dissabte, 13 d’agost de 2011

El retorno de las chusmas


Entre las tonterías y distorsiones que se han desplegado estos días desde la máquina de banalización mediática sobre los disturbios en varias ciudades inglesas hay algunas que me gustaría destacar.

La primera tiene que ver con las “reflexiones” que varios tertulianos y articulistas súbitamente devenidos especialsitas en el tema han propiciado preguntándose cómo eran posible que pasaran hechos así, cuando lo pertinente era preguntarse cómo se entiende que no pasen más, en más sitios y más frecuentemente. Pero es que, además, no he escuchado ni una sola vez aludir a que, con todo, estas explosiones de odio social han venido siendo relativamente recurrentes en la historia reciente de las ciudades del llamado capitalismo avanzado. En este caso, el problema de los medios y de sus todólogos es que ni siquiera se toman la molestia de documentarse. No recuerdo que ni siquiera que se hiciese referencia al referente que fue, al respeto –y con ciertas diferencias notables con los acontecimientos en Inglaterra, pero con analogías no menos destacadas–, los disturbios en Los Angeles en 1992, como consecuencia de la absolución de los policías que apalizaron a Rodney King, que, a su vez, fueron copia de otros enfrentamientos parecidos como los de Miami, en el barrio negro de Liberty City, en 1980, o en el distrito hispano Wynwood, en diciembre de 1990, o el también hispano de Mount Pleasant, en Washington, en mayo del 1991.

En Europa, tres cuartos de lo mismo: Leipzig, noviembre de 1990 o Hannover, en agosto de 1994; en Bruselas, en mayo de 1991, y en el barrio del General Eisenhower, en Amberes, en octubre de 2002. Y no se olvide el caso de la “intifada” del Besós, en Barcelona, en 1990.  En Francia, esa conflictivización violenta ha devenido crónica y son cíclicos los motines urbanos, algunos de gran virulencia, en una tradición que arrancaría acaso en el motín de Vaulx-en-Velin, un suburbio de Lyon, en 1979 y que iría repitiendo casi de manera regular sus manifestaciones: en el barrio de Les Minguettes, en Vénissieux, cerca la misma ciudad, en el verano de 1981 y luego en 1985; en Reims, en noviembre de 1982; en 1990, en Vaulx; en 1991, en Le Val Fourré, en París; en 1993 y 1997 en Dammarie-lès-Lys, también en París; en Dammarie, en 1997; en Toulouse, en diciembre de 1998 y más tarde en diciembre de 1999, para alcanzar su máxima expresión en la extraordinaria oleada de descontento que conocieron los llabados “barrios dificiles” de casi todas las ciudades francesas –París, Burdeos, Estrasburgo, Lyon, Rennes, Amiens, Rouen, Niza, Dijon, Perpiñán, Orleans...– a lo largo de varias jornadas en el otoño de 2005 y que sólo se puedo atajar con la declaración del estado de emergencia en todo el país y el toque de queda en diversos de sus barrios. De hecho, tuvimos acontecimientos de este tipo hace bien poco: en Grenoble, como consecuencia de la muerte de otro joven a manos de la policía. La foto de la entrada corresponde a estos hechos y esta tomada de El País del 17.7.2010. Recuérdese que tenemos ahí dos películas excepcionales que están orientadas por una descripción de los contextos sociales mucho más certera que las trivializaciones periodísticas de estos días. Me refiero Películas como "La Haine", dirigida por Matéu Kassovitz (1994), o "Ma 6-T va crack’er", de Jean-François Richet (1997),

En cuanto a Inglaterra, los ejemplos son numerosos desde finales de la década de los 70 hasta ahora mismo: en los barrios londinenses de estos días, Totteham o Brixton, en octubre de 1985; en Bristol, en octubre de 1992; en el 2001, en Liverpool, en mayo; en Stoke-on-Trent, en julio, y en Oldham –cerca de Manchester–; Brixton de nuevo y Leeds en octubre; en los barrios de Forest y Saint Gilles.

Otra cosa que me parece subrayable es el tipo de pseudoanálisis que merecen estas explosiones de rabia juvenil en el submundo de las tertulías radiofónicas y los “expertos consultados por esta emisora”. Pocas referencias a la miserabilización de masas de jóvenes a los que se condena al paro y la precarización laboral y que son víctimas del desguace generalizado de las políticas sociales de lo que un día fuera o quisiera haber sido el Estado del bienestar, y ello en todas sus variantes: escolarización, atención sanitaria, servicios sociales, alojamiento… El tono despiadado que ha tomado la desindustrialización y la revisión liberal del Estado-providencia se ha traducido en un fuerte aumento del malestar, sobre todo entre una masa de jóvenes a los que se les ha escamoteado literalmente el futuro y que han aprovechado la mínima oportunidad para expresar radicalmente su frustración. Ese sería, muy en resumen, el eje de cualquier explicación seria.

Pero no. Lo que hemos visto es repetirse todos los tópicos sobre una raíces de lo que pasa en el campo difuso de una inorganicidad de aspecto anómico, que –al menos tal y como es mediáticamente exhibida– recuerda las revueltas “sin ideas” en la Europa preindustrial o los levantamientos que protagonizan sectores del subproletariado urbano a lo largo del siglo XIX. Se habla entonces de estallidos de odio contra las instituciones y su policía, motines que –como consecuencia de la creciente etnificación de la miseria y la marginación urbanas– ven reconocido automáticamente un aspecto como “raciales”, “étnicos” o –en un último periodo y por la imagen oficial, mediática y popularmente propiciada acerca del Islam– incluso religiosos. Los medios de comunicación pueden entonces mostrar a una nebulosa turba de jóvenes airados, previamente mostrados una y otra vez como asociados a la delincuencia, la drogadicción o –pienso en el caso francés– al fundamentalismo religioso, abandonarse al pillaje de establecimientos, el incendio masivo de automóviles y a los enfrentamientos con la policía.

Lo más interesante es cómo ese panorama es tratado con argumentos que parecen traídos de lo que fue la primera psicología de masas de finales del XIX, todo lo que los Le Bon, Tarde…, escribieron son lo que mostraban como explosiones psicóticas del populacho, la acción de aquellas turbas que eran las pesadilla del orden burgués y que hacían imposible el sometimiento de ciudades que, a la mínima, se volvían ingobernables, las famosas “clases peligrosas” que vemos resucitar estos días en los discursos a propósito de los acontecimientos en Inglaterra. Estamos ante lo que sin duda deberíamos conceptualizar como un retorno de la chusma y del imaginario social  que los sistemas de representación hegemónicos llevan casi un siglo y medio desplegando a propósito suyo. Por cierto, una recomendación bibliográfica que desarrolla mucho mejor que yo aquí esa intuición: Alèssi Dell’Umbria, ¿Chusma?, publicado por una editorial que está sacando cosas realmente interesantes: Pepitas de Calabaza, de Logroño.


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