dijous, 3 de gener de 2013

La lucha contra el fanatismo religioso de las mujeres como objetivo prioritario del reformismo burgués decimonónico en España. Respuesta a un comentario de Xosé Bieto recibido en el blog el 22/8/12


Muchas gracias por tus consideraciones. Permíteme, de entrada, que te haga notar que, en efecto, creo que son las condiciones materiales las que determinan la conducta humana en sociedad, tal y como sostendría lo que llamas el marxismo cientifista. Otra cosa es que nos pongamos de acuerdo acerca de si esas condiciones materiales se reducen solo a las tecnoecológicas y tecnoeconómicas, como sostendría el materialismo vulgar –y en su línea y en antropología, el materialismo cultural de Marvin Harris– o si no deberíamos considerar –siguiendo a Maurice Godelier, por ejemplo– que ciertos aspectos de lo “ideacional” –que al fin y al cabo funciona también a partir de tecnologías– juega en ocasiones el papel de factor infraestructural. En fin, esa discusión, por lo demás meramente teórica, reconozco que me interesa poco, desconfiado como soy del valor mágico que con frecuencia le atribuimos a los llamados “marcos teóricos” en orden a calmar la realidad. Por lo que hace a mi fascinación por Lévi-Strauss, no me preocupa tampoco si su apropiación del marxismo era acertada o respondía, como le reprochaba Althusser, a un desconocimiento supino de lo que era y lo que implicaba. Me fascinará siempre, aunque sea como mediador entre antropología, filosofía y poesía.

Ahora bien, en tu apunte hacer una apreciación a propósito de lo que había escrito en Las palabras de otro hombre (Muchnik) que sí que me gustaría matizar. Hablas de la relación entre anticlericalismo y división simbólica de los sexos tal y como era asumida por ciertas ideologías obrerista. Al respecto debo repetir, como hago siempre que tengo oportunidad, que no considero que el anticlericalismo, tampoco en sus aspectos misóginos, fuera una ideología obrera. Siempre he sostenido que fue un “préstamo” que los sectores obreros menos entrenados en la discusión política recibieron del reformismo burgués decimonónico y que las diferentes tendencias del marxismo y del anarquismo no reconocieron el combate contra la Iglesia como central, cuando no advirtieron del peligro de asumir como central una preocupación contra el catolicismo que acababa teniendo efectos abiertamente desviacionistas de los auténticos objetivos contra los que debía luchar el proletariado, que no podían ser sino de clase.

Lo que he sostenido es que la globalidad de problemáticas asociadas a la centralización del poder político y a la estructuración de la sociedad bajo los parámetros del sistema de mercado, pasó por la dominación cultural, es decir por la imposición en los niveles más estratégicos del sistema de mundo, de aquellos axiomas de los que iba a depender el funcionamiento del mundo nuevo capitalista. Esa tarea de pedagogía de los nuevos valores culturales se llevó a cabo en gran medida mediante una reducción de todos los conflictos políticos, económicos y sociales a un código del que la estructura base la conformaba la división simbólica de los sexos, es decir las relaciones de género, en las que todo dependía de cuál fuera la actitud emocional del más vulnerable de los eslabones del sistema: la voluble, frágil y mentalmente débil mujer. Es como si, de pronto, la lucha por edificar la nueva familia nuclear y cerrada sobre sí misma pasase a resumir la totalidad misma del magno proceso político, social y económico en marcha, como si se hubiese dado con un lenguaje que –basado en las relaciones de pareja y en la irrepetibilidad de los perfiles psicológicos de los sujetos– fuera capaz de narrarlo todo comprensivamente para el gran público.

Pasó entonces es que en el campo de las representaciones se produjo una transformación de los conflictos políticos en conflictos sexuales y de toda información sobre el poder en lenguajes del self, como si el hogar pasara a ser el escenario –el aula, cabría decir– en que las nuevas microtecnologías de control se incorporasen al inconsciente personal. En toda esa dramaturgía doméstica de lo que eran los procesos de modernización mismos toda la clave estaba en el escrutinio moral y psicológico a que eran sometidos los pares femeninos, cuya respuesta psicológica resultaba tan estratégica como imprevisible. Esto último precisamente por la peculiar naturaleza asignada a las mujeres, que, dado sus atributos de «atraso», resultaba ideal para representar simbólicamente cualquier modalidad de inmovilismo cultural y de resistencia a los avances civilizatorios y a la dominación burguesa, equivalentes ambos a un proceso de progresiva virilización del mundo. El proceso de fanatización religiosa de la mujer caminaba parejo a los de su infantilización e histerización, tal y como se operan desde la nosografía psiquiátrica del XIX.

Lo que había de sumamente condenable en la religión católica era que desviara de lo que se entendía como un «goce natural» de la vida, como algo opuesto e incompatible con las leyes de la naturaleza, esa mismas leyes que, en el despiadado mundo moderno que se avecinaba, que ya era padecido en otros sitios, sólo tenía la familia, el hogar, como su último refugio. Es decir: existen leyes impuestas que pueden interrumpir y hacer inviable el desarrollo natural de la felicidad humana. En concreto, la felicidad natural, de la que el hogar ha de ser baluarte frente a la inestable sociedad moderna, puede verse frustrada por una separación excesiva en materia de religión entre hombre y mujer, básicamente por causa de la negativa de esta última a dejarse someter por el marido, mantenerse leal a la vieja autoridad de los ritos y de sus oficiantes e impedir que la religión continúe apartándola de su «auténtica naturaleza», que sólo como madre y esposa habrá de verse plenamente realizada.

Una gran batalla se estaba disputando entre ideologías y sistemas de mundo antagónicos, y esta lucha se planteaba en clave de una guerra de sexos, en el que la conquista del futuro pasaba por que los hombres fueran capaces de proclamar hogares felices y cerrados, en los que la mujer asumiera someterse a la autoridad del varón y dar cobijo a una dimensión pasional y sentimental que los hombres debían soslayar a toda costa en su vida pública, al tiempo que colaboraba en los aspectos más emocionales de la educación de los hijos. De cómo se desarrollara esta lucha entre hombres y mujeres –los primeros en liza por ver reconocida su autoridad, las segundas en orden a no resistirse a lo que se mostraba como un destino «natural»– dependía todo, tanto en el plano de las nuevas relaciones sociales reales, como en el de las representaciones ficcionales destinadas a la propaganda de las nuevas ideologías de poder. Para ello era indispensable que ese pulso entre sexos se desarrollase a solas, es decir que ninguno de los contendientes se viera reforzado por la intromisión de personajes ajenos al drama estrictamente personal que protagonizaban. Si el inmiscuimiento del resto de la parentela o de los vecinos resultaba inaceptable, mucho más iba a serlo el de la institución religiosa, que encarnaba en la imaginación modernizadora no sólo la institución política de la Iglesia –encarnación de la moribunda aristocracia y del absolutismo–, sino, más allá, el activismo de instancias culturales sobrevivientes –por emplear la jerga científica que la antropología evolucionista le prestaba a los reformadores de las costumbres–, que delataban la vigencia en el seno de una sociedad que debía modernizarse de todo lo que, como un inaceptable lastre, podía impedir que alcanzase su objetivo : el paganismo, la idolatría, la superstición, lo externo-anterior –las religiones de la naturaleza de los arcaicos– y lo externo-exterior –los brutales cultos de los salvajes contemporáneos y, en especial, el dominio de la religión y el sexo que supuso un día la imaginaria fase matriarcal de la humanidad, tal y como la popularizara en el XIX Bachofen.

En ese contexto de una lucha de sexos que enmascaraba un lucha ideológica mucho más amplia, el papel de la mujer, sus sentimientos y sus actitudes resultaban los factores de los que dependía el éxito del proceso en su conjunto. Si, en España, la mujer se dejaba llevar por sus cualidades psicológicas «naturales» –tal y como se aceptaban sin apenas discusión en la segunda mitad del siglo pasado: fragilidad, superficialidad, etc.–, si era capaz de vencer su debilidad mental, si rompía con sus antiguas lealtades para con todo lo que representaba el atraso cultural –la superchería, los ritos externos, etc.–, entonces podía confiarse que el hombre sería capaz de ejercer su misión de producir hogar, puesto que habría encontrado la pieza fundamental de su mantenimiento y reproducción. Si, por contra, la mujer se mantenía en su concupiscencia, en su liviandad y en su adicción a las fórmulas vacías del catolicismo real, entonces no sólo estaba perdida la batalla por un hogar feliz, sino que estaba también sellada la condena del país entero a no conocer las mieles de la modernidad y el progreso civilizatorio. De esa naturaleza eran los obstáculos que hacían imposible la emergencia de un clase media poderosa en España, obstáculos de los que el paradigma serían aquellos con los que se topaba el burgués español a la hora de someter a las mujeres a su dominio. La frustración de los maridos a la hora de crear en sus hogares una esfera aislada de la vida social en la que ensayar sus conceptos acerca de la dominación política, traducía el malogramiento de los proyectos de dominación, e incluso de simple emergencia, de la inviable burguesía española decimonónica.

El fanatismo religioso de las mujeres era responsable del fracaso vital de los varones en cumplir con la misión que el proceso de modernización les había encomendado, de igual modo que lo era la Iglesia por haber invadido lo que este tenía por su territorio natural: su casa, su matrimonio, su esposa. Es decir, se estaba percibiendo la inviabilidad del hogar –y con él de la modernidad al completo– por culpa de varias anomalías inaceptables: por un lado, hombres demasiado pusilánimes; por el otro, mujeres que se negaban a aceptar el repliegue a los hogares que se reclamaba de ellas, y, por último, terciando a favor de las últimas, la Iglesia y el aparato religioso de la cultura en pleno, que les prestaba su entramado simbólico como baluarte de resistencia a cambio de poder sobrevivir gracias a ellas.

[La ilustración corresponde al cuadro "Las beatas", de Oswaldo Guayasamín (1941)]



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