dijous, 10 de novembre de 2011

Sobre "Umbrales. Fugas de la institución total", una compilación de Dario Malventi y Álvaro Garreaud sobre la máquina penal contemporánea


El 2009 y 2010 se leyeron en la Universitat de Barcelona dos tesis doctorales realizadas en el marco del GRECS por dos de sus miembros, Dario Malventi y Álvaro Garreaud. Sus títulos fueron, respectivamente, Curar y reisertar. Líneas de fuga en la máquina penal contemporáneacontemporánea y El gobierno terapéutico. Subjetividad, cuerpo y resistencia en la prisión contemporánea. Les agradezco de veras que confiaran en mí para codirigirlas con, también respectivamente, Patxi Lanceros y Francisco Ferrándiz. En ambos casos, se trataba de investigaciones que habían tenido como escenario la Unidad Terapeútica y Educativa de Vilabona, en Asturias. Son ellos dos quienes se han encargado de una compilación que acaba de aparecer  publicada por la Universidad Internacional de Andalucía y cuyo interés merece ser destacado. 

El título del volumen es Umbrales. Fugas de la institución total. Entre captura y vida. Al libro contribuyen textos de Álvaro y de Dario, además de otros firmados por Renato Curcio, Philippe Bourgois, Manuela Ivone P. Da Cunha, Philippe Artières, Ixiar Rozas, Willy Thayer, Claudio Ibarra, Esteban Zamora, Alessandro Dal Lago, Carlos Gomis, Cándido González, Jordi Arola, Quico Rivas, José Luis Gallero, Filipa Francisco, aufBruch, David Campos, la Asociación de Artes Plásticas Línea Paralela y Nicola Valentino.
Hago mío el texto que sigue, que está extraído de la intervención de Álvaro y Dario  hicieron en el Centro Cívico las Sirenas de Sevilla en noviembre de 2009, el contexto en que fueron presentados los materiales ahora reunidos en este libro. Esta extraido de 

En los últimos veinte años, no sólo ha crecido de manera exponencial el número de personas en estado de privación de libertad, sino que también ha aumentado el dinero dedicado a la construcción y remodelación de centros penitenciarios y psiquiátricos, se han promovido numerosas políticas que restringen la libertad de movimiento y reunión, y los centros urbanos y áreas de transporte público se han llenado de cámaras de vigilancia. En actualidad se puede decir que a un sistema penal centrado en el individuo, se le ha superpuesto un sistema de control que concibe y trata a determinados grupos sociales como potencialmente peligrosos, convirtiendo de manera "preventiva" a los sujetos que forman parte de ellos en personas sospechosas y a las que, por tanto, se debe vigilar -tener bajo control-, con independencia de lo que hayan hecho.

Para realizar sus clasificaciones y evaluaciones analíticas (a partir de las cuales se determina la tasa de riesgo de un grupo poblacional, es decir, hasta qué punto es potencialmente peligroso), las instituciones encargadas de la vigilancia y de la "higiene social y mental", utilizan los datos recopilados por organismos públicos y ONGs que trabajan con "colectivos en riesgos de exclusión", por utilizar la terminología oficial, esto es, colectivos que no encajan en el modelo productivo que promueve el neoliberalismo y a los que hay que intentar "curar y reinsertar".

En este proceso, la noción de peligrosidad se diluye en la más genérica noción de "riesgo". La primera hace referencia a una "calidad inmanente" del sujeto que sólo se puede probar una vez éste comete un delito, mientras que la segunda tiene siempre un carácter hipotético. Lo que importa ya no es tanto lo que se ha hecho como lo que se podría hacer. Y por ello hay que crear herramientas para detectar los "síntomas sociales" de futuros comportamientos delictivos. De este modo, el prejuicio se antepone al juicio y se invierte el principio jurídico de que todo el mundo es inocente hasta que se demuestre lo contrario (de la presunción de inocencia se pasa a la presunción de culpabilidad).

Las bases de nuestro actual sistema de control de la criminalidad, que entre otras cosas ha posibilitado legitimar la realización de "guerras preventivas", se pusieron a principios de los años ochenta, coincidiendo con la llegada al poder de Margaret Thatcher y Ronald Reagan. Hay que tener en cuenta que en 1981 se publicó un informe en el que ya se planteaba que en la lucha contra la criminalidad, los "falsos positivos" que pueden diagnosticar los juicios predictivos, están justificados, aunque sean injustos, pues son el precio que hay que pagar para garantizar la seguridad. Y que un año más tarde, James Q. Wilson, politólogo conservador norteamericano que fue consejero de Reagan, acuñó el concepto de "tolerancia cero" en un artículo titulado Broken Windows (en el que se plantea que el desapego y el cuestionamiento de los valores sociales genera criminalidad, por lo que una de las cosas que tiene que hacer la policía es controlar que dichos valores se asumen y no se ponen en duda).
Con la expansión del neoliberalismo se produce una metamorfosis cualitativa de las políticas penales. En nombre de la seguridad, se empiezan a aprobar medidas y leyes que restringen las libertades de los ciudadanos y con las que se intenta desactivar cualquier muestra de disidencia. El Estado social se reduce a su mínima expresión y se va transformando en un Estado policial en el que se antepone la seguridad al bienestar. En este proceso, la cárcel, como institución capaz de conjugar la retórica del castigo con la de su ejecución, juega un papel fundamental. De hecho, la cárcel es una institución central de la reproducción del sistema capitalista, pues ha funcionado (y lo sigue haciendo) como un laboratorio en el que se experimentan estrategias de control que después se aplican al resto de la sociedad.

Esta metamorfosis cualitativa de las políticas penales no surge de la nada. A finales del siglo XIX, ya se empieza a concebir al ser humano como un cuerpo que se puede manipular para gobernar. Y tras la Segunda Guerra Mundial, aparecen las primeras teorías que plantean que para garantizar el control social hay que actuar sobre el "motor social primario": la familia, la escuela, el tiempo libre... Poco a poco, el poder va comprendiendo que es la vida en su globalidad lo que tiene que gobernar (que capturar). La existencia se convierte así en "objeto político de presa, contención y normalización". Los dispositivos de gobierno se interiorizan, el poder se transforma en biopoder y se difuminan los límites que en las instituciones totales -las cárceles, las fábricas, las escuelas, los hospitales- separaban el adentro del afuera.

El objetivo de Umbrales es analizar cómo y por qué ocurre esto, qué pasa (y qué deja de pasar) cuando la vida, puesta en el centro de un diagrama de captura, deviene un campo de batalla. Todo ello siendo consciente de que en este nuevo escenario, las instituciones totales, convertidas en laboratorios de producción de vida ordenada y gobernada, emergen como puntos críticos de articulación de nuestra contemporaneidad. Son umbrales en los que, como se dice en el texto de presentación de las jornadas, se juega el límite de la reorganización de la soberanía contemporánea.

La cárcel está experimentando una profunda transformación. La prisión vuelve a jugar un papel fundamental en la constitución de soberanía, pero ya no cumple sólo funciones disciplinarias. Ha entrado en un diagrama diferente y se ha amplificado su capacidad de captura y movilización de la vida.

Debemos, por tanto, repensar el lugar que ocupan las prisiones en la sociedad contemporánea, y para ello, es importante analizar cómo su lógica se reproduce en ámbitos muy distintos, pero también tratar de perforar sus muros e intentar sacar afuera el conocimiento y la experiencia de las personas que las habitan. Hay que tener en cuenta que la prisión es donde el cuerpo se encuentra más cerca de una determinación total (de una sujeción total), pero por ello mismo también es el lugar en el que se manifiestan de forma más clara sus resistencias y fugas.

En esta reflexión crítica sobre el lugar que ocupan las prisiones en la sociedad contemporánea,  se debe partir de un análisis microfísico e investigar materializaciones concretas (moleculares) de conceptos como castigo, criminalidad, disciplina, terapia o reinserción. Asimismo, considera que hay que evitar caer en un enfoque "evolucionista" o "humanista" que, por ejemplo, disocia claramente la prisión terapéutica de la prisión disciplinar, como si sólo esta última anulara la autonomía y la identidad de las personas. La captura que hace la prisión terapéutica es mucho más totalitaria, pues sus efectos punitivos trascienden con mucho no sólo el tiempo de la pena, sino también la experiencia del encierro. Es una captura total de la vida.

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