dijous, 20 de setembre de 2012

"Los usos emancipadores de la identidad", Último apartado del artículo “La identidad en acción. La cultura como factor discursivo de exclusión y de lucha”, publicado en Eikassia, 17 (marzo 2008)

Último apartado del artículo “La identidad en acción. La cultura como factor discursivo de exclusión y de lucha”, publicado en Eikassia, 17 (marzo 2008). Es la revista de la Facultad de Filosofía de la Universidad de Oviedo. Se han suprimido los pies de página y las referencias bibliográficas.

LOS USOS EMANCIPADORES DE LA IDENTIDAD
Manuel Delgado

Ahora bien, una vez constatado que, en efecto, tanto la exclusión como la inclusión forzosa de grupos humanos es hoy ejecutada en base a argumentos en clave identitaria, no es menos cierto que la identidad puede servir –y sirve con idéntica eficacia– para que esos mismos grupos sociales maltratados busquen en la identidad –no pocas veces aquella que se les asignó con fines estigmatizadores– un instrumento a través del cual hipostatar y sintetizar sus intereses particulares y la lucha por su emancipación.  Sabemos bien que ese ha sido el caso de todas los conflictos antiimperialistas, de todas las guerras de liberación nacional y de todas las vindicaciones de sectores que se sienten de un modo u otro inferiorizados injustamente y plantean contenciosos vindicativos, de las comunidades indígenas en Lationamérica a las asociaciones de sordomudos, de gais, de lesbianas o de personas diagnósticadas por trastornos mentales, grupos hasta ahora estigmatizados que pueden reclamar su derecho a la diferencia identitaria, en nombre de una visión del mundo que les sería ideosincrásica y para la que exigirían respeto y consideración. Los mismos inmigrantes pueden asumir la identidad étnica que se les ha atribuido de forma no pocas veces arbitraria, para defender sus derechos, en la línea de la vieja consigna indigenista “Como indios nos oprimieron; como indios nos liberaremos”.

Ese uso del diferencialismo como argumento para las luchas en pos de la equidad se basa en un postulado lógico, cual es que para ser reconocido alguien o algo como sujeto –colectivo, en el caso de las identidades grupales del signo que sea– es indispensable ser habilitado antes como entidad diferenciada y diferenciable. De ahí la consigna antirracista “Todos iguales, todos diferentes·”. No es casual, puesto que la identidad es el requisito que todo Estado moderno exige siempre a sus interlocutores. En otras palabras, no se puede interpelar o ser interpelados por una Administración, del tipo que sea, sino se detenta algún tipo de reducción a la unidad que le permita identificarse –aparecer como dotado de identidad, individual o colectiva– ante ella.

Cabría detenerse en cómo esa potencialidad del diferencialismo como argumento para el igualitarismo fue asumido doctrinalmente y formalizado por la propia izquierda revolucionaria, con la consecuente modificación que llevara del  emblemático “Proletarios de todos los países, uníos”, al “Proletarios y pueblos oprimidos del mundo, unios“. Eso sucedió a partir del momento en el que, en el contexto de la impugnación del imperialismo británico en Asia como peligro inmediato para una Unión Soviética asediada y en guerra civil, se celebra el Congreso de los Pueblos de Oriente en Bakú, en septiembre 1920, poco después del segundo congreso de la Internacional Comunista. Se ha de tener en cuenta, no obstante, que el camino para este reconocimiento de las luchas anticolonialistas como eposodios o facetas de la lucha de clases, ya había aparecido antes de manera abundante en la obra teórica del propio Lenin, que ya se había pronunciado antes en favor del derecho de autodeterminación de los pueblos, al tiempo que había llamado la atención sobre los diferentes sentidos –antágonicos incluso– que podía tener la “lucha por la patria”, cuanto ésta la esgrimían las naciones imperialistas y cuando lo hacían las poblaciones oprimidas. Recuérdese el “Informe sobre la situación internacional y las tareas fundamentales de la Internacional Comunista”, leído por Lenin semanás atrás del congreso de Bakú, en el marco del congreso de la Internacional Comunista, en que aparecía de forma explícita la convicciòn de que la revolución socialista ya no tenía como único protagonista a la clase trabajadora de los pueblos “civilizados”, sino a la masa inmensa, de cientos de millones de desposeídos que sufrían el capitalismo bajo su forma imperialista.

Ello en paralelo a la asunción por los partidos comunistas, y en especial y en primera instancia por los austro-marxistas –Bauer, Kautsky– y, más adelante, por Stalin de los postulados románticos e idealistas –Herder, Humboldt; Marr en el caso específico ruso–, que identificaban lengua y espíritu nacional. Así, podemos leer a Stalin: "La nación es una comunidad estable, històricamente constituïda, de lengua, de territorio, de vida económica y de psicologia, manifesta esta en la comunidad de cultura." De ese contexto surgieron las bases teóricas que orientaron la doble naturaleza nacionalista e internacionalista de las luchas contra el capitalismo a nivel planetario, que a partir de ese momento hacían compatible y hasta articulable el patriotismo esencialista con las tesis marxistas, generando guerras y revueltas que fueron al mismo tiempo revolucionarias y nacionalistas, incluso lo que hoy con tanto desprecio se llamaría “etnicistas”. Esa fue la orientación del papel de los comunistas a la hora de apoyar, muchas veces en solitario –cabe pensar en el ejemplo del PCF y su apoyo a Abd-el-Krim o a los movimientos nacionalistas en las Antillas o África negra– la insurgencia contra los imperios francés o británico en los años 20 y 30 del siglo XX. Y lo fue en muchos otros casos posteriores, de los que los ejemplos serían bien abundantes en todos los continentes. En todos ellos los partidos comunistas asumieron como propias las vindicaciones nacionalistas, haciéndolas inseparables de las de clase. Sabemos que así ha sido y están siendo en muchísimos casos, en los que las tomas de posición revolucionarias han sido esencial y esencialistamente patrióticas. Son bien conocidos los ejemplos registrados a lo largo de los añios 50 y 60: Angola, Cabo Verde, Cuba, Argelia, Guinea Bissau, Vietnam, Chile y la mayoría de países de lo que un día fue el movimiento de los no alineados. La revolución cubana, con su consigna “Patria o muerte, venceremos”, explicita bien esa síntesis. Líderes revolucionarios bien conocidos lo fueron también de movimientos fuertemente nacionalistas, como Ahmed Ben Bella, Samora Machel, Amílcar Cabral, Ho Chi Minh, Patricio Lumumba, Sekou Touré y el propio Fidel Castro.  

Y lo mismo valdría para Eurpopa, donde los partidos comunistas plantearon la lucha antifascista en clave patriótica, sobre todo, como es lógico, en el contexto de la ocupación nazi de sus territorios. Pero es también el caso español y el de los partidos comunistas en Catalunya, por ejemplo, como fue el caso del POUM, de la Unió Socialista, de Estat Català-Partit Proletari, del Bloc Obrer i Camperol y, cómo no, de la fusión de algunos de los mencionados en ell Partit Socialista Unificat de Catalunya, el PSUC, que protagonizó el único caso en que Catalunya ha sido admitida como nación con entidad propia en un organismo internacional, en este caso la III Internacional. Recuérdese que la defensa de la República tuvo en España, de la mano precisamente del PCE, una considerable dimensión nacionalista y de liberación nacional, con sus frecuentes exhortaciones a la defensa de la patria contra los invasores italinos y alemanes, pero también contra “los moros que trajo Franco”, en el marco de un discurso que no cabría dudar a la hora de calificar como racista, en el sentido más habitual del término. Este fuerte componente nacionalista, influenciado por las tesis asumidas por la III Internacional, tuvo exponentes de notable elocuencia –aunque ciertamente marginales– hasta épocas bien tardías, como fue el caso del FRAP, una organización que se cuidaba bien de enfatizar en sus siglas su dimensión “patriótica”.

También cabe tener presente que ese primordialismo étnico-nacionalista que la izquierda marxista hace suyo y que funciona como eje de numerosos movimientos de liberación nacional de los llamados países del tercer mundo, contagió, por así decirlo, a determinados conflictos europeos, como es bien conocido en casos como el corso, el bretón, el nordirlandés o, en el caso español, de catalanes, vascos y gallegos, que en todos los casos –al menos en algunas de sus corrientes principales– asumieron posiciones políticas de signo marxista-leninista. Tambien ahí cabria recordar que el hecho no es específicamente novedoso y no responde, como se ha sostenido, a la influencia del FLN argelino, por ejemplo. En la década de los años 10 del siglo XX, Lenin ya se ocupó de criticar a quienes consideraban que el derecho de autodeterminación que se reclamaba para los pueblos colonizados no era aplicable al caso de conflictos análogos que tenían su escenario en la propia Europa. El propio Lenin ya establecía que lo que se reconocía como objetivo legítimo para Turquia, Egipto, India, Jiva o Bujará –por citar los casos que él mismo proponía–, lo era también para Finlandia, Polonia o Ucrania, e incluso para Irlanda, por cuya revolución de 1916 expresó toda su simpatía.

Esta breve exposición ha puesto de relieve cómo fue posible que dos doctrinas de apariencia antitética –nacionalismo e internacionalismo– pudieron llegar a hacerse no sólo compatibles, sino hasta inseparables en determinadas circunstancias históricas. Ello no advierte sino de que la identidad no sólo se negocia y resulta de negociaciones; no sólo es el resultado de un sistema de afinidades y oposiciones cuyos contenidos son arbitrarios. Advierte cómo la identidad étnica o nacional no es la causa, sino el resultado de complejas dinámicas históricas, sociales, políticas, económicas, etc., y que no puede ser entendida al margen de la manera como grupos humanos con intereses y objetivos específicos la emplean como fuente de legitimidad. De este modo, tendríamos que no es la nación lo que da pie a los diferentes nacionalismos: son los distintos nacionalismos –cada uno de ellos contemplable como singular y en relación y como resultado de contextos siempre singulares– los que inventan –literalmente– la nación que defienden y en nombre la cual afirman luchar.

De este modo, con las identidades, al igual que tanto con sus formalizaciones doctrinales como con sus emanaciones sentimentales –los nacionalismos, los etnicismos del tipo de que sea–, se debería aplicar el principio analítico que proponía Radcliffe-Brown para el estudio de las religiones, que no pueden ser estudiadas sino en acción. Puestos a proponer definiciones, se asumuría como propia aquella en que se ha basado la larga tradición de la antropología social europea: aquella según la cual la cultura sería, ante todo, la forma que adoptan las relaciones sociales lo que supone que toda vindicación culturalista e identitaria debe ser interpretada como la expresión de una estructura societaria dada y sus necesidades y conflictos. Eso no implica entender la cultura como una trasposición mecanica de lo que el marxismo vulgar ha entendido siempre como la dimensiòn ideológica, proyección precisa de una determinada infraestrutura tecnoecològica y tecnoeconómica. Más bien, que se trata de una visibilización de un referente permanentemente móvil y, por tanto, procurador de todo tipo de sombras y ambivalencias. Esa última perspectiva es la que ha orientado buena parte de las teorías procuradas por la antropología acerca de ese asunto al que una generalización tan injusta como injustficada ha globalizado bajo el epígrafe de “el problema de los nacionalismos”, un asunto cuya clarificación, una vez rescatada del campo de las patologías políticas y hasta mentales, se desplaza ahora, de la mano de autores como Gellner o Llobera –por citar sólo algunos referentes accesibles al lector español–, a las nuevas formas de transmisión de pautas culturales que caracterizaron el tránsito de las sociedades premodernas a las modernas sociedades urbano-industriales, es decir a la modernidad.
           
[La fotografía de la entrada corresponde al levantamiento independentista de Pascua, en Dublín, en 1916]



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