diumenge, 25 de setembre de 2011

Breve reflexión a propósito del fin de la Fiesta en Catalunya y las leyes que dicen proteger a los toros, cuando lo que hacen es proteger al espectador

La fiesta de los toros fue para mí siempre un enigma cultural que traté, no sé si acertadamente, en lo que fue mi tesis de licenciatura, De la muerte de un dios. La fiesta de los toros en el universo simbólico de la cultura popular (Península, 1986).  Fue ese intriga la que me convirtió en alumno de Julian Pitt-Rivers en la Sorbona y la base de mi amistad con especialistas como Frédèric Saumade, Garry Marvin, Ginés Serrán Pagán… Guardo un gran recuerdo de las aventuras que supusieron organizar aquel seminario en la Menéndez y Pelayo con Mariano de la Cruz en el 85 y luego los dos Simposi sobre Bous i Tauromàquies de Catalunya que, con el apoyo del Departament de Cultura de la Generalitat, primero en Cardona en 1988 y luego en Olot al año siguiente, en que reunimos a estudiosos del asunto de un gran nivel intelectual: Néstor Luján, Ramón Triadó, Ricard Salvat, Alberto Cardín…

También la etapa de la revista Taurología, la discusión en sus páginas con Enrique Gil Calvo a propósito de si la fiesta de los toros eran católicos o protestantes. Sin olvidar la lucha contra la ley 3/87, que prohibió los corre-bous cruentos en las comarcas de l’Ebre i las de Ponent, però también en otra de la lo que algunos todavía llaman “la Catalunya catalana”, como la Garrotxa, el Bagès o la Selva. Era un momento en que había corre-bous en Barcelona capital, en la Taxonera, en el Raval, en Vallvidrera, y hasta en mi barrio, en Fort Pienc. No fui nunca propiamente un aficionado –pero si un “interesado”–, lo que me llevó a la Monumental a ver sobre todo las corridas de Paco Ojeda. Recordaré siempre en particular la despedida de los ruedos de aquel gran torero catalán que fue Jaquim Bernadó, “El noi de la Riereta”, en concreto ayer hizo 28 años, el 24 de septiembre de 1983. La fotografía de la entrada es suya y la he tomado de la página http://www.vadebraus.com/El año 1991 la Associació de Penyes Taurines de Catalunya me hacía gala de la medalla al mérito taurino de la temporada.

Es curioso, pero con todo ese bagaje, contemplo la polémica en torno al fin de la Fiesta en Catalunya con una distancia absoluta y sin ningún ánimo de participar en ella. Por supuesto que ni en broma aparecer apoyando una causa por la que tanto quise hacer hace años, que es la de la tradición taurina catalana, de una fiesta que formó parte de la cultura obrera y urbana de Barcelona durante décadas. Hoy, la defensa de los toros en Catalunya está en manos casi exclusivas de la extrema derecha y el ultranaiconalismo español, es decir del Partido Popular y de Ciutadans per Catalunya.

Con todo, en algún lugar debería expresar el asco que me merecen las posturas presuntamente “animalistas”. No sé cómo se puede negar que el descrédito de los toros por parte de los partidos nacionalistas, aunque no lo expliciten, se fundamenta en la convicción de que esa fiesta es propia de “pueblos incivilizados”, lo que ya de por si es un argumento racista, en tanto supone que en algún lugar del mundo existen pueblos que no son civilizados. Pero es que, además, debemos estar a la altura de lo que, aunque no se confiese, siempre es la certeza de que nosotros, los catalanes, estamos un escalón evolutivo por encima del resto de pueblos ibéricos, se quiera o no todavía distantes del nuestro más elevado grado de cultura. Los toros, en efecto, es una fiesta bárbara, salvaje, propia acaso de los españoles, pero no de nosotros, que tenemos la grave responsabilidad de estar a la altura de nuestra propia superioridad civilizatoria.

En cuanto a Iniciativa per Catalunya está en su línea de pusilanimidad y buenrollismo pequeñoburgués, afectado, postizo…, fofo. 

Esa es la clave: somos una cultura superior y nadie se puede imaginar lo que cuesta ser modesto cuando uno es el mejor. Que gracia. Debería sonrojar escuchar a Pilar Rahola hacer su defensa de los animales, ella, entusiasta defensora de las brutales agresiones del ejército israelí contra la población civil palestina. Y Jesús Mosterin… Cómo conmueve su elogio al modelo civilizatorio británico, a cuyo imperio la humanidad tanto bienestar y conford le debe.

¡Que paradoja! La abominación de la fiesta de los toros se lleva a cabo en nombre un progreso que conduce a una civilización, la nuestra, que ha prohibido los toros, pero que es directa responsable de la destrucción de decenas de especies animales y su hábitat natural y que suprime la muerte ritual de animales, al tiempo que practica sistemáticamente su sacrificio industrial y en masa.

He ahí, en eso último, la clave. La prohibición en toda Europa de la muerte pública de las bestias, que llevó a prohibir, a lo largo del XIX y hasta ahora mismo, infinidad de fiestas populares centradas en el muerte de animales –y que en Catalunya tiene expresiones que no se recuerdan estos días: la de la prohibición desde 1987 de la matança del porc o de los corderos por parte de la comunidad islámica–, no respondió a la voluntad de proteger a los animales. Los toros, los corderos y los cerdos continuaron y continuarán muriendo de forma atroz y sórdida en los mataderos. Lo que se hizo fue contribuir por esa vía a lo que ya estaba siendo una creciente clandestinización de la muerte animal, es decir el escamoteamiento del origen de la carne que se consume. Lo que escandalizaba y vuelve a escandalizar ahora no es que un animal padezca, sufra y muera de manera terrible, sino QUE SE VEA. Es la apoteosis del principio hipócrita por excelencia: “Ojos que no ven, corazón que no siente”.

En una palabra, la gloriosa ley que aprobó el Parlament de Catalunya prohibiendo los toros parecía concebida para proteger a unos animales de un tormento que continuarán sufriendo, mucho más tiernos y jóvenes además. A quien se protegía era a usted y a mí de ver que es de cadáveres de los que nos alimentamos. Ese toro que ya no verá morir será, a partir de oro, ese ternero embasado que recogerá del refrigerador del supermercado. Comerá, como hasta ahora, carne sin ojos.


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