dimecres, 14 de març de 2012

Taller de etnografía - Clase del 2-3-12 - La deuda de la etnografía con la literatura de viajes y aventuras


         La clase en el rectorado la dediqué a hacer el elogio del libro de viajes y la novela de aventuras en el moderno relato etnográfico. Es importante esa constatación de lo exótico, tan cercana a la mejor literatura antropológica y tan alejada, por ejemplo, de la falta de sensibilidad de la mayoría de antropólogos del XIX. Me estoy refiriendo a una estrategia narrativa que se hallaba en la base misma del surgimiento histórico de una disciplina científica como la antropología, al tiempo que un género literario del que la sensitividad del estudioso de la cultura no tendría motivos para sentirse ajeno. En la clase os estuve explicando la importancia de los “viajes filosóficos”, cuyas expresiones precursoras se remontarían a Marco Polo, continuarían a través de cronistas como Antonio Pigafetta o Montaigne, para conocer su gran momento en la Ilustración, de la mano de las noticias de exploradores famosos, como Cook, Bougainville, La Conamine o La Pérouse, y hasta viajes puramente ficticios como les del Lemuel Gulliver de Swift. Se trataba de relatos que nunca se limitaban a describir costumbres o paisajes extraños, sino que asumían una cierta voluntad de devenir fuentes de razón desde las que considerar en qué consistía  esa humanidad que la heterogeneidad de lo humano ocultaba. Era, además, prolongaciones en lo exótico de un ánimo que era el de los Diderot, Buffon o Helvetius, pero, y por encima de todo, homenaje a la figura colosal, a la que ya veis que me refiero de manera recurrente en clase, de Jean-Jacques Rousseau. Es la intuición roussoniana sobre la necesidad filosófica del viaje –“Cuando se quiere estudiar a los hombres, hay que mirar cerca de uno; pero para estudiar al hombre hay que aprender a mirar a lo lejos”, os leí en clase. Recordad lo que insistí en subrayar del Discurso sobre el origen de la desigualdad entre los hombres, pero también de las Confesiones –“¿puede el etnólogo escribir otra cosa que confesiones?”– o las referencias que hice al lúcido desaliento que impregna Las ensoñaciones de un paseante solitario.

         Expatriación vivida como un pensar, y un pensar idéntico a un destierro. Ese mismo estado de ánimo lo reencontramos en el siguiente siglo, entre algunos de los disidentes de un sistema de civilización cada vez más autosatisfecho consigo mismo y más despótico e inmisericorde con los demás. También la metáfora del viaje habría de servirle a ellos para expresar su nostalgia por un pasado perdido para siempre o su esperanza en un futuro por conquistar. Vuelvo de nuevo a ese Chateaubriand que quiso huir de sus circunstancias para ir a América, donde, como su René –el protagonista de Atala y de René, francés refugiado entre los nachtez de Kentucky–-, “encontrar remedio a la extraña herida de mi corazón, que no estaba en ninguna parte y que estaba en todas”. No en esa clase, sino en la de anteayer, os leí cómo empiezan las conclusiones de las Memorias de ultratumba. ¿Os acordáis?: “Pobre y rico, poderoso y débil, feliz y miserable, hombre de acción y hombre de pensamiento, he puesto en mi mano en el siglo y mi inteligencia en el desierto”.

         Otro ejemplo sería el de la decepción y el desprendimiento de ese  Rimbaud anonadado que se abandona a su imaginación aventurera, para redimir el espanto de los 35.000 fusilamientos que siguen al aplastamiento de la Comuna de París. Aquel día llevaba encima una cosa suya que creo que no llegué a leer, y que es uno de los poemas más bellos u rotundos que nunca se hayan escrito: “El barco ebrio”, escrito J. Arthur Rimbaud en aquel mismo 1871 y que empieza...:

                   Cuando yo iba bajando por impasibles Ríos,
                   sentí que no me guiaban ya los sirgadotes:
                   chillones Pieles-Rojas, tomándolos por blancos,
                   desnudos los habían clavado a unos postes
                   de colores.
                      Maldita la falta que me hacía
                   -transpotador de trigo flamenco y de algodón
                   inglés- tripulación alguna. Cuando se hubo terminado
                   todo aquel alboroto ala par de mis hombres
                   de sirga, me dejaron los Ríos descender
                   hacía donde quisiera.

         ... para terminar aludiendo a los puentes sobre el Sena en que fueron hacinados los presos comuneros:

                   Si yo deseo un agua europea, es el charco
                   Negro y frío donde, hacia el crepúsculo ungido,
                   Un muchacho agachado deja, triste un barquito
                   Tan frágil como una mariposa de mayo.

                   Ya no puedo, bañado en vuestra languidez,
                   Ondas, borrar la estela de los mercantes de
                   algodón, ni tampoco traspasar el orgullo
                   de las banderas y la llamas, ni nadar
                   bajo los pavorosos ojos de los pontones.

         En paralelo, os hablé de la importancia de esa literatura considerada “menor”, tipificada como “de aventuras”, que en su día se viera ampliamente beneficiada por el valor del gran público. Se trata de libros de los que una lectura atenta, capaz deslavar el espejismo de una falsa superficialidad, no tardaría en descubrir su poso de hondura y esa misma cavilación del exiliado en territorios exóticos, cuyos actores principales, como el antropólogo de Tristes trópicos, tampoco “podrán ya jamás sentirse en su propia casa”. Me refiero, por ejemplo, a las aparentemente intranscendentes obritas de Pierre Loti, uno de los más conocidos autores de viajes novelados de finales del pasado siglo, protagonizados en los Mares del Sur por personajes que, al igual que el teniente Loti de Azidayé, han huido “ de las instituciones morales de su país, de su cultura, de su civilización”. Serían posibles otros empalmes con la mejor novela popular de entre siglos. Por supuesto, con el utopista Jules Verney su capitán Nemo, con Henry Melville, con Henry Adams o con R. L. Stevenson. También,  aunque a otro nivel, con el Noa noa de Gauguin o con las impresiones viajeras de capitán Richard Burton, de André Gide, de Buckardt o de T. E.  Lawrence, e incluso, ¿por qué no?, con la de nuestros Ali-Bey, Rivadeneyra o Cristóbal Benítez, todos ellos hitos en un género literarioque la trivalización turística ha acabado por devaluar casi del todo y del que la literatura actual sólo constataría sobrevivientes excepcionales, como Bruce Chatwin, Paul Theroux o Tom Spanbauer.

Puse un acento especial en una figura que me fascina particularmente:  Pierre Dumarchais, más conocido como Pierre Mac Orlan. Ya os hice notar que tengo un canal en el youtube que se llama como una de sus novelas, El canto de la tripulación. Son obras –La bandera; El muelle de las brumas…–, que transcurren en los tugurios portuarios de Hamburgo, Nápoles o Amberes o extraños paisajes de algún país lejano, todo lo que, en definitiva, conformará aquel nuevo género literario cuya invención Ramón Gómez de la Serna atribuyó a Mac Orlan: la “fantasía social”

         Y, por supuesto, El corazón de las tinieblas, de Joseph Conrad. Una obra y un autor sin los que los Argonautas de Malinowski serían incomprensibles. En esta clase os leí varios párrafos de una obra bien significativa en ese sentido: Los siete pilares de la sabiduría, de T.E. Lawrence, Lawrence de Arabía. Era la edición de Júcar, que tradujo Alberto Cardín. Os pidiría que buscarías toda la información posible de este personaje, que en tantos sentidos nos debería parecer emblemático.  Como lo es también el capital Richard F. Burton, otro personaje cuya fascinación también me contagio en su día Alberto. Hace no mucho Laertes me confió el prólogo de su Vagabundeos por el Oeste de África. Si os interesa, lo publiqué en mi blog: manueldelgadoruiz.blogspot.com/2009/12/prologo-vagabundeos-por-el-oeste-de.html. Si queréis ampliar lo que os conté sobre esa imaginación de lo exótico en el XVIII y el XIX, miraros dos libros de José Antonio González Alcantud que hablan de ello: El exotismo en las vanguardias artístico-literarias (Anthropos) y La extraña seducción. Variaciones sobre el imaginario exótico de occidente (Universidad de Granada).

Todas estas obras –y otras muchas en esa misma línea– contienen habitualmente descripciones casi etnográficas de las costumbres e instituciones de otras sociedades humanas, tratadas con respeto y hasta con admiración, hasta el punto que en no pocas ocasiones los protagonistas de la acción las adoptan como propias al integrarse en su mundo, ya sea para la simple convivencia o incluso, con frecuencia, mediante su matrimonio con indígenas. Pero, sobre todo, porque latía en tales relato, en estado bruto, la misma energía moral de la que la antropología había sido un resultado en el campo de las disciplinas científicas, consistente en una elaboración más sistemática y más compleja del idéntico ejercer, lo que Victor Sengalen definía como “la percepción de lo Distinto; el conocimiento de que nada es por sí mismo”. Efectivamente, los actores de estas historias de viajes no vivieron su aventura sino como una forma de expresión de un desacuerdo con su propia civilización y como una apertura hacia alternativas morales existentes en otros sitios que predibujan la imagen de lo que enseguida habrá de ser el investigador de campo de antropología.

Todos ellos pueden ser pensados como figuras intercambiables de una renuncia a toda verdad ética preestablecida y de una voluntad sincera por aprehender lo otro, por mucho que su propia presencia entre los lejanos anticipe y presagie su pronta desaparición. Son también, en relación a esto último, perfiles diferentes de un mismo remordimiento ante los devastadores efectos que la ambición sin límites Occidente ha provocado en sociedades que no merecieron la suerte miserable a que nuestro contacto las condenó; formas cambiantes de una idéntica pavorosa conciencia: las de haber llegado hasta allí para ser cómplices del asesinato de ese doble insospechado de uno mismo que, de pronto, fue revelarse entre quienes se creyó absolutamente distintos. Todos esos personajes, siempre explícita o implícitamente autobiográficos, debidos a Cook, Chateaubriand o Rimbaud, o, a otra escala, a Loti, Verne, Conrad o Mac Orlan, tienen en común con la moderna personalidad del antropólogo en valores de documentación la paradójica naturaleza que hace de ellos los fatídicos mensajeros del mismo del mismo orden de mundo que habían decidido traicionar.

         El expedicionario real o imaginario en busca de otras civilizaciones de las que inquirir sus significados cuenta con una coartada científica para su exilio, pero la incomodidad sobre la que en su día vino asentarse su extraña vocación es de la misma especie que aquella que, antes, a otros que no gozaron de un pretexto tan sólido como el de una misión académica encomendada, les impuso la necesidad imperiosa de partir. No es sólo una manera de narrar experiencias exóticas lo que el antropólogo viviendo sobre el terreno adopta del viajero novelesco, ni lo que, en el sentido contrario, éste, sin saberlo, presagia de la mirada etnográfica. Cabría decir, más bien, que se trata de puentes recíprocos que dos formas de conocer la variedad humana –la científica y la poética- se tienden, como para confirmar sobre lo escrito lo que de una contiene la otra.

         Figuras del resentimiento y la expiación, hubo quienes, nacidos en una sociedad que se había arrogado el derecho a imponerlo por la fuerza sus modelos a todas las demás del planeta, llegaron a la conclusión que ni su mundo ni su tiempo eran en verdad los suyos. Intuyeron que en algún lugar del presente debían haber encontrado un refugio en la decencia y la bondad que echaban en falta en torno suyo, y por ello decidieron emprender, a veces tan sólo con la fantasía, un viaje, no muy distinto de aquel otro que tuviera como protagonistas al Ulises homérico, que le llevara al encuentro a los restos de una humanidad añorada, aunque nunca vivida jamás por nadie. En unos casos fue lo único con que contaron, su experiencia real o imaginada de viajeros, lo que fue a parar a las hojas de libros clasificados luego como “de viajes”. En otros, un desacuerdo idéntico a ése fue a cobijarse en una profesionalidad reconocida, en cuyo nombre se tejieron piezas en que las observaciones del naturalista interesado en la variedad de las culturas se hilvanaban con el testimonio de unos desajustes con la vida que sólo escribir sobre otros universos humanos había conseguido aliviar.

         Ninguno de ellos, viajeros que, como Lévi-Strauss, odiaban loa viajes a los que su malestar les arrojaba, dio con lo que buscaba. Todos encontraron en los remotos parajes a donde fueron a parar, dibujándose sobre seres  extraños a cuyo interior nunca pudieron asomarse del todo, las sombras de la patria y la era que aborrecían y que creyeron haber dejado atrás. Todos acabaron descubriendo que su mundo y su tiempo no existían, ni habían existido antes, existirían jamás. De su vano intento sólo quedaron relatos de aventuras y viajes llenos de desolación o libros de estudios saturados de datos y elucubraciones teóricas a propósito de civilizaciones lejanas, o, a veces el fulgor que se produce al cruzarse ambas formas de representar de modo distinto una misma cosa. Todas esas obras, cada una a su manera, nos invitan todavía hoy a compartir lo más valioso de sus personajes y de quienes los concibieron: su propio  fracaso. Ninguna de estas obras a las que me he referido es en realidad lo que parece: todas asemejan un libro de viajes, cuando son en realidad la crónica  de un naufragio.

[La fotografía de la entrada es del poeta, novelista y músico Pierre Mac Orlan, realizada por André Kertész en 1927]

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