diumenge, 19 de juny de 2016

La burbuja turistica

La fotografía está tomada de termoturismo.org

Artículo publicado en El Periódico de Catalunya, el 16 de agosto de 2000            

LA BURBUJA TURÍSTICA
Manuel Delgado

Por encima de todo, al turista le preocupa no dejar nunca de ver «lo que hay que ver», esos puntos de las guías turísticas, comentados con todo tipo de adjetivos admirativos y que no pueden ser soslayados so pena de un implacable sentimiento de culpa. El turista es casi lo contrario del viajero, puesto que es víctima de un «efecto túnel»: desplazamiento de punto a punto, sin atención por los lugares intermedios o no previamente marcados como «a visitar». El turista nunca espera en realidad nada nuevo, nada distinto de lo que han visto en las fotografías exhibidas en los libros o las revistas de viajes, en las postales enviadas por algún pariente, en los vídeos de los amigos, en los documentales de la televisión o en las películas de ficción. Ha llegado hasta ahí sólo para confirmar que todo lo que le fue mostrado como en sueños existe de veras. 

El turismo radicaliza la lógica del llamado tiempo libre o de ocio, por mucho que ese tiempo libre se consagre en su totalidad en hacer que deje de serlo lo más rápidamente posible. El tiempo libre es esa totalidad abstracta que se extiende del otro lado del tiempo de trabajo. Lo conforman actividades que una ficción supone disociadas de las obligatorias según el lugar que cada cual ocupa en el organigrama de la sociedad. En el seno de esta esfera de tiempo libre, imaginada como autónoma e independiente, cada persona debe tratar de satisfacer lo que vive como sus auténticas necesidades afectivas e intelectuales, aquéllas que la rutina impide realizar en el día a día. De un lado el conjunto de papeles y responsabilidades que asumimos en nuestra vida cotidiana, las obligaciones, nuestros «compromisos ineludibles».  Del otro, un tiempo para la reflexión, para ser por fin quiénes somos, para estar «con los nuestros», para calibrar nuestra ubicación en el mundo e incluso para abandonarse a un cierto balance existencial. 

Prometiendo cumplir esas promesas el turismo teje una trama social alternativa y paralela, propociona una puesta a distancia respecto de lo social ordinario, permite una escapada momentánea hacia un paraíso provisional, sin conflictos, sin contradicciones, sin paradojas. Una burbuja ideal, un escenario preparado para colmar los deseos y en el que uno podrá estar al mismo tiempo lejos y como en casa. Dosis controlada de utopía, paréntesis en que regenerarse del desgaste provocado por todos esos compromisos que, de regreso, cada cual habrá de reasumir. Ahora bien, no nos engañemos, ese territorio presuntamente liberado no tiene nada de autónomo, ni obedece a una lógica propia. Existe en función –y como función– de ese mismo mundo social que dice negar. En cuanto a sus contenidos –dónde ir, cómo ir, qué ver–, son sutilmente impuestos a los individuos –entendidos como consumidores de su propio tiempo libre– por medio de estímulos publicitarios, dependientes a su vez de intereses económicos y políticos perfectamente reconocibles.

El hecho turístico se inscribe dentro de una sociedad que valora la movilidad espacial, el desplazamiento, como algo de lo que depende la realización personal. Cada invididuo se valora y es valorado en gran medida en función de cantidad y excepcionalidad de los sitios en qué ha estado, es decir de su cuenta personal de países y ciudades de los que puede decir: «los conozco». Por otro lado, el turismo funciona ante todo como un uso cualificado del tiempo de ocio, y es específico de una sociedad definida por el culto a la producción y por la mercantilización de lo temporal, así como por la dicotomía brutal entre tiempo productivo y tiempo no productivo. La realidad vivida tiende cada vez más a cronificarse: ese tupido entramado de horarios, turnos, agendas, plazos, etc., que se colocan bajo el despotismo de los ritmos sincronizados y los procesos calculables, que obedecen a la lógica implacable de los calendarios y los relojes. El tiempo es dividido así en grandes bloques pautados y planificables de los que no es posible escapar, en los que no cabe pretexto alguno para el «tiempo muerto». Ese tiempo que se supone concebido para la expansión y el crecimiento personal está hoy fuertemente mediatizado no sólo por las consignas derivadas de la publicidad y por los imperativos del consumo de masas, sino también por las instituciones que organizan y fiscalizan nuestras vidas, que las instalan en espacios físicos y temporales perfectamente delimitados y controlados de los que se prohibe apartarse.

Pero, lejos de percibir esa realidad atroz, el turista ama el engaño en que se sumerge. Busca, y a veces cree encontrar, esa unidad que la vida moderna ha sacrificado en el altar de los intereses y las razones materialistas, todo lo asociable con lo auténtico, lo profundo, lo perenne, en un mundo dominado por lo falso, lo banal, lo efímero. El turista es un peregrino en pos de lo esencial y duradero, alguien que juega a convertirse en un nuevo buscador del Grial y que, de la mano de los operadores turísticos y las agencias de viaje, puede entrar en contacto, ver con sus propios ojos, incluso tocar, cosas de las que ha oído hablar, pero que nunca había visto hasta entonces y que ahora se presentan ante él en toda su grandeza: la Cultura, el Arte, la Historia, la Naturaleza..., todo lo que la vida cotidiana le niega o le hurta. Ha llegado a su Eldorado y ahí, ante sí, encuentra lo que ni existe, ni ha existido, ni existirá jamás: un mundo quieto, fuera del tiempo, inmutable, una Verdad luminosa a la que se le puede perdonar todo, incluso que sea mentira.


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