dissabte, 22 de desembre de 2012

Fragmento del artículo "Hordas espectadoras. Fans, hooligans y otras formas de audiencia en turba", publicado en Ignasi Duarte y Roger Bernat, eds., "Querido público" (Cendeac,2004)


Fragmento del artículo publicado con este título en Ignasi Duarte y Roger Bernat, eds,  Querido público. El espectador ante la participación: jugadores, usuarios, prosumers y fans (Cendeac, Murcia, 2004, pp. 103-117)

HORDAS ESPECTADORAS
Fans, hooligans y otras formas de audiencia en turba
Manuel Delgado

¿Qué es “el público”? ¿A qué llamamos “público espectador”? Como en tantos casos, se hace indispensable tener presente la genealogía de los conceptos que empleamos, por familiares que nos resulten y por obvio que pueda sernos su significado. Como es sabido, ha sido Júrgen Habermas (Historia y crítica de la opinión pública, Gustavo Gili) quien más ha indagado en la historia de esa noción de público, indefectiblemente vinculada al proyecto cultural y politico de la Modernidad. Lo hizo para desverlárnoslo haciendo referencia a un tipo de agrupación social constituida por individuos supuestamente libres e iguales, que evalúan aquello que se expone a su juicio –lo que se hace público– a partir de criterios racionales de valor, bondad y calidad. La idea de público se conforma como una derivación de la publicidad ilustrada, ideal filosófico inspirado en Kant que fundamenta el consenso democrático y la racionalización moral de la política, basándose en un principio de solidaridad comunicativa en que es posible y necesario un acuerdo interaccional y una conformación discursiva coproducida. Todo ello de acuerdo con el ideal de una sociedad culta formada por personas privadas que, siguiendo el modelo del burgués librepensador, establecen entre si un concierto racional, en el sentido de que hacen un uso público de su raciocinio en orden a un control pragmático de la verdad.

En cuanto a sus fuentes teóricas, a John Dewey (La opinión pública y sus poroblemas, Morata, publicado en 1927) le corresponde una de las principales formalizaciones de esa categoría de público, destinada a aludir a una asociación característica, frente a otras formas de comunidad humana, de las sociedades democráticas. Uno de sus rasgos principales sería el de la reflexividad, en el sentido de que sus componentes serían conscientes en todo momento de su papel activo y responsable a la hora de tener en cuenta las consecuencias de la acción propia y de la ajena, al tiempo que toda convicción, cualquier afirmación, podía ser puesta a prueba mediante el debate y la deliberación. Pero conviene remarcar que esa filosofía estaba en buena medida concebida precisamente para sentar las bases doctrinales de una auténtica democratización de las muchedumbres urbanas, a las que el proceso de constitución de la civilización industrial había estado otorgando desde hacía décadas un papel central, tantas veces inquietante para el gran proyecto burgués de una desconflictivización generalizada de las relaciones sociales.

Es ahí que nos debería resultar igualmente importante recordar lo que ese concepto de público le debe a uno de los pensadores más interesantes de la primera sociología francesa: Gabriel Tarde. Para Tarde el público implica un tipo de acción colectiva que sólo se pueden entender en contraposición a la multitud, ese personaje al que, en efecto, se había visto protagonizando a lo largo del siglo XIX todo tipo de revoluciones y algaradas sociales y a las que la primera psicología de masas –Izoulet, Sighelle, Rossi, Le Bon, más tarde el propio Freud– estaba atribuyendo un condición infantil, criminal, bestial, primitiva, incluso diabólica, sobre todo por su tendencia a convertirse en populacho. Ese tipo de agregado humano, sobre cuya preeminencia el mundo contemporáneo alertara Ortega y Gasset en su conocido ensayo La rebelión de las masas, ha continuado siendo localizado en el momento actual, sobre todo en revueltas “sin ideas” como las que ya en pleno siglo XXI han conocido las periferias de las ciudades francesas. Es como contrapeso a esa tendencia psicótica atribuida a las multitudes, que vemos extenderse otro tipo de destinario deseado para la gestión y el control políticos: la opinión pública, es decir la opinión del público como conjunto disciplinado y responsable de individualidades.

Ese contraste –dialéctico y de fronteras reversibles– entre público y  masa se ha venidio manteniendo bajo una forma u otra. Pensemos en la concreción de la referida idea abstracta de público que supone su acepción como “conjunto de las personas que participan de unas mismas aficiones o con preferencia concurren a determinado lugar”, esto es como actualización del concepto clásico de auditorio. Se alude en este caso a un tipo de asociación de espectadores –es decir, de individuos que asisten a un espectáculo público-, de los que se espera que se conduzcan como seres responsables y con capacidad de discernimiento para evaluar aquello que se somete a su consideración. Se da por descontado que los convocados y constituidos en público no renuncian a la especificidad de sus respectivos criterios, puesto que ninguno de ellos perderá en ningún momento de vista lo que hace de cada cual un sujeto único e irrepetible. Lo que se opondría a esa imagen deseada de un público espectador racional y racionalizante sería un tipo de aglomeración de espectadores que hubieran renunciado a matener entre si la distancia moral y física que les distinguiría unos de otros y aceptaran quedar subsumidos en una masa acrítica, confusa y desordenada, en la que cada cual habría caído en aquel mismo estado de irresponsabilidad, estupefacción y embrutecimiento que se había venido atribuyendo a la multitud enhervada, aquella misma entidad frente a la que la noción de público habia sido dispuesta. El conjunto de espectadores degenera entonces en canalla desbocada, al haber caído víctima de una enajenación que ciega e inhabilita para el juicio racional, al tiempo que la respuesta a los estímulos que recibe puede desembocar en cualquier momento en desmanes y violencia.

Una de las manifestaciones de esa audiencia convertida en horda se nos aparece bajo la figura actual del o de la fan. Fan deriva de fanatic, y este del latin fanaticus, que significa “frenético e inspirado por Dios”. Tal etimología ya advierte cómo la imagen del fan se asocia con aquel o aquella a quienes  una creencia enfervorizada, una convicción fiera o una adhesión entusiasta cualesquiera obnuvilan hasta hacerlos incapaces de autocontrol. La analogía religiosa no haría sino encontrar paralelismos en todas las manifestaciones de arrobamiento místico colectivo que concebirse puedan y que han sido una constante a lo largo de la historia humana. Su escenificación ha consistido en todos los casos en la presentación pública de una entidad sagrada –en el sentido de excepcionalmente extraña a la experiencia ordinaria– ante una reunión humana de repente coagulada en unidad. Esa fusión humana sobrevenida atiende, en el doble sentido de que espera y presta atención, a una entidad a la que se considera acreedora de adoración ardiente. Por supuesto que estaríamos ante un tipo de fenómenos que las ciencias sociales de la religión asocian, desde Max Weber, al concepto de carisma, es decir la atribución de rasgos y competencias excepcionales inmanentes a determinadas personas.

Es difícil no llamar la atención sobre la recurrente filiación del fenómeno fan al modelo que prestarían las ménades o cohortes de mujeres adoradoras de Dionisos en la Grecia antigua, tal y como nos ha llegado, por ejemplo, de la mano de Eurípides y sus Bacantes. No sólo por su connotación religiosa, sino sobre todo por su connotación de género. Es decir el público fan es imaginado como conformado casi en exclusiva por jóvenes “histéricas”, es decir afectadas por un mal que la nosografía psiquiátrica clásica vino a considerar como propia de su sexo. Tal percepción es consecuente, en primer lugar, con la propia identificación que desde el reformismo burgués y librepensador se establece entre la mujer religiosa y la mujer fanática o, mejor dicho, de la mujer religiosa como mujer fanática. Pero también valdría para la forma como la psicología social de finales del XIX le atribuye a las multitudes una naturaleza esencialmente femenina, precisamente para subrayar su esencia impredecible, alterable y peligrosa, pero también la facilitad que presentaba para ser objeto de seducción por la vía de la fascinación y el halago. Gustave Le Bon sentenciaba en 1895: “Las multitudes son por doquier femeninas” (Psicología de las multitudes, Morata). En esa frase se resume la intercambiabilidad entre el “eterno femenino” y el “eterno colectivo”, ambos caracterizados por su temperamento “emotivo y caprichoso, lunático y veleidoso [...] La masa, como la mujer, esta preparada para la sugestión, del mismo modo que su pasividad, su sumisión tradicional, su resistencia al dolor la predisponen a la devoción” (Serge Moscovici, La era de las multitudes, FCE). Mucho después, en 1977, Michel Tournier se refería, en El viento paráclito, a la multitud como “ese monstruo hembra y quejumbroso”.

En paralelo, el público fanatizado –es decir, el público que ha degenerado en canalla incontrolada– tendría su expresión casi específicamente masculina en la figura del hooligan o ultra, aficionado futbolístico violento que tiende a actuar, por así decirlo, “en manada”. El espectador fanático se representa entonces mediante la distorsión o exacerbación de un prototipo que también en este caso es de género. Si la fan es una muchacha en la que se ha agudizado una inclinación que es propia de su sexo –y de su sexualidad-, la “histeria”, el ultra deportivo es un joven en el que se ve intensificado una predisposición que se le presupone al gamberrismo, las prácticas vandálicas y el consumo convulsivo de sustancias que alteran el comportamiento, en este caso el alcóhol, ingredientes consustanciales a una cierta representación hoy hegémonica de los jóvenes en general.

 [La imagen corresponde a un representación del diaspagmos de Dionisos por las bacantes en una  cerámica griega del siglo VI aC]


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