dissabte, 12 de març de 2011

Comentario para ST a propósito del eterno retorno y evocación de "La estructura del mundo", de Moholy-Naguy

Interesante asunto este del eterno retorno. Lo que me llama la atención es qué poco se aprecia la enorme diferencia entre el eterno retorno nietzscheniano y la circularidad arquetipológica del eterno retorno en Mircea Eliade, esa idea de ciclo que, por cierto Nietzsche odiaba tanto. El eterno retorno es, en Nietzsche, el devenir, lo que pasa, concebido en tanto que ser. «El devenir como invención, voluntad, abnegación, superación de sí mismo», escribe en En torno a la voluntad de poder, es decir una actividad pura en que no hay sujeto, ni causa, ni efecto, ni mucho menos identidad, sino únicamente agitación creadora que se vale de una fuerza sin estructura y sin fin. El eterno retorno es el regreso de todo, «todo de nuevo, todo eterno, todo encadenado, trabado, enamorado...» (Así habló Zarathustra, Alianza) mito del eterno retorno). Esa descripción me trae a la cabeza la efervesencia colectiva de la que habla Durkheim en Las formas elementales de la vida religiosa (Alianza), momento en que lo social afirma no su pasado, ni su presente, ni su futuro, sino su eternidad, y lo hace en la transmutación de todos los valores, en la incertidumbre, en la creación continua que ejerce una energía inestable, ondulatoria. Sus principios no tienen nada que ver con la identidad, sino, al contrario, con la diversidad, con su síntesis y con su reproducción.
La fiesta es justamente la exaltación de ese instante que pasa y que el eterno retorno sacraliza, puesto que en la fiesta –como en el momento al que se retorna, pero que nunca se repite– está todo. Volver tiene que ver con cualquier cosa, menos con repetir. Si se regresa es justamente para vencer el peso de las repeticiones. Como el instante de Bachelard, la fiesta es un nuevo nacimiento de la potencia del ser, potencia que es «la vuelta a la libertad de lo posible» (La intuición del instante, Siglo Veinte). La fiesta ejercitaría ese mecanismo que en Nietzsche desvela la incapacidad que el mundo experimenta de inmovilizarse, de cristalizar, porque si la poseyese, haría mucho que habría concluido su trabajo, y el devenir y el pensamiento habrían cesado. La fiesta –de ahí la violencia y el desorden que parece requerir como ingrediente insustituible– es voluntad social de autodestrucción, alegría del aniquilamiento, o, lo que es lo mismo, premisa social de la nada o premisa anonadada y anonadante de lo social. La fiesta, como expresión de ese eterno retorno que nos hemos permitido trasladar al plano sociológico, demuestra que el universo social humano no está dotado, en tanto que cualidades inmanentes, ni de finalidad –en el doble sentido de fin y de objeto– ni de equilibrio.
Ahora me viene a la cabeza la homologación que propone Ronald Barthes en Fragmentos de un discurso amoroso (Siglo XXI), entre la fiesta y el amor, que sería su equivalente en el plano individual. El amante, como el celebrante de fiestas, no hace otra cosa que pasarse el tiempo esperando.
Ilustro la entrada con una imagen de “La estructura del mundo”, la pintura de Lázló Moholoy-Naguy que tanto nos debería dar a pensar. Es del 1927, de su etapa Bauhaus. El valor de la obra y su elocuencia son cosas que Andrea Corachán me recordaba en un encuentro reciente, sorprendentemente parecido a la obra misma

Canals de vídeo

http://www.youtube.com/channel/UCwKJH7B5MeKWWG_6x_mBn_g?feature=watch