dimecres, 9 d’agost de 2017

El vicio de criticar

La foto es de Colita
Prólogo para el libro Segmenta antropológica. Un debate crítico con la antropología social española, de José Luis Anta Félez (Universidad de Granada, 2007)

EL VICIO DE CRITICAR
Manuel Delgado

Ya hace 20 años conocí a José Luis Anta. Llevo todo ese tiempo –muchas veces sin que él lo note ni esté– dialogando y discutiendo con él. Dos décadas enteras pidiéndole explicaciones –en el sentido más literal de la expresión– y esperando de él que me deje disfrutar de una inteligencia y una sensibilidad que se me antojaron desde el principio de una textura especial. Era y sigue siendo eso que damos en llamar una persona lúcida, es decir alguien que ve cosas y accede a dimensiones opacas para uno y que, en cambio, José Luis parece percibir con una rara claridad. Y eso lo supe desde el principio, desde que nos encontramos por primera vez en un contexto muy determinado de la historia de la antropología española, que era aquel en que empezaba a aparecer algo así como un “grupo mixto” de profesionales, incorporados más o menos precariamente a la universidad, que habíamos sido instalados por circunstancias diversas en una especie de periferia de unos circuitos de poder institucional que nos ignoraban cuando no nos despreciaban abiertamente. Recuerdo que nuestro referente era el añorado Alberto Cardín, que resumía y nos abría la posibilidad de existir decentemente en la antropología universitaria española sin tener que humillarnos demasiado ni hacer concesiones excesivas de pleitesía a uno u otro cónclave con capacidad de decisión sobre quién tenía derecho y quién no a acceder a titularidades y cátedras.

Éramos los “raros”, no tanto por nuestras posiciones teóricas o nuestras opciones metodológicas, ni siquiera por nuestras ideas políticas, sino porque parecíamos desatender el mandarinato académico español, como si las luchas por plazas y recursos no fueran con nosotros y hubiéramos proclamado de manera inaceptable que nuestro reino era ciertamente de otro mundo. Ese otro mundo no era sino esa vida social, que estaba ahí, desafiante, como siempre, reclamando que alguien hablara de una vez de ella desde una antropología que parecía encantada de pasarse el tiempo pescando peces muertos. No éramos heterodoxos: nos hicieron heterodoxos a la fuerza, lanzados al universo exterior por una fuerza de las cosas que no nos interesaba o/y a la que no le interesábamos. Supimos –tuvimos que aprender– que el pecado original de nuestra disciplina fue haber nacido de manera tan artificial, como con fórceps,  por puro mimetismo de las tradiciones académicas de referencia, que exigían que existiera un campo universitario homologado como antropológico y generaron promociones de pioneros que, a partir de entonces y en mayor o menor medida, ya vivieron de y sólo para la academia, de espaldas a cualquier cosa que no fuera la eficacia y la reproducción de su autoridad, no ante la sociedad, sino frente y entre el gremio. Esa historia es la que cuenta y analiza este libro que ahora se abre, a medio camino entre el balance riguroso y algo parecido a un ajuste de cuentas.

Veinte años después Anta sigue ahí, frecuentando ese sitio inconcreto que es ningún sitio, es decir ese sitio en que estamos cuando pensamos. Lo reencuentro como solía, razonando por su cuenta y sin permiso, dándole vueltas a qué significa ejercer la antropología hoy en España, que por desgracia es lo que ha venido significando hasta ahora, es decir casi nada. Cuando hace no mucho se planteó la posibilidad de que la antropología perdiera su singularidad en el nuevo horizonte universitario que se aproximaba, tuvimos que plantearnos otra vez cómo explicarle a la Administración y a la sociedad en general para qué diablos servían nuestras habilidades y tuvimos que reconocer que respuestas “para cualquier cosa” o “para todo” eran las peores que podíamos proponer. Suerte tuvimos que asuntos en auge esta temporada de “inmigración”, “diversidad cultural” o “patrimonio etnológico” propiciaban para nosotros una cierta área de caza que reclamar como propio. Pero ese debate sirvió de nuevo para reconocer nuestra incapacidad para estar ahí, en el meollo de lo social, de veras, nuestra incompetencia a la hora de demostrar que podíamos ser útiles para algo o para alguien, para el poder o para sus enemigos, para el sistema o para sus impugnadores. Pero ni una cosa ni otra. Pasamos desde las fronteras del folklore a los experimentos tardomodernos, atravesando como por obligación –en función de lo que no dejaban de ser modas– los estudios de comunidad, los campesinos, las identidades, la reflexividad postmoderna, y siempre buscando, sin encontrar nunca del todo, un lugar bajo el sol de una sociedad real a la que no le parecíamos importar demasiado. Cosa lógica, ante la evidencia de que tampoco ella parecía interesarnos demasiado a nosotros.

Y así nos va, mendigando las migajas que las otras disciplinas con competencia sobre lo social desdeñaban, pretendiendo ser más o menos científicos y, en paralelo, compitiendo a veces, algunos, con periodistas y creadores de opinión en orden a demostrar que tenemos alguna cosa interesante que decir sobre lo que pasa. Pero así ha sido en las últimas décadas, de hecho desde que se la antropología se incorporó de oficio a la oferta académica y logro su rincón de prebendas y privilegios. Los que pudimos colarnos entre la trama de intereses lo hicimos –no vale engañarse– no siempre por nuestros méritos ni por nuestro arrojo, sino porque conseguimos caer simpáticos y parecer inofensivos en un momento dado. Seguramente era verdad: somos simpáticos y tan inofensivos como parecíamos, aunque, por suerte, todavía nos ladren de vez en cuando los perros guardianes de las diferentes fincas epistemológicas.

Y así, Anta y algunos otros vamos diciendo y escribiendo por ahí lo que creemos que está pasando en nuestro mundo y en el mundo en general, y lo hacemos desde un cierto cinismo –es decir, desde la autoconsciencia de una cierta impostura– que en el fondo debería ser consubstancial a nuestro saber de antropólogos y que hemos decidido ejercer. Nuestras opiniones no coinciden –ni tienen por qué–, pero nacen de un mismo vicio terrible e imperdonable que padecemos y compartimos: el vicio de criticar. Este libro es una muestra de ello. Aquí José Luis piensa, nos piensa y se piensa en voz alta. Su objeto es la relación –en España especialmente mala– entre la antropología y la vida, como una interpela y es interpelada por la otra.  Magnífico ejercicio pues de pensamiento crítico, como el propio José Luis nos anuncia. Aunque –qué tontería–, ¿habrá mayor pleonasmo que el de “pensamiento crítico”? ¿Existe o ha existido alguna vez algún pensamiento que, para serlo de veras, no tuviera por fuerza que ser crítico?



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