dimarts, 13 de març de 2012

Sobre las formas y razones del racismo. Consideraciones para Cecilia Monza, haciendo trabajo de campo con gitanos en Turín


Mira, ya que te preocupa la cuestión conceptual, empieza por plantearte cuál de las definiciones de racismo, integración, exclusión…, se adecua más a lo que estás observando. Yo creo que deberías plantearte de qué estás hablando exactamente. La exclusión que unos seres humanos pueden ser objeto por parte de otros, más poderosos o sencillamente más numerosos que ellos, no es un fenómeno nuevo. Tenlo en cuenta. De hecho las relaciones entre conjuntos sociales han sido no pocas veces guiadas por la convicción –con la que tú te enfrentas ahora– de que alguno de ellos era intrínsecamente indeseable y eso lo hacía merecedor de una descalificación global, no pocas veces seguida de postergación, acoso, inhabilitación, persecución y, en los casos más extremos, de exterminio físico. A lo largo de varios siglos, un número imposible de calcular de individuos han sido prejuzgados, estigmatizados, perseguidos o castigados por causa no lo que han hecho, sino lo que son o se supone que son. En este caso, las modalidades de inferiorización de que pueden ser víctimas las personas se han demostrado muy variadas y han llegado a lograr que los propios afectados acaben convencidos de la naturalidad del trato que reciben.

Pregúntate, ¿cuáles han sido los motivos de este rechazo que no requiere de pruebas para justificarse, o que es capaz de inventarse las para legitimar la necesidad de negar le a otro el derecho a la igualdad, a la libertad oa la vida por causa de sus diferencias? ¿Cuáles son los mecanismos que hacen posible esta construcción social del otro como enemigo a neutralizar?

El primer tópico a descartar es el que hace referencia a las actitudes excluyentes en términos psicológicos, de tal manera que los fenómenos de segregación o persecución pueden aparecer falsamente esclarecidos por la personalidad de los agresores. Estas explicaciones desvían de una comprensión profunda del problema. A veces porque naturalizan el rechazo, contemplándolo como una proyección del recelo natural que todas las especies experimentan hacia lo extraño (Jacquard). Se trata de una visión instintualista, que muestra el racismo y la xenofobia como resultados de una suerte de tendencia natural del ser humano a temer y protegerse de lo que considera desconocido, y, en consecuencia, a rechazarla lo. Es frecuente que esta línea argumental se refuerce con razones provistas por la etología animal o la sociobiología, que demuestran cómo esta conducta es natural en todas las especies. Otras lecturas subjetivistas más sofisticadas consideran que el otro rechazado representa una proyección de los elementos inconscientes que no queremos aceptar de nosotros mismos, nuestro propio "yo oscuro" (Kristeva). Lo digo porque en tu correo remites a una de esas teorías digamos psicologistas, que analizan las conductas persecutorias como expresiones de un tipo particular de personalidad, en este caso la "personalidad autoritaria" de Adorno a la que aludes.

Frente este tipo de interpretaciones, que desatienden los factores contextuales, creo que debes asumir lecturas del racismo que lo consideran como correspondiente a sistemas de acción y de representación sociales, que son la consecuencia más que la causa de las relaciones entre sectores sociales que son considerados o que se consideran a sí mismos incompatibles o antagónicos. Las variedades de la exclusión social no deben ser situadas en el origen de las tensiones o de las contradicciones sociales, sino como su resultado. ¿Su tarea?: Racionalizar a posteriori la explotación, la marginación, la expulsión, la muerte o, sencillamente, el oblicuamiento o la negación a la que una parte del género humano puede ser sometida por otra.

La explicación del auge de las prácticas excluyentes en nuestra sociedad implica reconocer la confluencia de varias circunstancias singulares del mundo actual, todas las cuales deberán abundar necesariamente en la función política y económica que cumplen. Cada uno de los grupos que se autodiferencia o que es distinguido por los demás representa un punto en una red de relaciones sociales, en las que la distribución del espacio, los requerimientos de la división social del trabajo y muchas otras formas de conducta competitiva son fuentes permanentes de colisión entre intereses y entre las identidades en que estos se refugian tan a menudo para legitimarse. La frecuencia y la intensidad de los contactos físicos, territoriales, culturales, económicos estaría pues en la base misma del aumento en la conflictividad entre colectivos humanos, una conflictividad que no hay que decir que siempre acabará beneficiando al agente social que ocupe la posición hegemónica. En estos casos, la identidad colectiva étnica, religiosa, política no es más que un subrogado detrás del cual se esconden relaciones de clase o de casta, lo que explicaría la verticalidad que se impone a las relaciones entre un colectivo diferenciado y otr0.

Podría establecerse que los dispositivos de la exclusión, que podríamos encontrar en diversos grados presentes en otras sociedades y momentos históricos, se han agudizado en una última fase de la evolución de las sociedades modernizadas como consecuencia paradójica del auge del igualitarismo. En efecto, las ideologías de la exclusión prejuicio, marginación, racismo, xenofobia, estigmatización..., funcionan a la manera de una fuente de justificaciones para el desmentido de que la igualdad de derechos y oportunidades se constantemente objeto en las relaciones sociales reales. Todas las modalidades de exclusión encuentran, por esta vía, un vehículo para naturalizar una jerarquía en la distribución de privilegios y en el acceso al poder político ya la riqueza económica que los principios democráticos que presuntamente orientan la sociedad moderna nunca estarían en condiciones de legitimar.

Los mecanismos de exclusión son diferenciables sólo a efectos de su presentación analítica. En la práctica social es muy probable que aparezcan interseccionándose o sobreponiéndose los unos sobre los otros. Cada uno de ellos conoce diferentes niveles de intensidad y elaboración. Pueden ir de conformar un estado de opinión difuso a ser asumidos como la ideología oficial del Estado. Sus formalizaciones pueden ser fragmentarias y contradictorias, pero también pueden reclamar como soporte teorías que parecen adovades con el máximo rigor científico. Las lógicas de la exclusión pueden limitar sus efectos a un desprecio y una hostilidad latentes, que pueden eventualmente provocar disturbios aislados a cargo de grupos muy minoritarios, pero también puede movilizar masas y desencadenar agresiones generalizadas, linchamientos o progroms populares, como el que estuviste a punto de conocer de primera mano tú misma en Turín. La exclusión puede, por último, organizar por completo la política de un gobierno, institucionalizarse e instalarse como violencia oficial del Estado, dando pie a auténticos macroprogramas de exclusión, como en la Sudáfrica del apartheid, o de deportación y exterminio, como en el caso más extremo de todos: el de la Alemania nazi, que, como sabes, afectó directamente a los gitanos, que fueron víctimas del malentendido que les llevó a pensar que sus persecutores eran ciertamente racistas y creían en la superioridad de la raza aria, “raza” a la que ellos –prototipo del indoeuropeo originario– serían expresión suprema.

No te escribo más por hoy. Pero ten en cuenta estos presupuestos, que comparto contigo un poco alarmado por que se te haya colado en tu caja de herramientas conceptuales el amigo Adorno y su “personalidad autoritaria”. Te volveré a escribir pronto, porque hay algo que me gustaría que tuvieras en cuenta en relación al papel del prejuicio en todo esto que estás reconociendo en tu trabajo de campo.

[La fotografía de la entrada es de Markus Hartel y está tomada de markushartel.com/blog/]

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