dijous, 22 de maig de 2014

"Humor y chamanismo". Sobre Esteban Navarro y sus viñetas ("Monografico", enero 2000)



Hace años mi amigo Esteban Navarro me propuso escribir un texto que acompañara una serie de viñetas e historietas suya que iba a publicar la revista Monografico, en concreto en el número de enero de 2000. Encantado acepté la proposición, por cuanto no sólo era la oportunidad de halagar públicamente el trabajo de Esteban, sino también de expresar mi convicción de que el humor es una de los pocos refugios donde sobrevive como puede la inteligencia y el espíritu crítico. Me complace reproducir ahora y aquí aquel escrito. Lo acompaña uno de los dibujos a los este texto hacía compañía.

HUMOR Y CHAMANISMO
Manuel Delgado

Todo humorista funciona como la reedición –en una sociedad que se piensa lejos de tales cosas– de las viejas técnicas del chamanismo. Su lugar social y las características técnicas de su manipulación de los conceptos reproducen el mismo dispositivo de eficacia simbólica que encontramos en las puestas en escena que el chamán protagoniza. Su función: aplicar un esquema flotante –el valor simbólico 0– en la cultura del grupo, que permite organizar significativamente vivencias intelectualmente amorfas o afectivamente inaceptables. Lo hace objetivando estados subjetivos, formulando impresiones informulables, integrando en un sistema experiencias inarticuladas... Como el chamán, el humorista –Esteban sabe serlo– es un barquero entre lo normal y lo anormal, recibe y cumple de su sociedad el encargo de incorporar el elemento inclasificable en orden a completar un orden clasificatorio que es siempre insuficiente. En una palabra, el humor integra lo insólito en el sistema lógico que se presupone al universo, pero que cuesta encontrar.

Ha ahí la virtud del humorista, que Esteban ejecuta con astucia e inteligencia: la de revitalizar la vieja eficiencia chamánica, consistente en metaforizar los elementos del orden que permanecen oscuros, la dimensión opaca de lo social orgánico. En cada uno de las muestras que siguen, de las más alternativas y marginales a las que el autor ha conseguido «colar» entre el lacayismo de los medios oficiales, emerge una seriedad clandestina, disfrazada de sarcasmo. Y es que el humorista entiende que aquello que llamamos «excepcional» –sus piruetas humorístico-conceptuales, por ejemplo– son de hecho desórdenes reglamentados, tributos ofrecidos a lo irracional que permiten comprender su función larvada : la de indicar otro orden, latente, implícito, que garantiza en última instancia el orden patente, al tiempo que lo impugna o lo desmiente. La manipulación casi aberrante que del lenguaje lleva a cabo el humorista –compruébese en cada uno de los ejemplos que siguen– y las condiciones falsamente armónicas de lo real no se oponen, sino que secretamente se complementan. El juego consiste en expresar, como había escrito, Lévi-Stauss «la externa intimidad de lo anormal: la presencia del inconsciente».

Las anomalías sólo pueden ser combatidas con anomalías. Como contrabandista entre esferas –la de lo aceptable y la de lo inaceptable– el humorista –Esteban ahora– demuestra un extraordinario poder sobre el código, es invitado por la comunidad de la que forma parte a invertir su riqueza afectiva e imaginativa, en sí mismo privada por lo general de punto de aplicación. Consecuente con la tradición cultural del grupo, atento a sus requerimientos, el humorista genera, en este caso a través de viñetas, una sistema de oposiciones y correlaciones que integra elementos sociales e ideológicos heterogéneos –religiosos, políticos, sexuales...– que le sirven al espectador –en este caso al lector– para instalar en ellos sus déficits de sentido, carencias que la exuberancia formalizadora del chamán-humorista colma. De ahí su necesidad: garantiza el tránsito de lo extraño a lo normal, integrando lo anómalo –las imágenes distorsionadas, los excesos, los personajes desquiciados, las situaciones delirantes– en una coherencia lógica que no es sino la proyección del universo social en su conjunto.

En resumen, el humor es una estructura cuya función es delatar y al tiempo remediar, como mágicamente, las constantes discontinuidades que la experiencia no deja nunca de registrar, más en un contexto como el nuestro, marcado por la inestabilidad y las perplejidades culturales. La ironía deviene aquí resorte que permite encarnar lo sólo intuido, lo adivinado, lo entrevisto en la vida cotidiana, todo lo que estamos a punto de pensar pero que no encuentra un soporte adecuado. Como si la inteligencia hubiera sido capaz de encontrar, entre los trazos de los dibujos de Esteban, un atajo a través del cual salvar una fragmentación en el plano de lo real. Su arma –eso que damos en llamar «humor»– es la distorsión que provocan paradojas deliberadas provocadas en el corazón mismo de las representaciones. Como un chamán, el humorista protagoniza un tránsito al ámbito invisible dónde residen todas las significaciones y las agita para extraer, de las turbulencias sonsacadas, nuevos significados. Significados imposibles, es cierto, pero, acaso por ello, misteriosamente eficaces en orden a representar ese sentido flotante cuya función no es oponerse a otro sentido sino a la ausencia misma de sentido.


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