divendres, 4 de maig de 2012

"Una apología de la delación furtiva". Un escrito colectivo


UNA APOLOGÍA DE LA DELACIÓN FURTIVA

El pasado martes 24 de abril, muchos comprobamos aliviados que nuestros rostros no aparecían entre los expuestos en esa galería del oprobio que es la nueva y rutilante página web de la Conselleria d’Interior, titulada “Col·laboració Ciutadana contra la violencia urbana”. El hecho de que nos tomásemos la molestia de comprobar semejante hipótesis brinda un triunfo indeseado al conseller Puig y a quienes diseñaron esa apología de la delación clandestina, pues aunque nuestro fervor revolucionario no esté para grandes exhibiciones, esa inquietud colectiva denotaba que se ha alcanzado uno de los principales cometidos que persigue la web, a saber, que la sensación de miedo comience a influir sobre las vidas de la gente que protestamos por una situación que hace tiempo ha sobrepasado los límites de lo tolerable. La evidencia está ahí: todos podemos estar sujetos a esa caza de brujas virtual que el conseller Puig y el Sr. Manel Prat, director general dels Mossos, quieren presentar como un ejemplo cabal de civismo, una nueva muestra de la pasión por el orden que caracterizaría supuestamente a la sociedad catalana.

Tras auscultar las amenazas ocultas en la web –y no podemos ni imaginar la alarma e impotencia que ésta habrá causado a los desgraciados ciudadanos que sí aparecen entre esas 68, ahora ya 66 carpetas-, nos pareció llegada la ocasión propicia para revisar una vez más la extraordinaria película de Elia Kazan que en España se tituló La ley del silencio (On the waterfront, 1954). Como es bien conocido, la película es toda una declaración en descargo del propio Kazan, quien había delatado, a cambio de recibir cierta inmunidad, a sus antiguos compañeros del Partido Comunista ante el Comité de Actividades Antiamericanas. La ley…, que sustituye –hábilmente para los intereses de Kazan- a los comunistas por mafiosos al frente del sindicato de estibadores de Nueva York, es un alegato en favor de la denuncia de aquellas posiciones de poder que minan el derecho fundamental al trabajo digno para beneficiarse de una práctica de extorsión institucionalizada. Con unas interpretaciones magníficas y un sentido modélico de la tensión narrativa, La ley… es, al margen de un documento autoexculpatorio que rezuma mala conciencia, una obra mayor cuya trama se articula sobre la brumosa frontera que separa la denuncia de la delación.

Ahora bien, si se recurre a la película de Kazan con la esperanza de encontrar algunas referencias que nos permitan reflexionar sobre la flamante inauguración de un nuevo servicio en este contexto de retracción de las finanzas públicas, lo cierto es que destacan más las diferencias que las semejanzas. En la película de Kazan, la delación no es tanto consecuencia del acto de denuncia de la corrupción sindical ante los tribunales como del hecho de que Terry Malloy (Marlon Brando) forma parte del gang mafioso que controla el sindicato, y del que toma distancias a lo largo de la trama, hasta erigirse en el principal testimonio acusador que incrimina a sus antiguos compinches. Malloy es uno de ellos, y seguramente por eso su denuncia se presenta como una delación. Por otra parte, a medida que Malloy –impulsado en la trama por la hermana de uno de los trabajadores represaliados por el gang y por un sacerdote en busca de redención- toma conciencia de las consecuencias que comportan los actos que cometen sus camaradas, sufre un proceso de exposición creciente que le conduce, en la memorable última secuencia, a un enfrentamiento directo y desigual con el grupo al que acababa de incriminar. Ahí radica, creemos, el principio de dignidad moral con el que Kazan quería investir la acusación de Malloy: cuando la imputación se esgrime contra los poderosos, cuando se constituye como un acto de rebeldía -acaso desesperado- que pretende impugnar un orden de cosas percibido como injusto por la mayoría, y cuando el delator queda en una situación comprometida porque une fatalmente su destino al de la propia denuncia, entonces la delación se eleva sobre el fondo confuso de la ambigüedad moral y se yergue, firme y explícita, como un acto de justicia. Poco importa entonces que, en función de la posición que ocupe cada actor en la trama, se la denomine denuncia, delación o acusación: el gesto inculpatorio aparece como el efecto incontenible de una demanda de justicia.

Ninguno de esos supuestos que, al menos para Kazan, dignificarían la delación, parece cumplirse en el caso que nos ocupa, la página web creada, literalmente, para que tome cuerpo la amenaza difusa que la “violencia urbana” ejercería sobre el tejido social. En primer lugar, porque los eventuales delatores, que forman teóricamente parte de la masa de buenos ciudadanos que deploran la violencia antisistema, no se identifican por principio con los atributos de barbarie que esa web otorga a quienes expone a las miradas del público. Quien denuncia las acciones de “violencia urbana” tiene, de un modo u otro, el convencimiento de que nunca haría nada parecido, de manera que la existencia de esa página web le reconforta no sólo porque permite encarnar esa amenaza difusa de la que hablan la clase política y los medios en unas fotos convenientemente estereotipadas, sino también porque, incapaz de establecer ninguna forma de empatía con esos rostros anónimos, se sitúa en el polo moral opuesto al que esos “violentos” ocuparían. A diferencia del protagonista de la película de Kazan, un gangster arrepentido, los denunciantes negarán lógicamente cualquier promiscuidad con el grupo estigmatizado. En este sentido, la página web promovida por la Conselleria d’Interior satisface no sólo la demanda de personificación de un enemigo interior que se concreta en virtud de la abstracción que opera el concepto de “violencia” –como si ésta pudiera, tal y como sugieren las propias fotos, desligarse de sus causas, de su contexto, de sus razones-, sino que proporciona también un discutible placer a quien está persuadido de que él o ella no forma parte de los “violentos”. Por ello, el anonimato que envuelve a los 66 expedientes colgados en la página, la absurda sucesión de esas fotos que, nos quieren convencer de ello, incriminan simplemente por el hecho de estar expuestas, resulta eficaz a la hora de desactivar toda tentación de comprender por qué quienes en ella aparecen hacen supuestamente lo que hacen.

En segundo lugar, la protección de los datos personales de los denunciantes, garantizada por los Mossos d’Esquadra –al menos hasta que sus testimonios sean eventualmente utilizados en un juicio-, descarta la voluntad de expiación que parecía guiar los actos de Terry Malloy, cuyo testimonio adquiría verosimilitud –y en cierto modo veracidad- precisamente en la medida en que éste lo defendía al precio de su propia integridad física. Como si un pacto férreo condicionase la dignidad de la acusación a la sinceridad expuesta en el rostro dolido de un hombre llevado por sus remordimientos. No se trata de que los denunciantes flirteen, como lo hace Malloy, con la posibilidad del martirio, pero sí que, ante la gravedad que conlleva denunciar a un conciudadano por faltas o delitos que ahora pueden comportar penas severas, comprometan algo más que una acusación furtiva que no ofrece ningún foro para la defensa de la inocencia de quienes la sufren. A los felices delatores les sugeriríamos que, antes de realizar un juicio secreto a los supuestos infractores, exhibidos en la página web como malhechores de un tebeo franquista, examinen su conciencia y se pregunten quién tira aquí, y desde dónde, las piedras que de verdad duelen. Les invitaríamos, sencillamente, a que se planteen la cuestión de quién impone, ahora en nuestra ciudad, esta particular ley del silencio. 

No nos engañemos: las posibles denuncias que puedan verterse contra ciudadanos indefensos ante esa estigmatización programada no pretenden sancionar lo que hacen esas personas, sino simplemente señalarlos por lo que creen que son. Para unos, quisiera pensar que los menos, la página web dispensará la ingenua confianza de que sacar de circulación a los ejecutores de una violencia abstracta y mistificada servirá, por arte de magia, para acabar con las causas justas que la alimentan; para otros, tal vez ese 99% del que estos días tanto se habla, será una nueva prueba del bochorno de un gobierno que se empeña en presumir de sus virtudes cívicas precisamente para ahorrarse el trabajo de ponerlas en práctica.

Andrés Antevi, Manuel Delgado Ruiz, Carlota Gallén, Miquel Fernández González, Gerard Horta Calleja, Andrei Kozinets, Edith Lasierra, Alberto López Bargados, Jaume Mestres,
María Pons, Héctor Sánchez Armada, Marco Luca Stanchieri, Marta Venceslao.

[La imagen correspone al cartel "El espía, ¡silencio!: el enemigo acecha en todas partes", de Puyol (1907-1981), editado por Socorro Rojo Internacional en 1936]


Canals de vídeo

http://www.youtube.com/channel/UCwKJH7B5MeKWWG_6x_mBn_g?feature=watch