo de llegar de contemplar el escandaloso espectáculo del desalojo de las naves de Poble Nou. Lamentable. Además de los desalojados y un ejército de mossos d'esquadra, estábamos un puñado de personas que habíamos acudido a mostrar nuestro apoyo. Hay que decir que éramos básicamente los de siempre.  Había algunos políticos, como Ricard Gomà –por quien no quiero ocultar la simpatia y la confianza–, como Joan Tardà –d'ERC– o como Joan Herrera, que seguramente no se acuerda de cuál fue el papel del Ajuntament de Barcelona en la época en que su opción política –IC-EUiA– mandaban en la ciudad, con episodios calcados a este, como el del desalojo de los cuarteles abandonados de Sant Andreu, también convertido en asentamiento de inmigrantes, en 2003, o de la nefasta actuación de su compañera de partido, Imma Mayol, en el desalojo de la black corner de Plaça Catalunya y luego del campamento de la Plaça André Malraux en el verano de 2001.

También me ha dado qué pensar la reacción de un buen puñado de vecinos de las fincas aledañas al asentamiento desalojado esta mañana, gente de clase obrera feliz por la actuación policial y que se enfrentaban verbalmente con nosotros y nos invitaban a alojar en nuestras casas o en nuestros barrios a las personas expulsadas de lo que había sido su provisional hogar. Se quejaban de la supuesta venta de drogas allí o –y eso me ha llamado la atención– de la costumbre de los habitantes de las naves de pasarse buena parte de las noches tocando el tam-tam. Tremenda impresión la que producía este enfrentamiento entre explotados y excluidos y extraña la sensación que no podía dejar de experimentar pensando hasta qué punto mi ética de tipo "cultivado" de alguien más o menos clase media era moralmente superior a la de aquellos que vivían de cerca las problemáticas que tanto me conmovían a mí a distancia.

Y otro detalle que me ha estremecido. En un momento dado, uno de los "solidarios" me ha hecho un comentario acerca del nulo apoyo de los vecinos a la causa de los habitantes de la nave. Una de las claves, me decía, es que "esto en realidad no es Poble Nou, sino el Besós". Tremenda la inferencia que se desprendía de semejante aserto. Es cierto que podría leerse como un contraste entre la gente de un barrio de tradición luchadora y de clase obrera "vieja" y los vecinos de un barrio de clase obrera "nueva", de asentamiento más reciente en la zona. Pero era difícil no inferir que existia una diferencial étnico importante: el que separa un barrio obrero "catalán" de otro poblado por inmigrantes de los años 60, mayoritariamente de origen andaluz, lo que planteaba la cuestión como un asunto que se daba entre gente de fuera que pleiteaba por una cuestión de territorio. Los vecinos insolidarios era al fin y al cabo inmigrantes que habían podido dejar de serlo precisamente porque ahora había una "promoción" más reciente de gente venida de fuera, que era aquella a la que ahora le correspondía recibir la denominación de origen "inmigrante". Ese tipo de argumentación ya se había insinuado con motivo del conflicto en Ca n'Anglada, en Terrassa, en 1999 y concluia con el argumento típicamente racista de que el peor enemigo de un inmigrante es siempre otro inmigrante.

Además, expulsar simbólicamente a los vecinos "insolidarios" de Poble Nou para deportarlos no menos figuradamente al Besós, significaba asociarlos con un barrio que había protagonizado los disturbios de octubre de 1990 -la famosa "intifada del Besós"-, sobre la que sobrevoló también la sospecha de una motivación en última instancia racista, en este caso como reacción a la amenaza de una aproximación excesiva del vecino barrio de La Mina, con una buena parte de su población gitana. 

En fin, que me encontraba una vez más antre otra expresión del enfrentamiento entre explotados y excluidos, o, si se prefiere, entre los factores de la distinción clásica propuesta por Louis Chevalier de clases laboriosas versus clases peligrosas, consistente no sólo en formas distintas de peligrosidad para el orden dominante, sino por la distancia en términos de indesabilidad que entre ellas se extiende por causa de las diferencias entre sus géneros de vida.



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