dimecres, 19 de març de 2014

Ciutadans y otras expresiones del nacionalismo español en Catalunya

Cuadro de Salvador Viniegra "Juramento de las Cortes de Cádiz"
Está claro que cada vez que en este foro he expresado alguna opinión política relacionada con Ciutadans y otros movimientos que sumen la defensa de una supusta minoría española en Catalunya, ha habido quien se ha considerado ofendido porque “insulto” a ese tipo de organizaciones o movimientos tipificándolos como “nacionalistas españoles”. Me permito alguna aclaración al respecto, cuanto menos para que lo que pienso, siendo como es ciertamente una opinión, aparezca lo más fundamentada que sea posible. Como sea que en la formación de ese punto de vista coinciden aspectos teóricos y biográficos, me permitiré desglosarla en varias entregas, la primera de las cuales tienen que ver con la definición de nacionalismo y de nacionalismo español.

Pienso que lo que se opone a un nacionalismo suele ser otro nacionalismo. En la actualidad toda identidad –o casi– acaba remitiendo a una forma u otra de adhesión nacional, corresponda a una nación-estado a una nación que querría serlo. La definición de “nacionalismo” incluye un enjambre de problemáticas sociales, históricas y culturales complejas y muy diversas. Dicho de otro modo, no se puede hablar globalmente de “los nacionalismos”. Ni siquiera podría reconocerse el nacionalismo ni como una ideología propiamente dicha, ni un movimiento social, político o cultural uniforme. 

El nacionalismo es algo plural y a menudo contradictorio. No es un cuerpo de ideas acabado, sino más bien una energía que ve invertida su capacidad aglutinadora en todo tipo de proyectos colectivos pueden ser incompatibles o antagónicos entre sí. El nacionalismo ha servido para oprimir, pero también ha sido un instrumento de emancipación. Invade, pero también libera. Como factor de cohesión de identidades e intereses diversos y dispersos ha servido como justificante para la agresión, pero, por esa misma virtud, fuente de legitimidad para que los agredidos se defiendan. Para decirlo en otras palabras, el nacionalismo no es, el nacionalismo se usa. 

Hay dos tendencias generales contemporáneas que de seguro no harán sino agudizar el recurso a las adhesiones nacionales, es decir nacionalistas, del tipo que sea. Por un lado las dinámicas homogeneizadoras del proceso de globalización, que tienen en los nacionalismos un dispositivo al servicio de comunidades humanas que no es que se resistan a la absorción mundializadora, sino que pretenden hacerlo en sus propios términos. Del otro, procesos que, en las antípodas, abocan a una fragmentación de la experiencia que tiene en la adhesión identitaria nacional un elemento de compensación y reequilibrio. Tenemos así que el sentimiento nacionalista mantiene a raya dos vértigos contrapuestos propios de la sociedad contemporánea: matiza las tendencias uniformizadoras propias de la globalización y atempera los efectos disolventes de una vivencia crónicamente inestable de la sociedad contemporánea. Al mismo tiempo diversifica lo demasiado uniforme y dota de congruencia lo fragmentario.

En un plano teórico, citaré el libro del no hace mucho fallecido Joan Ramon Llobera El dios de la modernidad. El desarrollo del nacionalismo en Europa Occidental (Anagrama) y el número especial, coordinado por Gerard Horta y Sílvia Bofill, del Quaderns de l’ICA, cuyos artículos pueden consultarse en internet en www.raco.cat/index.php/QuadernsICA. Me he permitido expresar una síntesis de esos enfoques en una conferencia que impartí, invitado por el filósofo Alberto Hidalgo, en Oviedo y que apareció luego publicada en a Eikasia. Revista de Filosofía (III, 17), marzo 2008, con el título “La identidad en acción. La cultura como factor discursivo de exclusión y de lucha”. Está en la red: revistadefilosofia.com/17-08.pdf.

Me adelanto a la argumentación de que el cosmopolitismo o el internacionalismo serían el antídoto natural contra esa aparente “condena” al nacionalismo. El cosmopolitismo, antes al contrario, sería la forma más avanzada y sofisticada de racismo, el tipo de adscripción identitaria que practican quienes, vayan donde vayan, siempre se sentirán superiores a los demás. En cuanto al internacionalismo habría que matizar también a cuál de sus variantes nos referimos. La izquierda comunista lleva casi un siglo poniendo de manifiesto la inevitable articulación entre nacionalismo e internacionalismo, al menos desde las posiciones doctrinales del propio Lenin, el Congreso de Bakú y los postulados de la Tercera Internacional en materia de luchas de liberación nacional. El caso del comunismo catalán y del PSUC es bien ilustrativo al respecto. Por desgracia, a mi entender, el único internacionalismo activo que queda en la actualidad es el islamista. Pero estas con otras cuestiones en las que, si a alguien le interesa, puedo detenerme en otro momento.

En cuanto a la categorización en tanto que nacionalistas españoles de opciones civiles o políticas como Profesores por la Tolerancia, CADECA, Foro Babel, Ciutadans per Catalunya, etc., la formulo en tanto que representantes de esa corriente derivada del proyecto liberal de construcción de la modernidad política ilustrada en forma de nación-Estado que aparece de la mano de las Cortes de Cádiz y la Constitución de 1812 y en cuya génesis y desarrollo han trabajado a fondo diversos autores. 

Al respecto, pienso en especial en José Álvarez Junco, a quien de paso agradezco la valoración que ha hecho de lo que he escrito sobre anticlericalismo en la España contemporánea. Le invitamos desde el ICA hace un par de años a participar en un ciclo de conferencias con motivo de la conmemoración de la Semana Trágica de Barcelona. Sobre el tema de ahora de Álvarez Junco me remito a su Mater Dolorosa. La idea de España en el siglo XIX (Taurus). Otras referencias podrían ser el libro de Inman Fox, La invención de España. Nacionalismo liberal e identidad nacional (Cátedra), o el de Fernando Wulff, Las esencias patrias. Historiografía e historia antigua en la construcción de la identidad española (siglos XVI-XX) (Crítica). Creo que lo último en esa dirección –y muy pertinente aquí– es la compilación que encabeza Carlos Taibo y que lleva por título Nacionalismo español. Esencias, memoria e instituciones (Libros de la Catarata). Conocí a Carlos en una cosa que montaba José Manuel Cabezas en Sitges. Me siento especialmente cercano a la postura, en esta y en otras cuestiones. 

Por supuesto que, como en cualquier otro nacionalismo, hay variantes que recorren el espectro ideológico de izquierda o de derecha, en función del énfasis que cada corriente asigne a las cuestiones sociales y también a los criterios que permiten reconocer a los propios y a los otros, desde posiciones más esencialistas y naturalizantes respecto a la identidad naciónal a otras de inspiración más republicana y ciudadanista. Por ubicar los puntos extremos, el nacionalismo español de ultraderecha aparecería representado por las organizaciones explícitamente franquistas u otras tipo España 2000 o Frente Nacional, mientras que el de extrema izquierda –al menos en teoría, puesto que han sido sistemáticamente acusados de nacionalbolcheviques– podría encarnarlo Unificación Comunista de España. No estoy seguro, pero me da que tambien sería el  caso del Partido Comunista Obrero Español, como lo fue en los 70 el FRAP y el PCE (m-l). Interesante fue el cambio de la "E" de casi todas las organizaciones de izquierda antifranquista, por la "C". Pienso en el MCE, que pasó a ser el MCC. Más complicado lo tuvo el PORE, que simplement dejor caer la última letra y ahora son sencillamente el Partit Obrer Revolucionari. Lo que está claro es que en aquel contexto la identificación española era común en la extrema izquierda antifranquista. Puedo aportar mi experiencia como militante de BR, que era, en efecto, la OCE, es decir la Organización Comunista "de España". La única excepción, en aquel escenario politico, era el PSUC, por lo demás abrumadoramente mayoritario. Volviendo al momento actual, representativo me parece el caso de Izquierda Hispánica (izquierdahispanica.org), un portal que interpreto cercano al pensamiento de Gustavo Bueno, que sería quien mejor encarnaría ese nacionalismo español de orientación –o al menos de origen– materialista.



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