diumenge, 10 de juliol de 2011

"Diez obviedades sobre esperanzas, ilusiones, infracultura y antipolítica". Texto de un militante iracundo de Zaragoza, escrito el 22-5-11

Un amigo de Zaragoza me mandó hace días este texto sobre el 15M. Está escrito en los primeros momentos, en concreto la noche electoral, es decir el 22 de mayo. 



Diez obviedades sobre esperanzas, ilusiones, infracultura y antipolítica

Diez obviedades sobre esperanzas, ilusiones, infracultura y antipolítica.

Durante la última semana, los guardabosques de este Parque Natural llamado Reino de España han contemplado atónitos cómo el fenómeno más relevante de los últimos tiempos entraba en erupción. Un fenómeno que es, al mismo tiempo, natural y antinatural, lógico y ridículo, predecible y asombroso. Una ventana de movilización translúcida. Una sábana opaca de dedos que señalan a nadie. Un museo de alegrías sin victoria. Un “acontecimiento”, sí, pero desnudo y envasado al vacío. Una catarsis ruidosa de inercia y soledad. Sobra subjetividad que expresar, lástima de la nula objetividad que reconocer. La sociedad del espectáculo dando un doble salto mortal, un reality show autogestionado. El último eructo infracultural de la nouvelle cuisine neoliberal: mousse caliente de desconcierto à la sonrisa helada de optimismo bañada en sirope mediático.

Enfrente, el hígado de la aristocracia corrupta (redundancia) que gobierna este disparate indignamente llamado democracia trabajaba a pleno rendimiento, tratando de responder al sobresalto. Pero todas las constantes vitales del capitalista se sentían a salvo. Su sistema nervioso apenas se inmutaba. Su aparato circulatorio es el de un cadáver que goza de excelente salud. Todo quedó claro al séptimo día, con otra fiesta de la democracia. Se levanta el telón y descubre un escenario de catástrofe ideológica. Otra ceremonia de fraude electoral (segunda redundancia) tolerado, celebrado y legitimado por una masa medio humana y medio ovina que camina cantando hacia el matadero. “El voto es lo más importante que tiene una persona en democracia”, “votando decidimos”… canta el coro. Pero basta con ser 51% humano y 49% ovino para comprender que, en realidad, el maldito voto (tercera redundancia) es ese gesto por el cual todos permitimos y certificamos que seguiremos sin decidir absolutamente nada. Ahora, por lo visto, debíamos hacer eso mismo pero, para colmo, “reflexionada y conscientemente”. Y nos ha salido fetén. La escenografía es ya antigua, el guión también, pero los directores se esfuerzan en innovar: esta vez, el vencedor promete, orgulloso y en pleno festejo, expulsar del rebaño a un extraño grupo compuesto por cientos de miles de seres especialmente testarudos que, pese a ser más humanos que ovinos, no dejan de participar ni en las elecciones.

Así, nos encontramos con que una microscópica minoría “indignada” permanece acampada en las plazas de 60 ciudades del estado, celebrando “que va a cambiar el mundo” y tratando de descubrir la causa común de su indignación. Intentando identificar el objeto de un cambio que ya celebra. Peor aún: intentando saber por qué salió a la calle. Mucho peor aún: asegurando que no se moverá “hasta conseguir algo” pero sin saber qué es ese “algo”. El enemigo sonríe.

Hasta aquí hemos llegado, saltando la página de un capítulo al siguiente, de la alienación a la enajenación, en la borrachera provocada por un curioso cóctel de parodia democrática, piruetas electorales, lavados de estómago y brújulas disléxicas que nos ha servido la más eficiente empresa de catering y producciones lúdico-festivas: el neo-neo-neo-neo-liberalismo. Su hermoso slogan corporativo, en tres tiempos:

“Si tú sufres, yo te explico; si tú protestas, yo resuelvo; si tú insistes, yo te degüello”.

Pese a la patente fragilidad de esta “Revolución Española 2.0” y por intolerable que sea la falta de respeto a la historia que semejante nombre supone, lo cierto es que un suceso fisiológico de tal magnitud exige un análisis sincero. Y un análisis sincero exige una mirada respetuosa. Y una mirada respetuosa exige no perder de vista jamás aquello que la historia nos enseña. Y lo que la historia nos enseña es que toda lucha verdadera por la justicia social, en cada momento y en cada lugar, ha pagado (y paga) sus logros con muchas lágrimas. Y con mucha sangre.

Son demasiadas las barbaridades pronunciadas durante la última semana en nuestro parque Natural, desde demasiados altavoces y en todas direcciones, acerca del “movimiento 15-M”. Lo más sospechoso es eso: que las barbaridades han sido muy bien acogidas y difundidas desde demasiados altavoces y en todas direcciones.

De ahí que resulte necesario recordar, entre otras muchas, las siguientes diez obviedades. Son diez verdades eternas que representan diez condiciones imprescindibles para el inicio de cualquier proceso de lucha. Hoy, ayer y siempre, aquí y en Plutón (con el firme deseo de que exista vida inteligente, por lo menos en alguna otra parte del Universo).

Son diez obviedades ridículamente básicas:

1/ No es lo mismo ser apartidista que ser apolítico.

2/ Tampoco es lo mismo ser apartidista o ser anti-partidista.

3/ No hay diferencia entre decir “no soy de izquierdas ni de derechas” y no tener ni puta idea sobre lo que es ser de izquierdas o de derechas.

4/ Es más: sólo quien no tenga ni puta idea de lo segundo es capaz de afirmar lo primero.

5/ Ocupar el espacio público no es ninguna novedad, sino la más obvia e inmediata forma de reaccionar por parte de un pueblo que se rebela. Lo tristemente sintomático es que a alguien (a tantos “álguienes”) le pueda parecer nuevo.

6/ Lo que sí es una novedad es que miles de personas ocupen el espacio público sin ser capaces de expresar por qué ni contra qué se rebelan.

7/ Ése es, precisamente, el elemento más importante en juego: el ingrediente que produce sorpresa, simpatía, esperanza, ilusión… y también miedo, terror, pavor.

8/ ¿Nos encontramos ante el principio de “algo” por el simple hecho fisiológico de la salida a la calle de una joven masa de bípedos implumes?

9/ ¿O nos encontramos ante el último capítulo, el más espectacular y potencialmente desmovilizador, de una civilización que necesita culminar su involución para tocar fondo y regenerar sus escenarios y formas de lucha?

10/ Ahí está el dramático dilema. La diferencia entre lo apolítico (drama ideológico) y lo anti-político (muerte social) es demasiado pequeña, casi indescriptible. Por eso aún no se puede dilucidar a ciencia cierta si la “revolución española 2.0” es un mero espasmo rudimentario de movilización “pre” o “proto-política” (¡hipótesis optimista!) o si se trata de un simple barullo multitudinario (ojo: en ningún caso comparable a cualquier domingo de fútbol), digno hijo de su tiempo, que será digerido por el todopoderoso “Gran Hermano 2.0” y reducido a una apocalíptica performance anti-política (hipótesis pesimista)…

Pues hala, seamos optimistas.

Pero no imbéciles, por la gloria de nuestras madres.

Participemos, discutamos, organicémonos, luchemos, militemos.

Para empezar, llamemos a las cosas por sus nombres.

Para continuar reconozcamos, como pueblo que deberíamos ser, víctima de la (más que justificada) sensación de impunidad de un hatajo de criminales, que no deberíamos caer más bajo.

“El pueblo unido jamás será vencido”: ésa ha sido siempre la banda sonora de los momentos más dignos de la historia de la humanidad. No la convirtamos en banda sonora de un apocalipsis civilizatorio.


Firma: un militante iracundo, desde Zaragoza



[La foto es de una asamblea en la acampada de Zaragoza y la hizo Sergio Rodríguez. Tomada de  

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