divendres, 22 de juliol de 2011

15M: La represión que viene. Discurso en la cena final de curso de EUiA de Sabadell

Discurso en la cena de final de curso de la agrupación de Esquerra Unida i Alternativa de Sabadell, celebrada el 16 de julio de 2011 en el barrio de Ca N’Oriac. Las decenas de identificaciones de manifestantes de ayer en Barcelona confirman las intuiciones formuladas en la intervención. Agradezco a los y las camaradas de Sabadell la oportunidad recibida para compartir mi opinión

15M: LA REPRESIÓN QUE VIENE
Manuel Delgado

Como no he hecho otra cosa que plantear donde y en cuanto he podido, es difícil predecir cuál y cómo será la evolución del movimiento 15M. Sus virtudes, las que le han permitido alcanzar niveles imprevistos de apoyo y simpatía popular, pueden, en cualquier momento, volverse en su contra, precisamente por su dependencia extrema de una opinión pública que sabemos voluble y que puede pasar en cualquier momento de la adhesión más entusiasta a la indiferencia total e incluso a la hostilidad.

Luego tenemos otro factor de incertidumbre, que tiene que ver con la probabilidad que la dirección del movimiento recaiga en los sectores más contrarios paradójicamente a dotarlo de dirección, es decir a los movimientistas del movimiento, si se me permite continuar con los juegos de palabras, esto es a los núcleos que mantienen posturas más contrarias al paso, fundamental y urgente del todo, del movimiento a la organización, por evocar el título que propuse para mi intervención en la acampada de Llefià. Conocemos bien estos sectores de los movimientos sociales y también los estragos que ha provocado su empeño infantilista en depender de una estructura antiestructura, basada en un complicado sistema de asambleas descentralizadas que acaban provocando la paradójica consecuencia de un organigrama extraordinariamente torpe e inoperativo.

Cuando hago estas apreciaciones, lo hago sin dejar de pensar en la experiencia que supusieron las movilizaciones anti Bolonia de la primavera de 2009. Las analogías son notables. La corriente masiva de apoyo que desencadenó el desalojo violento por los mossos d’esquadra del Rectorado de la Universitat de Barcelona y la represión de la manifestación posterior, se parece mucho a las reacciones ante el intento de desalojo de la plaça Catalunya el 27 de mayo pasado. La pésima administración que se hizo por parte del movimiento asambleario estudiantil del éxito obtenido hizo que, apenas unas semanas después, el movimiento contra la reforma privatizadora de la enseñanza quedará prácticamente en nada.

En una palabra, para que no se repita el mismo fenómeno, es indispensable que el movimiento 15M se dote de una organización sólida y seria, con sus correspondientes mecanismos de dirección ejecutiva que centralicen las propuestas y una disciplina organizativa que garanticen su eficacia. Esa es precisamente la aportación que debe hacerse desde la izquierda histórica –y particularmente por parte de los y las comunistas– y el sentido que tiene que se sume a las movilizaciones indignadas cuanto esté en su mano para que la energía social que se ha desencadenado desde el 15 de mayo no se evapore.

Es en relación con ello que cabe hacer una consideración importante, que no se ve que aparezca como debiera en los análisis del 15M, que es lo que podríamos llamar el “fet diferencial català” en ese tema.

En nuestro país, el movimiento aparece marcado, en efecto, por la brutal intervención policial en el centro de Barcelona el 27 de mayo, una actuación que desencadenó un generalizado rechazo de la persona de Felip Puig, el conseller de Governació de la Generalitat, que había accedido al cargo con la misión autoasignada de acabar de una vez por todas con unos imaginarios “antisistema” que amenazaban la paz ciudadana y que habían sido inventados en la etapa anterior por la prensa pero también en buena medida por la antigua Conselleria d’Interior, encabezada –no lo olvidemos– por una persona que representaba nuestra coalición, es decir por Joan Saura.

Después del desalojo del Palacio del Cinema en la fantasmagórica convocatoria de huelga general del 27 de enero de este año, Puig había conseguido hacerse pasar por adalid de la persecución contra esos supuestos enemigos públicos. Su imagen, dejándose fotografiar con un bate de beisbol, estaba en esa dirección de mostrarse y ser reproducido por los medios oficiales –todos– como un hombre duro, dispuesto a actuar sin contemplaciones, un auténtico sheriff urbano.

La actuación en plaça Catalunya supuso para esa operación de marketing personal un claro golpe y un cuestionamiento de su labor, lo que lo convertía, de pronto, en el miembro peor valorado del gobierno de la Generalitat. En cierto modo, aquel episodio es difícil que no fuera vivido por el conseller y su equipo como una auténtica humillación.

Desde entonces el conseller Puig creo que no ha hecho otra cosa que buscar como sea el desquite, no sólo político sino también en muchos sentidos personal. Es más: tengo la convicción de que Felip Puig ha convertido el movimiento 15M en un asunto propio, casi una obsesión, que es muy posible que le lleve como sea a buscar su desprestigio e incluso, si pudiera, su borrado total. Su objetivo: demostrar como sea que, efectivamente, en el movimiento hay elementos y grupos violentos –el espantajo de los “antisistema”– que devalúan el conjunto de una movilización que había suscitado una amplia simpatía y que debía ser ya no sólo desarticulado, sino sobre todo castigado por la afrenta de la que le habían hecho objeto.

En realidad, bien podría especularse que el dispositivo montado en torno al Parlament el 15 de junio estuviera concebido para que pasará lo que pasó, cuando no algo peor, es decir que se produjera una situación de violencia que demostrara la naturaleza intrínsecamente perversa de los acampados en plaça Catalunya y de los indignados en general, o al menos de los “infiltrados” malintencionados en su interior. Si fuera así, el conjunto recordaría poderosamente el caso de los incidentes en la manifestación antiglobalización en Barcelona el 24 de junio, en los que la entonces delegada del Gobierno, García Valdecasas, hizo lo posible para que sus advertencias sobre los “violentos” que estaban preparando las protestas contra la cumbre del Banco Mundial se vieran verificadas, algo que consiguió provocando ella misma los disturbios contra los que había alertado. Un ejemplo, como se ve, de profecía autocumplida.

Todo lo acontecido en el Parlament es 15J no hace sino abonar esa hipótesis.
Una vez producidos los hechos acaso deseados, lo que fue lamentable fue la reacción de todas las formaciones políticas, incluyendo nuestra coalición, que acabaron reforzando con su unanimidad el ánimo ampliamente compartido de que “todos son iguales y ninguno nos representa”. Una oportunidad perdida, como se ve, de desmentir ese lugar común y de decir “otra cosa” que implicara afinidad y respeto hacia el motivo de la protesta, manteniendo si cabe la crítica a la forma que había adoptado. Incluso algunos, presentes a las puertas del Parlament, hubiéramos deseado profundamente que nuestros parlamentarios se hubieran abstenido de entrar y hubieran permanecido a nuestro lado.

El caso es que ahora se plantea una cuestión difícil. Siguiendo instrucciones de Felip Puig la policía se ha entregado a una tarea de búsqueda y captura de los supuestos autores de las no menos supuestas agresiones y ofensas a nuestros parlamentarios. Eso implica que en los próximos días se van a producir una serie de detenciones de personas a las que se van a imputar graves acusaciones que van a comportar su encarcelamiento inmediato y elevadas peticiones fiscales, ello con el concurso de un Parlament que, con el concurso de nuestro grupo, se ha presentado como parte interesada y compartirá la asignación de cargos y penas a los futuros detenidos. A eso se le viene a añadir la aparición en escena del misterioso “sindicato” de extrema derecha Manos Limpias, que se ha personado ante la Audiencia Nacional con una denuncia por sedición, lo que dramatiza todavía más el panorama penal para los detenidos, que ya no serán sólo los causantes directos de los agravios a los parlamentarios, sino los aquellos o aquellas a quienes se considere organizadores o convocantes de la protesta ante el Parlament, es decir los “responsables” (¿) del movimiento 15M. Quiénes serán los elegidos para hacer de chivos expiatorios es lo que hasta constituye un enigma, que no tardaremos en ver resuelto con el correspondiente eco y rimbombancia mediática ante la desarticulación de la “cúpula” del movimiento.

¿Qué hará nuestra coalición cuando eso se produzca? ¿Continuará haciendo propias las vindicaciones del movimiento, cuando ha contribuido con tanta decisión a lo que dentro de muy poco va a ser su demolición por la vía mediático-policial? ¿Tendremos derecho a compartir lo que podrían ser eventuales protestas ante la persecución en toda regla que se prepara, en buena medida para completar el desquite personal de Felip Puig ante su lamentable papel en 27 de mayo en plaça Catalunya? En días o semanas, el 15M tendrá sus mártires y es probable que, si sobrevive a los peligros internos y externos que lo acechan, convierta la defensa pública de esas víctimas propiciatorias que se habrá convertido en centro de un ensañamiento legal en que participaremos, al unísono y del mismo bando, desde la extrema derecha neofranquista hasta nuestra propia coalición.

En cualquier caso, para acabar, permítaseme advertir de lo que puede que esté a punto de pasar, si es que ya no está pasando, como lo demuestra que se esté empezando a actuar contra la gente que está intentando detener los desahucios, que es una intensificación generalizada de la represión contra la disidencia política y la crítica activa de los efectos sociales de la crisis. Habrá que pensar que es lo que nos corresponderá hacer y decir en ese caso y hasta qué punto no habremos perdido ya la legitimidad para hacerlo, si es que decidimos ponernos del lado de los perseguidos y castigados del 15M.

Y una última reflexión: ¿quién nos iba a decir que la Catalunya libre, democrática, europea, avanzada, culta, progresista y abierta en la que creíamos vivir haya convertido, hoy, la represión, la vigilancia policial, la restricción de derechos y la persecución política en los elementos claves de nuestra singularidad nacional, lo que nos diferencia del resto de comunidades del Estado, donde el movimiento 15M no ha sido ni remotamente víctima de unos niveles parecidos de acoso, cuando no de odio mediático y gubernativo?

Canals de vídeo

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