dimecres, 14 de setembre de 2011

Respuesta a un comentarista anónimo a propósito de la noción de "cultureta"

Para los antropólogos resulta ciertamente comprometido hablar de cultura. Para nosotros el término en cuestión es la categoría operacional en torno a la que vertebran sus explicaciones. Esta noción de cultura –que impregna también un buen número de trabajos historiográficos– puede inspirarse ya sea en una fuente ilustrada –la cultura como elemento distintivo del ser humano con respecto de la naturaleza–, ya sea adoptando el referente romántico-idealista –la cultura como configuración idiosincrática singular y coherente que da personalidad a un grupo humano. A partir de ahí, los antropólogos e historiadores al hablar de cultura, y en función de la estrategia a la que estén adscritos, pueden aludir al universo ideacional de las pautas y los valores que singularizan a un grupo humano, al conjunto de las tecnologías materiales e ideológicas de que una sociedad se dota, a una instancia social compleja que se supone autónoma o, en general, a la capacidad simbolizadora humana. En sociología, y desde perspectivas marxistas –Raymond Williams, Thompson, Willis–, se ha constituido en las últimas dos décadas una especialización en estudios culturales, interesados en los procesos de producción de cultura de las clases subalternas en las sociedades urbano-industriales. Si me preguntas, mi definición tendría que ver más con la mayoritaria en la antropología social europea, que es, grosso modo, la de la cultura como la forma que adoptan las relaciones sociales.

De espaldas a todas esas concepciones holísticas de cultura empleadas desde las ciencias sociales, el uso convencional del término cultura es muy distinto. La idea más frecuentada de cultura se dirige más bien a un campo difuso, pero supuestamente exento, en el que se integran de manera poco clarificada toda una retahíla de producciones para las que se consensua una puesta en valor especial. En realidad este concepto estandarizado de cultura se conforma y actúa a la manera de lo que los antropólogos entienden por sistema cultural, es decir un sistema de significados compartidos, expresados en un orden de representaciones y comunicables por medio se símbolos. En él se verían integradas personas, actividades y productos que reciben su homologación en tanto que materia cultural a partir de juicios emanados por una casta especial constituida por personas consideradas autorizadas o entendidas. Además, el espacio de «lo cultural» genera últimamente no sólo discurso a propósito suyo, sino actuaciones públicas o privadas de calado a las que se alude como política, iniciativa, financiación, gestión, promoción «cultural», que centran a su vez la actividad de departamentos, concejalías, ministerios, asociaciones, direcciones generales... «de Cultura», o de industrias, agentes, gestores, empresas, servicios, consumos, sectores... igualmente «culturales», que se desarrollan en tiempos o espacios que se presentan como equipamientos, instalaciones, festivales, mercados, plataformas, territorios... no menos «culturales».

En ninguna de estas instancias o actividades concretas que se anuncian como «culturales» se insinúa intento alguno por establecer qué significa la palabra cultura y, cuando se intenta, las definiciones propiciadas son de una vaguedad absoluta. En la práctica, lo que es incorpora a este territorio presumido como segregable puede inventariarse a partir de los temas a los que se refieren las revistas especializadas llamadas «culturales», o las secciones o suplementos «de cultura» de la prensa periódica : libros, artes plásticas, pensamiento, música clásica, teatro, cine de autor, danza, patrimonio histórico, arquitectura, museos. Esta idea se corresponde bastante bien con la de «cultura de élites», que a partir de ahora designaremos como Cultura, con mayúsculas, para distinguirla de otras expresiones culturales de amplia aceptación por parte del público en general, y que suelen agruparse bajo el capítulo también poco claro de «cultura de masas», cuyas manifestaciones más despreciables serían lo kitsh, lo hortera, lo cursi, lo snob, etc.

Tal contraste se podría asociar a una a tipología ya consagrada, que viene sirviendo para clasificar a las personas en función de sus gustos: highbrow («cejas altas»), middlebrow («cejas medias» y lowbrow («cejas bajas»). La Cultura se identificaría con los gustos de la gente higbrow, y se opondría, siguiendo ahora otra no menos citada tipología a la masscult o cultura vulgar –producciones superficiales, pobres formal y simbólicamente–, pero no menos a la midcult, formada por productos pseudocultos, pretenciosos, afectados, que cautivan a la pequeña burguesía y a los intelectuales postizos, En catalán y castellano existe ese término específico que sería el equivalente para la midcult : cultureta, es decir «culturita», un diminutivo que indica no tanto trivialización de la Cultura sino más bien mezquinización, empequeñecimiento. Se corresponde al tipo de pseudoerudición de la gente que tiene un conocimiento enciclopédico o temático superficial, que se las da de entendido en cualquier tema a partir de un saber adquirido a través de los medios de comunicación o de trabajos divulgativos de baja calidad, que permiten lo justo para “dar el pego”. Entre los que amamos el cine se localiza siempre la gente de la cultureta cinematográfica en que proclaman constantemente su desprecio por el cine género, al tiempo que hacen el elogio de un cierto cine de ínfulas supuestamente intelectuales. Por ejemplo, desprecian a Spielberg y afirman admirar a Von Trier. Otro ejemplo que me viene a la cabeza es la cultureta new age que quienes impartimos antropología religiosa tenemos que padecer. La foto de la entrada es de Alejandro Jodorowsky cuya productos son de una pretenciosidad inmensa, sin la grandeza de lo sublime ni de lo cutre. Aunque reconozco que a veces se me antoja tan petulante y tan de pacotilla que soy capaz de encontrale algún mérito, de pura exageración. En resumen, la cultureta sería el quiero y no puedo de la Cultura y sus producciones obras que no son buenas, pero tampoco tienen la dignidad de lo peor.

Por lo demás es interesante reconocer cuáles son las producciones por lo general indignas de ser incluidas en el «Cultura», y que la cultureta suele menospreciar: la música ligera comercial, el teatro para el gran público, los deportes, el cine comercial, los best-sellers editoriales, las producciones destinadas a ser difundidas por radio o televisión, etc.: creaciones que son consideradas desde los centros de homologación de lo que es y no es cultural como frívolas, y por tanto netamente inferiores. Otras elaboraciones culturales, como el cine clásico de Hollywood, la fotografía, ciertos grupos de rock o cantautores, los comics, el circo, el music-hall, entre otras, reciben un estatuto ambiguo o fluctuante. A todo ello habría que añadirle aquellas expresiones culturales atribuidas en origen a las «clases populares», al «pueblo» o, en una clave más marxista, a las «clases dominadas» o «subalternas» que, según los expertos, ilustran la auténtica verdad de la gente, aquello que no ha sido contaminado ni pervertido por la alienación de la cultura de masas o por el imperialismo cultural norteamericano. Se trata de lo que ha sido etiquetado como «cultura popular y tradicional» y que no es sino lo que hasta ahora había recibido el nombre de folklore, que, a pesar de su humilde procedencia, aparece asiduamente catalogándose como Cultura. Este diagnóstico sobre la diginidad de las «obras de cultura» suele remitir al grado de especulación formal presente en ellas, aunque no por fuerza. Ni que decir tiene que existe un considerable terreno intermedio entre lo que entendemos por Cultura y lo que entendemos por cultura, y también que la compartimentación entre tales ámbitos es lábil, de manera que podemos contemplar como los objetos de un extrato pasan a veces al contiguo y ven aumentar o disminuir su cotización en función del sentido en que se produce el traspaso. Una maquinilla de afeitar expuesta en una exposición sobre diseño en un gran centro cultural es alta cultura; un aria de Verdi interpretada en un estadio de fútbol es cultura de masas. La súbita, casi milagrosa, dignificación cultural de un producto puede venir dada tan solo por su ubicación. Así, por ponerte un ejemplo, en el otoño de 1999 coincidieron tres acontecimientos que ilustran a la perfección ese fenómeno: la exposición de motos en el Guggenheim de Bilbao, la de diseño y música discotequeros en el Centro Gallego de Arte de Santiago de Compostela y la celebración del Campeonato de Catalunya de Boxeo en la sala Metrònom de Barcelona.

Este tema aparece como central en un clásico de Passeron y Grigon, Lo culto y lo popular (La Piqueta). Hay un par de libros que están muy bien al respecto y de los que no sé si habrá versión en español, aunque es probable. Son los Jordi Busquet, El sublim i el vulgar. Els intel.lectuals i la “cultura de masses” (Proa)  y Els escenaris de la cultura (Trípodos). Mira de buscarlos. Te los recomiendo.


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