divendres, 11 de novembre de 2011

Militancia clandestina e iniciación mística. Sobre Manuel Sacristán y los Superiores Desconocidos, en respuesta a un artículo de Salvador López Arnal.



Hace más de un año apareció publicado en la página de Rebelíón (http://www.rebelion.org/noticia.php?id=112156) un artículo de Salvador López Arnal en el que, de una forma que se antojaba airada, se respondía a una entrada en este bloc relativa a historiador Miquel Izard y un artículo que yo había escrito sobre su etapa de militante antifranquista en la clandestinidad. En aquel texto mío había una analogía entre la militancia clandestina y los procesos de iniciación en sociedades secretas y, en concreto, en el papel que jugaba el filósofo Manuel Sacristán cuando “bajaba” desde el Comité Central del PSUC para transmitir análisis políticos e instrucciones para la acción a la célula universitaria en que Izard estaba encuadrado. Mi texto completo acaba de aparecer con el título de “La vida secreta de Miquel Izard. Memorias de la clandestinidad”, en el último número de Boletin Americanista, LX/2 (2010): 63-84

Aquel apunte sobre la analogía estructural y funcional entre una organización política secreta y una secta iniciática era sólo una reflexión acerca de cómo el activismo político en condiciones de clandestinidad funcionaba como una ilustración más de las cualidades estructurantes del secreto, en la línea del famoso artículo de Georg Simmel “El secreto y las sociedades secretas” (en Sociología, Alianza). Eso era todo.
          
En cambio, la nota de Salvador López Arnal defendiendo a Manuel Sacristán de lo que ni remotamente quería ser una ataque, tenía un tono  inequívoco de desagravio frente a un inaceptable ultraje o algo parecido. Leyéndolo me doy cuenta de que el malentendido tiene que ver con lo comprometido que resulta comparar una práctica política secular –y menos si es la que uno hace propia o tiene por moralmente superior a las demás– con cualquier dominio considerado místico o afín, como si toda comparación advirtiendo de lo artificial que a veces es la diferencia entre laico y religioso, o sagrado y profano, fuera como una especie de insulto. Es un viejo problema de quienes nos dedicamos a la antropología religiosa: el de atrevernos a poner de manifiesto hasta qué punto nuestras pautas de acción y reflexión son, pensándolas bien, homologables con otras que con frecuencia lanzamos al pozo sin fondo de lo “irracional”.
           
En cualquier caso he querido esperar a que el artículo haya sido publicado para remitir a su contenido completo y para que, quien tenga interés en ello, compruebe que decir que Miquel Izard estaba integrado en una sociedad mistérica y que Manuel Sacristán era el vínculo con los “superiores desconocidos” de cualquier fraternidad soteriológica no implicaba ningún oprobio.
          
La verdad es que no se ve cómo se puede negar que toda iniciación es siempre un proceso de ascenso o adentramiento en pos de algún tipo de verdad oculta, por evocar el título de una famosa colección de cuentos de Pere Calders. De hecho, su metáfora favorita no es casual que sea la del camino o la serie de escalones, como si cada velo levantado constatase la existencia de otro velo, y así hasta llegar sin llegar nunca de hecho- el núcleo mismo del secreto, aquel que custodian las instancias inaccesibles, los grados superiores de la sociedad oculta, en este caso aquellos con los que Manuel Sacristán ponía en comunicación a los militantes de base como Izard.

Cada nivel debe esperar del superior que envíe alguien que aporte luz doctrinal y dirección práctica, que dé instrucciones sobre qué hay que pensar y qué hacer. Sin duda, la estructura y el funcionamiento de una sociedad revolucionaria que actúa en la sombra es un ejemplo impecable de esta lógica, mucho más si, como en el caso del PSUC, se asumía un orden interno basado en el centralismo democrático, según el cual los órganos inferiores se someten a los superiores. Esa gradación es también del nivel de adquisición de los saberes especiales de la asociación secreta y de ahí esa estructuración altamente jerarquizada que, basada en lo que Simmel llama «subordinación centralista», se correspondería bastante bien tanto con el centralismo democrático de la tradición izquierdista como con la sumisión a la existencia rectora de instancias de dirección invisibles y inasequibles, criptocracias de las que dependía la actividad clandestina, pero también la orientación al fin y al cabo igualmente esotérica de la actividad mundana de toda sociedad iniciática. Las instancias superiores del Partido, las que unían a la modesta célula de base con la dirección en el extranjero, funcionaban, en efecto, como auténticos niveles superpuestos que conducían a los Superiores Desconocidos, por hacer referencia no sólo a la famosa orden marteniense, sino a una figura inexcusable en toda la tradición hermética europea, prácticamente desde el rosacrucismo.

No se pierda de vista que la analogía entre militancia clandestina y compromiso iniciático arrancaría en el momento de la toma de conciencia política y social. Tanto en la concienciación política como en la iluminación religiosa encontramos idéntica vivencia emocional e intelectual de descubrimiento de la verdad, a menudo como consecuencia de algún tipo de experiencia personal especialmente reveladora o sugerente de una dimensión de la realidad normalmente oculta a los demás. Esta convicción radical al que se llega conlleva un cambio cualitativo en la percepción de los contextos y funciona como un llamamiento inapelable, casi compulsivo, al concernimiento, al compromiso y, aún más allá, a la implicación -no permanecer quieto, «hacer algo»- y también a la complicidad activa con otros con los que ha compartido esta misma respuesta a las dudas y las contradicciones que dominaban la experiencia del mundo anterior al cambio moral que ha sufrido.

Los rasgos y las etapas de los procesos de conversión religiosa se encuentran con todo detalle en los casos de militantes de organizaciones antifranquistas: existencia de un punto de inflexión en que el sujeto descubre una alternativa que mejorará de manera absoluta su vida; desarrollo de determinadas relaciones afectivas con los camaradas de partido o de la organización; reconsideración de las relaciones emocionales con las otras instancias sociales con los que se encontraba vinculado, como la familia, el trabajo, los amigos ...; interacción intensiva con los compañeros de militancia y con un mundo en general percibido de una manera radicalmente distinta hasta entonces. Igualmente, se produce un paralelismo entre la toma de conciencia revolucionaria y la decisión de consagrar su vida a la lucha, por un lado, y, por otro la conversión, entendida como una unificación de un yo que hasta entonces había sido dividido y fragmentado, proceso de adquisición de seguridad, firmeza y certeza de alguien que vive su biografía hasta ese momento como una acumulación de desorientación, dudas y errores.

Una analogía similar es la que podría establecerse entre la actividad clandestina de un partido político bajo persecución y cualquiera de las variedades del ya mencionado secretismo iniciático propio del emanantismo ilustrado, que tanto éxito tuvo entre la burguesía reformista y librepensadora del siglo XIX, en cuyo contexto aparecen Marx y Engels. El ejemplo más reconocible sería el de la francmasonería, pero tendría otras manifestaciones importantes –los citados martinistas, pero también comuneros, iluministas, carbonarios, etc. .-, para acabar poniéndose de moda bajo todo tipo de denominaciones y fraternidades neognósticas, ocultistas, hermenéuticas ..., más o menos asociables al referente teosófico, en un precipitado al que no sería ajena del todo la influencia del modelo de organización propia de los jesuitas, que en tantos sentidos y en tantas oportunidades adoptaron un funcionamiento clandestino o semiclandestino.

Me viene a la cabeza alguien sobre quien mucho y bien escribió precisamente Manuel Sacristán: Johann Wolfang von Goethe. Todavía recuerdo el impacto que para mí supuso la lectura del Goethe-Heine de Sacristán, en la edición que llegó a mis manos de Ciencia Nueva, la de 1967. Pues de hecho, el partido prohibido funciona como aquella sociedad de iniciados a los que Goethe –ese autor que tan bien conoció Sacristán– dedicó su poema inacabado Die Geheimnisse («Los secretos»), reclamando un papel central en la historia para una minoría selecta de discípulos encargados de perpetuar el mensaje sagrado. Se trata del lugar central otorgado al velo del templo, en referencia tanto a lo que el tabernáculo del desierto y el templo de Salomón separaba los profanos del lugar santísimo, como el velo del templo de Isis, al que la literatura romántica alude frecuentemente para referirse a la experiencia del camino iniciático que lleva al núcleo de elegidos a los que ha sido revelado el secreto y lo comparten.

Por supuesto, si el grupo autosegregado que ha asumido una misión que percibe como trascendental tiene que vivir como peligrosa ya escondidas, este cuadro se agudiza y se intensifica la dimensión épica y heroica. Es entonces cuando resulta más cierto que nunca que, como escribe Simmel en su mencionado texto sobre el secreto: «La máscara del hombre auténticamente distinguido consiste en que, a pesar de mostrarse sin velos, la multitud no lo comprende y, por decirlo así, no lo ve». La soledad, el aislamiento, el peligro constante dotan a la práctica del activismo político de una aureola heroica que no es otra cosa que la expresión máxima de las virtudes estructuradoras del secreto, de su calidad de instrumento al servicio de una percepción singularísima del valor de la interacción humana y los riesgos que siempre la acosan.

El militante se conduce no sólo como alguien que ha recibido un encargo trascendente, una misión de altísima responsabilidad, sino que su tarea proselitista -la necesaria expansión de ideas que tendrán que cambiar los humanos y la humanidad, la variante laica del apostolado cristiano- funciona como una dinámica de transmisión de un conocimiento soteriológico, que no puede ser revelado a cualquiera, ni en cualquier circunstancia. Este traspaso de saber y cada una de las consignas en que se concreta la difusión a otros iniciados y al resto de los mortales, aunque prisioneros de su inopia, implican la posibilidad de entender cómo es el mundo, pero también como son y que son realmente los elegidos como depositarios y transmisores de los misterios. El secreto compartido, la revelación de un código oculto que descubre la intrínseca realidad de la realidad, es también el núcleo de la auténtica naturaleza de cada uno. Es por eso que funciona como un vínculo inviolable -o violable sólo bajo severos castigos de los suyos y los enemigos- que iguala: de ahí la importancia que tiene el juramento en toda sociedad iniciática como promesa sagrada de lealtad a los demás miembros de la asociación y la asociación misma y lo que representa.

Eso es lo que quería decir y continuó sin ver qué puede haber de ofensivo para la figura intelectual, políticamente implicada, ni de Manuel Sacristán, ni de Miquel Izard, ni de nadie.

Otra cosa, y con eso acabo, es el comentario que me dedica López Arnal diciendo que tiene “dudas sobre si Delgado se hace idea de lo que es militar en un colectivo político clandestino que aspire verazmente a transformar una situación política dura, ni en su elogio desmedido del espontaneísmo político”. De lo último, desde luego a los amigos que conocen mis constantes críticas al movimientismo y mis invocaciones a favor del encuadramiento político y la disciplina el comentario les parecerá cuanto menos gracioso. Y en cuanto a lo que no sé qué es militar en un colectivo político clandestino... En fin, nada, que también tiene su gracia. Pero es verdad que Manuel Sacristán supo mejor que yo no tanto qué es militar en una organización clandestina, como cómo conseguirlo sin que te pillen. Lo cierto es que como militante clandestino fui bastante desastroso. Fui un puto militante de base del mismo partido que Sacristán –el PSUC– al que le tocaron varios pases por comisaria –el último hace poco, por cierto–, alguna paliza policial bajo detención, una multa gubernativa, un despido laboral después de una huelga, un procesamiento por el TOP y otro ante un tribunal militar. Está claro que Manuel Sacristán fue mejor militante secreto que yo, como lo prueba el que a él, que yo sepa y a diferencia de otros como yo, nunca le detuvo la policía


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