dissabte, 24 de setembre de 2011

Un texto para los últimos días de la fiesta de los toros en Barcelona, en recuerdo de Dan Harlap y Ana Cortina y la revista "Taurología". "El toreo como arte o cómo se desactiva un rito", aparecido en su número 1 (otoño 1989)


He pensado que la última corrida de toros en Barcelona podía ser una buena ocasión para recuperar un artículo que publiqué en 1989, en el número 1 la revista Taurología (pp. 32-38). Aquella fue una publicación realmente notable que sacó varios números y que reunió textos muy interesantes, algunos de firmas importantes. Se debió al esfuerzo personal de Dan Harlap y Adela Cortina, a los que envío un abrazo estén donde estén ahora.
La fotografía de la entrada es de la Casa dels Braus, un edificio muy interesante de Antoni de Moragas, en el techo de cuyos balcones se instalaron plastificadas fotografías taurinas de Francesc Català-Roca. Tanto la casa, como el diseño interior, como las mismas fotografías son de un gran valor y merecen ser conocidas. Están en la Gran Via, 798-814, delante de la Monumental. La fotografia está obtenida de la edición digital de El País del 21/8/2010 y es de Joan Sánchez.
En cuanto el final de la fiesta de los toros en Catalunya… Está claro que nunca más será lo que fue: parte de la cultura popular urbanas y de la clase obrera barcelonesa. Por mi casi mejor que desaparezca así, traumáticamente, antes de agonizar siendo lo que es ahora: un espectáculo cuyo público lo componen sobre todo turistas, pijeria facha y snobs.
Por cierto, en la puerta de la Monumental, esta tarde, había gente del PP repartiendo propaganda de su defensa de los toros y también de Plataforma per Catalunya, repartiendo panfletos contra la eventual instalación de una mezquita en la plaza. El lema: "Nos quitan los toros..., para traernos los moros". Sin comentarios.


EL TOREO COMO ARTE, O COMO SE DESACTIVA UN RITO
Manuel Delgado

Hará un par de años me dirigí a Carmen Llorca, en aquel momento una de las representantes españolas en la comisión del Parlamento Europeo que debía pronunciarse sobre las corridas de toros, con el fin de conocer cuál iba a ser su postura en relación con la polémica. Muy atentamente, la Sra. Llorca me contestó tranquilizándome acerca de su posición a la hora de defender la Fiesta de los Toros, cuyos valores “artisticos” la hacían merecedora del respeto y la admiración de todos los europeos. En cambio, me matizaba con gran severidad, que no iba a ser lo mismo por lo que hacía a las “salvajes” fiestas tradicionales que se celebraban en algunos “pueblos”españoles y que básicamente consistían en “martirizar” públicamente a los animales, “sin que estuvieran dichas fiestas sometidas a normativas de ningún tipo”. En este último caso, la actitud a mantener no podría ser sino de denuncia, en orden a su supresión definitiva.

Este tipo de desgloses conceptuales entre la llmada -con razón o sin ella- Fiesta Nacional y los festejos populares centrados en la manipulación ritual de bóvidos aparecieron de forma tanto más clarificadora con motivo de la pavorosamente ridícula Ley 3/1988 del parlamento autonómico catalán.

A este respecto, puedo ofrecer una experiencia personal bien significativa. A principios del mes de mayo de 1988, poco despuès de que fuera aprobada la ley, la Federación de Entidades Taurinas de Cataluña me invitó, como representante de las instancias académicas interesadas en el asunto, a asistir a una entrevista con el Presiente de la Generalitat Jordi Pujol. El Sr. Pujol nos recibió muy cordialmente y pareción interesarse vivamente por la suerte que, en un sentido negativo, parecía destinarse a las corridas de toros en el país.  Prometió, incluso, además de asistir a un festejo en cuanto le fuera posible, hacer gestiones para aliviar los efectos de la nueva norma, entre otros el cierre de la plaza portátil de L’Hospitalet de Llobregat. De proto, cuando yo me atrevì a recordarle que ya había presidido cuanto menos una corrida, en particular el 11 de septiembre de 1983 en la plaza también portátil de Cardona, rápidamente objetó que aquello no era una corrida sino un correbou, una fiesta en la que -recuerdo textualmente- “se hacía sufrir mucho a la bestia”. Destapaod el tema del mucho mayor agravio que la ley sometía a las fiestas populares con toros, todos estuvieron de acuerdo -tanto el Presidente como los representantes de las peñas- en que éstas nada tenían que ver con la Fiesta y que eran una vergüenza con la que no estaría de más hacer tabla rasa.

El caso es que toda esta polèmica a diferentes bandas en la que se intenta dilucidar la homologabilidad de las fiestas con toros en el orden monocultural europeo, se establece una clara división entre una de sus modalidades, la Fiesta de los Toros comercial, y el resto, esto es “vaquillas”, “capeas”, “encierros”, etc. El argumento principal, que tampoco estuvo ausente en los cargos que Jordi Pujol me formulaba conra los bous, es que la tauromaquia que se da en las plazas es un “arte”, dotado de belleza y de valores estéticos y lo que ocurre en los pueblos es una verdadera mamarrachada, propia de ciudadanos poco “modernizados” y con instintos más bien “sádicos”.

Ni que decir tiene que esta compartimentación y sus razones no tienen nada de nuevo. La mayor parte de aficionados a las corridas que he conocido, sobre todo si pertenecen a los sectores “cultivados” de la afición taurina, me han explicitado siempre su desprecio hacia lo que consideraban una forma a-estética, tosca y arcaizante de tauromaquia.

Esto ha tenido su plasmación en que los buenos aficionados al “verdadero roreo” hayan, en no pocas oportunidades, contribuído a la secular cruzada que los poderes políticos y religiosos hegemónicos han dirigido contra las formas, como decía la Sra. Llorca, “no normatizadas” de tauromaquia. No hay que olvidar aquí que el franquismo, que tan poco escrúpolo tuvo en parasitar descaradamente la fiesta de los toros, hasta hacer de ella uno de sus símbolos, se encargó de certificar su voluntad persecutoria a través de normas como la Circular 32/1963, firmada por Manuel Fraga, en la que se prohibían todas las fiestas con toros, al margen de la corrida. Antes de la mencionada ley, hubo otros intentos por parte del régimen del general Franco de acabar con las fiestas taurinas populares. Esefue el caso de las fiestas de la Madre de Dios o de San Juan, que, al intentarse su prohibición en 1953, dieron lugar a los mayores disturbios que ha conocido en las últimas décadas la ciudad de Soria. En aquella oportunidad, fueron las autoridades franquistas las que plantearon la dicotomìaq a la que aludía antes y formularon la corrida como alternativa al “mal gusto” de las celebraciones convencionales.  

Aún màs esclarecedor resulta el comentario que nada màs y nada menos que el propio Cossío le dedica a la ley Maura de 1931, también contra los festejos populares, en Los toros:”Es preciso declarar que la intención de tales órdenes estaba perfectamente encaminada. En efecto, las capeas presentan en su estado más primitivo y repelente todos los elementos de crueldad, riesgo y frenesí de las corridas de toros, sin valor apenas que compense su desnudez, salvo esu casticismo pintoresco (...). Cuanto expediente ha podido inventar el ingenio más cruel para atormentar a las reses son puestos en práctica por las capeas. Cuantos riesgos supone la malicia de los toros, poderosos y picardeados, y la inepcia y desconocimiento de toda técnica de los que lidian, tienen en ella lugar. La reacción ante el riesto y la sangre de multitudes no habituadas al espectáculo taurino, especialmente mujeres, tiene carácter verdaderamente histérico. La estadística de desgracias ha sido en algunos años aterradora”.

Pero, a pesar de la aparente unanimidad a la hora de dar como buena una división de los ritos taurinos en función de criterios basados en la existencia o no de “norma” o “estética”, cabe desconfiar muy seriamente no sólo de su pertinencia en orden a clarificar el sentido de ese enigmático paisaje cultural que son las taurolatrías, sino en orden a pensar, en que la concepción a la que obedece sea inocente. Ha lugar a preguntarse, y aquí se intentará introducir los principios de una respuesta, en qué dirección se produce y con qué fines la invención de la tauromaquia como presunto “arte”, precisamente para designar una formalización ritual cuyo único destino sea, precisamente por tal tipificación, el de resultar estetizante, es decir, el de generar belleza. No hay que olvidar, en ese sentido, que la aplicación del valor “arte” implica asimilar la tauromaquia a una entidad productora de formas cuya característica fundamental es la de no ser funcionales y carecer de una operatividad que no sea estríctamente la que pueda producirse, en el ámbito de las emociones individuales, como consecuencia de la percepción fenomenal de lo que el gusto dominante categorice como “hermoso”.



En los dominios del rito


La tauromaquia ha suscitado esencialmente dos tipos distintos de atenciones.De una parte, las provenientes de la clase artístico-intelectual, que han provisto a la fiesta de toros comercial de interpretaciones por lo general de tipo especulativo, centradas ya sea en sus valores plásticos, a sea en su calidad de fuente de materiales literarios. De este origen son también las exégesis de base zarquetipológica, de inspiración vagamente psicoanalista jungniana y de sustrato esencialista. El màs excelso cultivador de esa línea, llamémosla cavernosa, ha sido Sánchez-Dragó, aunque el uso mñas bien alegre de las teorìas de ensayistas con tanta imaginación como Bataille, Girard, etc., mezclado de las formas m-as pirotécnica con refritos en los que aparecen Freud, Bachelard, Bachofen o Unamuno, es habitual en estas interpretaciones. Ni qué decir tiene que es indisimulado su desinterés, con alguna excepción, acia las expresiones no convencionalizadas del toreo, por supuesto desbastadas producciones de la brutalidad de los rústicos.

La otra óptica que ha aplicado su capacidad de leer en el universo del toro ha sido la de las ciencias humanas y sociales. En ese ámbito era previsible que la contribución principal corriera a cargo de los antropólogos, por encima de historiadores, psicólogos y sociólogos, por la simple razón de que la cuetión se plantea en un ámbito de su jurisdicción científica: el del rito.


Por descontado, para el etnólogo, de lo que se trata es de una sacralización de un determinando objeto con valores simbólicos intensos y con un status de significación social y psicológico elevadísimo en la cultura : el toro. Este se aconstituye en lo que los antropólogos, desde Radcliffe-Brown, llamaríamos un símbolo dominante, esto es, una entidad referencial a la que no resultarían aplicables las categorías del tiempo histórico y que vemos aparecer en puntos diversos del sistema de representación culturalmente compartido, con un papel en la construcción del sentido que se puede prever idéntico, o cuanto menos comparable.


Esto significa que se detecta que el toro es un animal sagrado, y cuando digo sagrado lo hago en el sentido durkheimniano de separado, especial... Decir que el toro es sagrado en las culturas ibéricas significa, no únicamente que su uso aparece sistemáticamente asociado a la práctica del catolicismo y con frecuencia dependiendo del culto mariano, sino, en un sentido más amplio, que su irrupción en la vida social no puede producirse de cualquier modo y que, por contra, la colectividad sólo parece poder relacionarse con él en términos rituales.

Así pues, decir toro en España es decir rito, puesto que el toro bravo, o sus sucedáneos, existe y es mantenido como especie exclusivamente con fines rituales. Decir que el lugar del toro es el rito vale por decir que su tratamiento por parte de la comunidad social sólo puede producirse en el marco de actos o secuencias de actos simbólicos, altamente pautados, repetitivos en concordancia con ciertas circustancias, en este caso vinculadas a la religiosidad católica tradicional, en relación con las cuales tiene carácter obligatorio, y de cuya ejecución se derivan consecuencias que, total o parcialmente, son también de orden simbólico.


Si concretamos más la tipificación tendremos que de lo que estamos hablando es un típico caso de rito sacrificial. Los toros son, en efecto, un sacrificio, esto es, una actuación ritual basada en la destrucción de un objeto vivo o susceptible de contener o representar la vida. La liturgia taurina implica un conjunto de protocolos que son siempre de violencia ritual, en los que se agrede ceremonialmente a una entidad viva socialmente sacralizada, lo que equivale a decir divinizada. Es decir, ante lo que nos encontramos es ante una variante más de esa reiteración cultural que es el tema del dios asesinado, tan obsesivamente constelada por doquier en los sistemas religiosos del área mediterránea y tan omnipresente en el repertorio ritual de las sociedades católicamente orientadas.


Lo estético o la desactivación del rito.


Por descontado que, desde una perspectiva analítica tal, el desglose entre las diversas modalidades de ritualización de la muerte del toro es improcedente, a no ser que se formule a la manera en que lo ha hecho recientemente Enrique Gil Calvo en su Función de toros (Espasa-Calpe), es decir,  de acuerdo con criterios de orden histórico o funcional, en los que no se cuestiona que las raíces de los dispositivos sociales y psicológicos en que el toro ocupa un lugar preferente son homogeneizables, tanto mofológica como semánticamente, para todas las variantes de su manipulación cultural. De hecho,  interpretaciones antropológicas de la fiesta de los toros convencional como las propuestas por Pitt-Rivers o la mía propia en De la muerte de un dios (Península), partían de la interseccionabilidad de las distintas expresiones tauromáquicas, así como de la dependencia de la formalización más reciente -la corrida comercial- con respecto a rituales tradicionales precedentes, con lo que, todo sea dicho, no hacíamos sino elaborar las intuiciones interpretativas de Alvarez de Miranda en su Ritos y juegos del toro (Espasa-Calpe), acerca del toro-nupcial.

Lo que, en cualquier caso, resultaría del todo inaceptable es una división que primara la corrida convencional resultante de la Ilustración, y aún mucho menos que lo hiciera en nombre de categorías “artísticas”. Un antropólogo no puede ignorar que el valor “arte” es absolutamente histórico y que apenas serviría para designar con precisión algo que no fuera convenciones exclusivas de la cultura occidental en los últimos siglos. La manía estetizante de la modernidad ha hecho por doquier estragos, y ha afectado estratégicamente una zona del sistema de ritualización centrado en el toro cual es la llamada Fiesta de los Toros, artificialmente segregada así de las fiestas de toros, en plural y con minúsculas.

Podría tratarse tan sólo de un tic elitizante, pero la conceptualización de la corrida comercial, la única variante tauromáquica bajo control directo del Estado, en tanto que manifestación “artística” tiene implicaciones más profundas, que tienen no poco que ver con los constantes e ininterrumpidos intentos por aniquilar, o cuanto menos neutralizar, una expresión poderosísima de la práctica social del poder.       

Porque no hay que olvidar que hablar del ritual es hablar de poder. Cuando un antropólogo se sitúa ante un rito con voluntad explicativa, podrá sentirse más o menos desconcertado ante fórmulas ceremoniales que pueden escapársele en cuanto a lo que vale y significa su contenido y la lógica de su organización interna, pero lo que no se le ocurrirá nunca pensar es quesu existencia se sostiene por su “belleza”.Que la justificación de un rito sea de orden estético resulta inconcebilbe para quienes saben que la clave de lo social no puede estar sino en lo social, y ello es especialmente aplicable en el caso de lo ritual, el lugar donde la sociedad expresa con toda la vehemencia de que es capaz los términos en que cohesiona y somete a sus componente individuales. El poder del rito es así, básicamente, el poder de lo social.

Tras de un rito siempre se encuentra, no los traumas sexuales de la infancia de nadie, ni arcñanicos misterios heredades de ignotos y remotos pasados, ni éxtasis de creador alguno, sino un lenguaje, que, precisamente por ser lenguaje, es siempre social, un sistema de comunicación que sirve para transmitir y presentar como inconmovible una determinada legislación social, un orden del mundo, asñi como los gestos corales que la colectividad debe realizar para prevenir y vencer las amenazas del caos.

Decir que el rito de los toros, y en particular la corrida, es un “arte” es decir que existe de acuerdo a una brumosa necesidad de “irracionalidad” de “magia” ( ?), de “poesía”( ?), de “exigencia insaciable de formas bellas...”, etc. Decir que la muerte de toros en público, bajo la presencia hegemónica de la comunidad, sólo es legítima, dentro de su sinsentido, en el caso de la Fiesta Nacional, responde no sólo a una inexactitud técnica, cual es la de no reconocer que todas las fiestas con toros pertenecen a un mismo campo semántico, sino ante todo al interés por desactivar la razón que los ha venido justificando acaso desde hace milenios ante quienes los protagonizaban a años luz de la “sensibilidad” de nuestros artistas e intelectuales.

En las fiestas de toros, en todas, lo que hay es una modalidad de acción social y la manifestación de una concreta ideología cultural. Es esa acción social y esa ideología cultural la que el poder político y religioso han acosado permanentemente. Primero, intentando acabar con los ritos de violencia pública en los que esta forma de organizar lo real impartía sus instrucciones. Luego, ante la resistencia opuesta por el sistema a esa lobotomía que significaba la amputación de una parte de sus mecanismos de representación, iniciando un proceso de domesticación que culminaría en la invención de la Fiesta Nacional,  artilugio ritual mediante el que se intentó que las gentes ordinarias abandonaran el ejercicio público de la inmolación de toros en plazas y calles, y, por fin, se sentaran y se callaran, para ser testimonios hasta donde fuera posible pasivos, de un “espectáculo” de pretensiones “artísticas”.


La puesta bajo el control directo de la policía de una modalidad “normativizada” de rito taurino -las demás lo son también, precisamente porque son ritos, aunque no dependa de los Ministerios de Gobernación o Interior- no podía darse si no era acompañándola de una coartada ideológica. Ese fue el apel de los primeros teóricos reglamentadores que, naturalmente empleando ese lenguaje del poder burocrático que es la escritura, dejaron bien claro, a la manera como lo ha señalado González Troyano, que el toreo era un “arte” y no otra cosa.
     
Los ritos sirven para que los pueblos estructuren su convivencia y para que en ellos depositen su forma de ser, su identidad y los códigos secretos que rige las relaciones en su seno. El arte sirve para el placer estético de quien lo contempla. Cuando una cultura someta a otra, permite que sobreviva su arte, a lo que nosotros llmaríamos tal, pero lo primero que cuida es de la destrucción de sus ritos, sin los que aquella cultura automáticamente deja de existir.


El peligro que amenaza el universo simbólico del toro no es principalmente el de quienes quieren suprimirlo, sino el de quienes quieren convencernos de que el toreo es un “arte”, y sólo por serlo merece sobrevivir. Secuestrado su sentido social, aceptable por inofensivo juego de belleza, la corrida convencional, la única que les merece el indulto, gozará de la vida cuando ya haga quién sabe cuanto que el mundo de que hablaba y que por ella hablaba haya sido suprimido.



Canals de vídeo

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