divendres, 4 de gener de 2013

Por una diferenciación analítica entre anticlericalismo e iconoclastia. El caso español en el siglo XIX. Respuesta a François Godicheau, profesor de la Université Boudeaux 3

Como suele decirse, “me alegro de que me haga usted esa pregunta”. Por supuesto que hubo motines anticlericales en el siglo XIX. No de la extraordinaria entidad que conoció el verano de 1936, pero si bien importantes y algunos en especial sangrientos, en todos los casos enmarcados en la impugnación de que fue objeto el clero regular y sus espacios como aliados del carlismo o corresponsables de la represión posterior al Trienio. Afectó mucho menos, a diferencia de cómo ocurriría en el siglo XX, al conjunto de la institución eclesial, incluyendo un estamento parroquial que fue atacado con saña en 1936 y fue mucho menos incordiado un siglo antes, seguro que porque un sector importante del mismo abrazó la causa liberal. Lo importante es remarcar que no fueron violencias explícitamente contra la Iglesia Católica, y menos todavía contra la religión, también a diferencia de lo que ocurriría después, abundando en la evidencia de que conviene hablar de anticlericalismo haciendo mención del contexto en que se producen sus expresiones, de las que obtiene significación y valor histórico y cultural.

El anticlericalismo es casi un clima medio ideológico, medio emocional en todo el proceso de incorporación de España a la modernidad, pero en realidad la fase en que se concentra la mayor parte de hechos de violencia física contra el clero es la que abarca las décadas de los años 20 y 30 del XIX, a los que siguen las etapas mucho más tranquilas en este aspecto del gobierno de Espartero. Hay actos anticlericales esporádicos con motivo de la revolución de 1868. Luego, con la Restauración, se produce algo así como una tregua hasta el verano de 1909 en Barcelona.

En la fase antes citada, tienes estallidos de ira popular sobre todo contra las fundaciones monásticas durante el conflicto antirregalista entre 1820 y 1823, como reacción ante los reveses del ejército liberal en 1834 y 1835, más aislados acompañando los acontecimientos revolucionarios de 1854 o 1868, con la revuelta cantonalista de 1873… Seguramente serán los disturbios de1822, 1834 y 1835 los más destacables, con episodios de máxima violencia en Zaragoza, Caspe, Huesca, Málaga y, sobre todo, del 17 y 18 de julio de 1834 en Madrid o las bullangas de justo un año después, o antes, en 1822, en Barcelona, Reus y otras ciudades catalanas.

Pero, como ve, me estoy refiriendo a violencias anticlericales, es decir dirigidas contra el clero y, más concretamente, contra las órdenes religiosas. Si en 1936 la destrucción de imágenes ocupó un lugar central y generó en torno suyo auténticas liturgias, en estos casos –e incluso en otros posteriores, como el de la Semana Trágica de 1909 en Barcelona– las furias sacrofóbicas parecen, como si dijéramos, como tangenciales o subsidiarias de las dirigidas contra personas o contra edificios religiosos. Me viene a la cabeza el relato que Pérez Galdós hace del progromo anticlerical de 1835 en Madrid, al que dedica los dos últimos capítulos de uno de sus Episodios Nacionales, Un faccioso más y algunos frailes menos, en el que describe el asalto al Colegio Imperial de los jesuitas. Galdós se refiere con detalle a la muerte atroz –el “horroroso martirio”– que sufren los religiosos de la obra a manos de la multitud, como ya había hecho con el asesinato a martillazos de un cura en El Gran Oriente– pero no hay alusión alguna a actos contra objetos litúrgicos o de arte religioso. No quiere decir esto que no se produjera alguno o muchos en el transcurso del asalto y acompañado la carnicería de jesuitas, pero está claro que Pérez Galdós no los considera dignos de caber en su narración.

Eso no quiere decir que no hubiera violencia sacrílega. Dejando de lado el caso de las violencias contra lugares y objetos del culto católico a cargo de las tropas napoleónicas durante su ocupación de España, entre 1808 y 1814 –un asunto del que reconozco que me gustaría saber mucho más de lo que sé–, la gente que participa en la bullanga del día de Sant Jaume de 1835 en Barcelona destruye símbolos religiosos en las calles.  En el asalto a la cartuja de Santa María de las Cuevas de Sevilla en 1922 se produjeron profanaciones de signo carnavalesco, como las que veríamos prodigarse en el siglo XX. Se produjeron profanaciones de tumbas y saqueos en monasterios, como el que sufrieron los de Ripoll o Poblet a lo largo de casi dos décadas, como consecuencia de la lucha contra el absolutismo y la segunda guerra carlista. Durante la Gloriosa, en 1868, se fusilan imágenes en Tarragona… Pero todos esos sucesos se antoja que suceden, como si dijéramos, “de paso”, como adyacentes a una gestualidad que no tiene la violación de imágenes como una preocupación principal.

Por cierto, hay un libro relativamente localizable, al menos en bibliotecas, que contiene una atenta descripción de los asaltos, saqueos, matanzas y, naturalmente, actos sacrílegos dirigidos a los monasterios y Reus, Barcelona, Poblet. Scala Dei, Ripoll, etc., en 1835. Está en catalán se titula Recordatori de 1835 y lo publicó en 1935 la Editorial Políglota. Es de Ramón Rucabado, un economista muy vinculado a la España Industrial y que ejerció como polemista católico en diferentes medios. Perdona que me detenga en él, pero es uno de los personajes más interesantes del noucentisme y la lectura tanto de ese libro que te menciono como de Iglesias en el cielo, relativo a la persecución religiosa de 1936 y editado en 1940, fueron clave para la elaboración de mi tesis. Los dos los consulté en la Biblioteca de Catalunya y el que te interesa especialmente, el relativo a los hechos de 1835, está también en la biblioteca del Pavelló de la República, en Horta.

En todo caso, insisto, esa violencia anticlerical del XIX es sobre todo violencia personal contra miembros del clero, sobre todo regular, y también violencia inmobiliaria –esto es violencia contra bienes raíces–, pero, en cambio, la violencia explícitamente iconoclasta no aparece con la misma centralidad casi obsesiva que merece el ensañamiento contra las imágenes y objetos del culto en la década de los años 30 del siglo siguiente. Cosa lógica, habida cuenta de que el anticlericalismo decimonónico, tanto burgués como popular, incluso militar –a cargo de los ejércitos liberales– no se plantea tanto como la expresión vehemente de un odio contra el catolicismo –como ocurrirá en el siglo XX–, sino más bien contra la resistencia del feudalismo a desaparecer y la encarnación que este encontraba en el poder y las posesiones de las órdenes religiosas.

Prueba que violencia anticlerical y violencia iconoclasta pueden sobreponerse, pero responden a dos tipos de intención y lógicas simbólicas, la primera relacionada con la impugnación del papel del clero en la sociedad y la otra, de mayor profundidad, al estatuto de la imagen y su capacidad para trascender su propia iconicidad y a la eficacia simbólica confiada a la acción ritual. La violencia anticlerical dependería en buena medida de procesos de modernización –secularización, subjetivización, secularización, centralización política…– para los que el poder eclesial podía ser un estorbo y requería ser neutralizado o al menos reformado; la agresión contra las imágenes, en cambio, plantea una revolución mucho más honda, que afecta a la relación de los seres humanos con el mundo y a la necesidad de romper con la criatura en orden a encontrar en ella fuentes de expresión de los espiritual y de mediación con lo sobrenatural, salvo que éste pertenezca al dominio de lo diabólico.

Desde mi punto de vista, el anticlericalismo contemporáneo es un componente –radicalizado en España– del republicanismo de inspiración ilustrada y masónica y creo que la violencia con que se ejerció contra el clero, y sobre todo las formas que adoptó, son deudoras de un repertorio de violencia popular festiva que ofrecía abundantes modelos a los que imitar. La violencia iconoclasta, a mi entender, conectaría con un tiempo más largo y sería un episodio postrer del viejo contencioso de las imágenes que no podemos separar de las revoluciones protestantes del XIX, con sus precursores islámicos y quiliastas medievales. Sólo en algunas oportunidades estos dos elementos se han sobrepuesto en la edad contemporánea: al margen de episodios en las revoluciones comunistas como la rusa o la china, por su carácter sistémico me parecen remarcables los casos de la revolución española de 1936 y el gobierno de Tomás Garrido en Tabasco en la década de 1920. Esa es al menos mi teoría, la que he defendido tanto en Luces iconoclastas (Ariel) como en La ira sagrada, que, por cierto, acaba de conocer una reedición en RBO.

Si le interesa saber más sobre las características del ánimo anticlerical y sus concreciones a lo largo del siglo XIX, sobre todo en las décadas de 1820 y 1830, le remito al artículo Juan Sisinio Pérez Garcón, “Curas y liberales en la revolución burguesa”, Ayer, número 27 (1997), un monográfico dedicado al anticlericalismo dirigido por Rafael Cruz; el capítulo “Los inicios del anticlericalismo español contemporáneo (1750-1833), de Emilio La Parra López, y “Anticlericalismo y revolución liberal (1833-1874), de Antonio Moliner, en la compilación de Emilio Parra López y Manuel Suárez Cortina, El anticlericalismo español contemporáneo (Biblioteca Nueva). Otra obra fundamental es la de William J. Callahan, Iglesia, poder y sociedad en España, 1750-1874 (Nerea). Por supuesto que hay mucho más, pero acepte estas recomendaciones como las de una introducción al asunto. No descarto que ya esté al corriente de esas referencias. Piense que cada uno de los momentos históricos a los que me he referido tiene su propia bibliografía. Si puedo ayudarle más al respecto, no dude en decírmelo.

En fin, espero que estas consideraciones le hayan podido ser útiles. Un saludo cordial y feliz entrada de año.

[La ilustración de la entrada es una caricatura publicada en la revista satírica La Flaca en 1870 y su tema es la complicidad entre el clero y el carlismo]




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