dimarts, 2 de juliol de 2013

Cáncer, riesgo y responsabilidad personal. Cáncer y tabú III

CÁNCER, RIESGO Y RESPONSABILIDAD PERSONAL. CÁNCER Y TABÚ III
Manuel Delgado
(Viene de Cáncer y tabu II)

Además de esa labor de control, también la red de prohibiciones y castigos sirve para agrupar en enclasamientos a personas que, porque permanecen o han estado en contacto con lo prohibido, son al mismo tiempo seres en peligro y seres fuente de peligro. Me refiero a los llamados "grupos de riesgo", en los que suele cumplirse ese principio que establece una relación de proporcionali­dad entre exposición al riesgo y grado de integración social, de manera que las personas o colectivos vulnerables a las enfermedades o a los percances suelan ocupar un nivel no menos precario de agregación al grupo. El enfermo y el accidentado pasan a ser protagonistas de una especie de ejemplaridad simbólica, en tanto que son representados como destinatarios de escarmientos, que prueban la fuerza de las potencias inefables que pesan sobre todos nosotros.

En este contexto, el riesgo de enfermedad o de accidente se percibe en el momento en que ciertas fronteras que separan lo permitido de lo prohibido son traspasadas. En el momento en que el linde entre lo que se puede hacer y lo que no se puede hacer es violado, hace su aparición el peligro de castigo para los transgresores. Es indispensable que la víctima tenga la culpa y pueda ser mostrada como ejemplo de lo que puede sucederle a quienes desatiendan las instrucciones acerca del comportamiento adecuado. La enfermedad y el percance asumen así entre nosotros, como en todas las demás sociedades, la función de operar una auténtica llamada al orden, en la medida en que el trauma o la dolencia son interpretados como el precio de una desobedien­cia. La última campaña gubernamental sobre los accidentes automovilísticos lo reconocía a las claras. Su lema ‑"Las imprudencias se pagan"‑ ya no era una llamada en favor de la prudencia, sino la amenaza cierta de lo que aguarda tras una conducta desordenada.

Todo un entramado de culpabilizaciones personales limita, en el caso de nuestra sociedad, la responsabilidad del mundo circundante en las desgracias. Se tiende a concentrar muchas veces el peso de las consecuencias del riesgo en quien los asume y se abandona la toma en consideración del orden de inducciones culturales que han hecho de ese riesgo algo previamente estimulado. La estratagema cultural consiste entonces en dejar al individuo a solas con peligros a los que ha sido socialmente arrastrado, sin darle la oportunidad de atribuir a nadie más que a su desviación cuantos infortunios le afecten. Como ocurre con quienes ingresan en la cárcel, se tra­ta de que quien se incorpora al submundo de la enfermedad sienta y haga sentir a quienes le ro­dean que si ha llegado hasta allí es, en definitiva, porque "algo ha­brá hecho". En esto no puede dejar de subrayarse que la ciencia médica no ha sabido desprenderse de los discursos sociales hegemónicos que siempre han orientado su ejercicio, hasta el punto de hacer de ella el epicentro de todo tipo de conflictos culturales y sociales.

En el caso del cáncer, es fácil reconocer ese uso simbólico como escarmiento para conductas descarriadas, que el sujeto psicofísico tendría la decisión última de asumir o evitar. El cáncer se inscribe de este modo en el imaginario de lo que algunos teóricos han llamado la "sociedad del riesgo", una sociedad en la que los peligros se imaginan como consecuencia de decisiones conscientes de los individuos, que llevan a cabo cálculos de coste-beneficio de sus acciones. El cáncer puede concebirse, de este modo, como el tributo que se paga por haber adoptado una conducta de riesgo. Cuando la víctima es el trabajador de un fundición, el manipulador de material radioactivo o un minero del uranio se da por entendido que la asunción del riesgo se ha producido sin opción alternativa, de manera que cabe referirse en este caso a una víctima en cierto modo "inocente", en tanto no es posible inferir una causa moral personalizada para su fatalidad. En cambio, el fumador, el bebedor o el demasiado aficionado a las dietas ricas en grasas han de acabar asumiendo el coste de un comportamiento recurrentemente enunciado como arriesgado.

No se trata de desmentir que fumar, beber alcohol o comer grasas en exceso sean conductas objetivamente perniciosas para el cuerpo y puedan desencadenar un proceso maligno. La epidemiología ha demostrado que el humo del tabaco o las dietas pobres en fibra multiplican las probabilida­des de contraer cáncer. De lo que se trata es, más bien, de certificar como la justificación biomédica le sirve a la cultura para operar una compartimentación moral de las conductas. Un fumador, un alcohólico, un obeso son bastante más que personas con conductas poco temerarias, que se arriesgan a padecer cáncer, entre otras enfermedades. Son, sobre todo, personas que están denotando la ausencia de los signos positivos que expresan una plena integración social.

Las informaciones epidemiológicas que indican cómo el cáncer se ceba preferentemente en las clases más pobres y en las minorías étnicas marginadas, deberían ser concluyentes al respecto. Se cumple, así, el principio ya señalado, según el cual cuanto más inestable o periférica es la posición de un individuo dado en la estructura social más alta es la posibilidad de éste de padecer accidentes o enfermedades, como si la persona que ha perdido o ha visto debilitado el reconocimiento del grupo hacia él perdiera su inmunidad ante la desgracia. Una vez más, la enfermedad se conforma como consecuencia y prolongación de un desarreglo en las relaciones sociales, que confirma en el plano somático la situación irregular o frágil de un sujeto en la estructura social.

Esta voluntad social de extraer enseñanzas morales del hecho de haber desarrollado alguien un cáncer, aparece explicitándose en las teorías sobre la enfermedad en las que la dimensión ética ha renunciado a toda coartada biomédica, para asumir una génesis mística. Se trata de teorías que atribuyen al cáncer un origen exclusivamente psicosomático, en concreto como consecuencia de un exceso de introversión, como si la autorepresión de los instintos o los sentimientos hiciera que estos carcomieran al individuo que los niega no sólo en un sentido figurado, sino literal. No es casual que Gregorio Marañón (1958: 50) se refiriera, en su Amiel, a la timidez en unos términos que bien podrían valer para el cáncer: "Enfermedad singularmente dañina, porque el que la padece la lleva oculta casi siempre, bajo una máscara de normalidad, que dificulta su diagnóstico y su remedio". Un titular en un suplemento de salud explicitaba todavía más la analogía: "Vencidos por el 'cáncer' de la timidez" (El País, 29 de julio de 1996).

Vemos, entonces, como el desorden celular sirve para conceptualizar un desorden en una relación social. Pero no sólo la del individuo con los demás con los que coexiste ‑el tímido, el introvertido, el apocado‑, sino también esa otra relación que, en una personalidad fragmentada como la del hombre contemporáneo, cada cual mantiene consigo mismo. Se realiza así la figura de la "guerra intestina", guerra civil que tiene como escenario las propias entrañas de un individuo que, al pie de la letra, "se corroe por dentro".

Las interpretaciones emocionalistas del cáncer, que lo suponen resultado de la renuncia a expresar sentimientos, pasiones o deseos y como expresión de un conflicto personal que deriva en autocastigo somático, se originaron en Reich y son la base de ciertas oncologías alternativas, algunas tan polémicas como el llamado "método Hamer", por mucho que señalar el origen de los cánceres en una desorganización de las emociones ya había sido abundantemente empleado por el curanderismo tradicional. La condición hasta ahora relativamente enigmática de porqué son unos individuos y no otros los que desarrollan tumores malignos, permite esa exégesis "personal" del mal. Podría encontrarse aquí la vigencia de las teorías que, desde principios de siglo hasta ahora mismo, presumen que el sistema inmunitario depende del grado de autoreconocimien­to de cada cual, de manera que lo que llamamos salud no sería sino la consecuencia de la capacidad de los sujetos de mantener a raya sus tendencias autodestructivas, los aspectos fisiológicos de la "pulsión de muerte" freudiana.

En este caso, el cáncer es concebido como un castigo moral por no haber sabido el individuo alcanzar los niveles requeribles de equilibrio emocional y de control sobre las pasiones. El cáncer también permite concluir simbólicamente que no se han cumplido las expectativas que todo individuo debe alcanzar en materia de extroversión y de dominio sobre las circunstancias, cualidades indispensables en una sociedad del éxito como la nuestra. En este contexto, señalar el cáncer como consecuencia del exceso de introversión y de la frustración personal es una manera de sostener implícitamente una cierta equivalencia entre cáncer y fracaso.

(Continua en Cáncer y tabú V)



Canals de vídeo

http://www.youtube.com/channel/UCwKJH7B5MeKWWG_6x_mBn_g?feature=watch