dijous, 3 de febrer de 2011

Texto de Caterina Borelli y fotos de Camilla de Maffei sobre Trebević, la montaña desde la que se quiso dominar Sarajevo





Caterina Borelli, nuestra compañera del GRECS, está en Sarajevo investigando para su tesis doctoral "La reconstrucción del espacio urbano postbélico: el caso de Sarajevo". Ella y la fotógrafa Camilla de Maffei han recibido una ayuda del Consel Nacional de la Cultura i de les Arts de la Generalitat, una ayuda para llevar a cabo un trabajo concreto sobre Trebević, la montaña que domina Sarajevo y desde la que los serbios batían la ciudad durante la pasada guerra civil.
Caterina me ha dado permiso para reproducir este artículo suyo sobre el tema, que acompaño de algunas de las fotógrafas de Camilla.

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TREBEVIĆ: LA MONTAÑA OLVIDADA.GEOPOLÍTICA COTIDIANA EN SARAJEVO

Caterina Borelli

Las manos aprietan firmes el mango de la azuela, luego dejan que se abata pesada sobre el tronco que se parte en dos y cae al suelo entre las virutas de madera. Enver se enciende un Drina antes de agarrar otro tronco. Es cerca de la una: los muecines empiezan su canto, Enver fuma en el patio y su esposa Azra nos trae unos zumos de frutas hechos en casa. Viven en unas de las últimas casas de Jarčedoli, un barrio de Sarajevo que trepa por las laderas del monte Trebević: la estrecha carretera que pasa por delante de su puerta se encarama durante un centenar de metros más, y poco después de la curva comienza el bosque que les da de comer. Enver es leñador y muestra su sierra mecánica con orgullo. Él y sus compañeros de trabajo son de los pocos que nunca han dejado de subir a aquella montaña que para buena parte de los ciudadanos de Sarajevo es considerada territorio maldito.
Desde que, en abril de 1992, el ejército serbio-bosnio empezó a asediarlos desde ahí, al Trebević ya no va casi nadie. Sin embargo no siempre ha sido así. Considerado una montaña sagrada desde los tiempos de las antiguas poblaciones eslavas, fue nombrado parque nacional por el gobierno del Mariscal Tito. Tan cerca de la ciudad, pero a la vez tan verde y salvaje, durante la segunda mitad del siglo pasado se convirtió en un destino privilegiado para las excursiones de los sarajevitas. Las vistas de las que se goza desde sus picos, el más alto de los cuales supera los 1.600 metros, quitan el aliento; fue por eso que, a partir de los años ’50 florecieron los restaurantes con terraza panorámica, cuyo éxito popular fue definitivamente decretado, en 1959, por la construcción del teleférico que desde el centro llevaba directamente a la primera cumbre. Desde la estación de llegada el primer restaurante, Vidikovac, distaba tan sólo unas decenas de metros: allí se cenaba en la veranda, o en verano en la terraza al aire libre, con Sarajevo toda desplegada debajo como una alfombra. Por la noche se tocaba música y se cantaba, “y aquello era como estar en el Paraíso”, recuerda Tarik parado en medio de los escombros del restaurante, las manos en los bolsillos, la mirada perdida quién sabe dónde.
En 1984 tuvieron lugar en Sarajevo las Olimpiadas de Invierno, acontecimiento que marcó un antes y un después en la historia ciudadana, último momento de gloria antes de la catástrofe. Junto con los montes Igman, Bjelašnica y Jahorina, el Trebević fue nombrado sede olímpica: aquí se disputaban las competiciones de trineo. Los Juegos no hicieron sino aumentar aún más el cariño y el apego que los sarajevitas sentían hacia la montaña, que se había convertido ya en uno de los símbolos más poderosos de la ciudad.
Con la guerra todo cambió prácticamente de la noche a la mañana. Las tropas serbias ocuparon el Trebević y desde ahí sometieron Sarajevo al asedio más largo de la historia bélica moderna. Por su territorio discurría la primera línea del frente: en algunos puntos ésta llegaba hasta las primeras casas de la ciudad; en otros la Armija bosnia había logrado hacer retroceder a los asediantes unos pocos centenares de metros, lo justo para que los francotiradores no pudiesen apuntar. La pista de trineo era uno de los principales escenarios de enfrentamiento, usada por los serbios para protegerse del enemigo al acecho en la espesura del bosque, unos metros más abajo. Lo que queda de la instalación olímpica, una vía de hormigón desnudo, lleva aún las marcas evidentes de los hechos que ahí tuvieron lugar: está constelada de agujeros practicados a la altura de un hombre, lo suficientemente grandes para que pase el cañón de un rifle o de una ametralladora.
La única carretera que cruza el monte fue cortada en más puntos por los check-points de ambos bandos, con los serbios bloqueando o tasando los convoys humanitarios que se dirigían a la ciudad asediada. Aún hoy queda un punto en el que una gran zanja en el asfalto impide a los escasos vehículos transitar por uno de los carriles. Las trincheras que serpentean en el sotobosque y los búnkers antiaeréos construidos por los serbios para protegerse de los ataques de la OTAN marcan todavía el paisaje de la montaña. Los morteros serbios primero, y los bombardeos de la Alianza Atlántica luego, causaron la destrucción de todas las instalaciones olímpicas, el teleférico, los restaurantes y los hoteles, el observatorio astronómico de Colina Kapa, antaño el más avanzado de toda Yugoslavia. Hoy en día es casi imposible pasear por los bosques y los pastos del Trebević sin acordarse constantemente de lo que pasó aquí. No hay de qué sorprenderse si aquellos dramáticos tres años y medio han transformado completamente la imagen que los ciudadanos de Sarajevo tienen de la montaña. De ser su destino favorito para las caminatas y los momentos de ocio, símbolo del orgullo olímpico, se ha convertido en un lugar maldito. Ni siquiera hace falta que suban aquí para sentirlo, les basta con mirarlo desde la ciudad. Lo explica claramente Bojan, 30 años, una adolescencia transcurrida bajo asedio, con pocas, tajantes palabras: “¿Sabes cuándo fue la última vez que subí al Trebević? Febrero ’92. Antes iba todos los fines de semana con mi padre. Nunca más he vuelto. Desde ahí cayeron sobre el techo de mi casa 22 granadas. Ahora lo veo todos los días desde mi ventana y quisiera sólo que desapareciese”.
Luego están las minas. Miles de minas esparcidas sobre una superficie de 220.000 metros cuadrados son la herencia que la guerra ha dejado en la montaña. La mitad del Trebević, del lado de la ciudad, era un inmenso campo minado, que ahora se supone casi del todo limpiado. Tarik, que conoce bien el territorio, está convencido de esto: él incluso combatió en el Trebević, después de la guerra se lo ha caminado a lo largo y a lo ancho y asegura que ya no quedan minas, a excepción de un prado cerca del observatorio. Si uno no está muy seguro, agrega, basta con seguir los rastros dejados en el terreno por los troncos arrastrados por los leñadores, ellos saben dónde pisar. Sin embargo, la mayoría de los sarajevitas no piensa como él; no se fían de la labor de los equipos de limpieza, tienen miedo. También Dina, una joven traductora que ha trabajado durante mucho tiempo para las compañías de desminado, tiene sus dudas: por lo que ha visto y escuchado en su trabajo, hay varias razones para desconfiar. Antes que nada, se desconoce el número exacto de minas presentes en el terreno. Además, a menudo los mapas sobre los que se basa el trabajo de limpieza están equivocados, contienen pequeñas pero fundamentales imprecisiones que impiden que el trabajo sea eficaz al cien por cien. Añade luego que los errores en los mapas, proporcionados por quienes pusieron las minas, no siempre son fortuitos: es suficiente cambiar de pocos grados la posición de una mina y ya no se puede encontrar. “Si ese lugar no puede ser suyo, por lo menos quieren que no sea de nadie más”. Finalmente, se deben tener en cuenta también los desprendimientos del terreno causados por la lluvia y la nieve: si una mina se hunde a más de 20 centímetros los detectores de metales resultan ineficaces. Dina cuenta un episodio sucedido en Bosnia nororiental, cerca de la frontera con Croacia: había acompañado un equipo de limpieza a cernir un campo en las cercanías de un río que, periódicamente, se desborda inundando los campos circundantes. El terreno parecía estar limpio, los técnicos se fueron. Un mes después se supo que en aquel mismo lugar un campesino, yendo a revisar una cañería de drenaje, había puesto el pie en el punto equivocado y había muerto: las inundaciones del río habían empujado la mina más profundamente en el suelo, donde los limpiadores no la podían encontrar. “Ves”, concluye Dina, “en Bosnia se sigue muriendo así. Y los que están más a riesgo son los campesinos, los pastores, los leñadores. A veces se ponen las minas adrede entre las raíces de los árboles para que las pisen ellos”.
Las minas son el principal argumento utilizado por los sarajevitas para hacer entender a quien viene de fuera porqué casi nadie ya sube al Trebević. Pero, además de las heridas más superficiales y las amenazas subterráneas, existe una tercera razón no declarada que mantiene alejada la gente, y esta razón se llama Interentity Boundary Line. Los acuerdos firmados en 1995 en la base militar de Dayton, Ohio, pusieron fin a la guerra congelando de facto las líneas del frente en todo el territorio de la nueva República de Bosnia Herzegovina: el país emergió dividido en dos entidades, la Federación Croata-Musulmana y la República Serbia, cuyo territorio refleja fielmente la situación militar de los dos ejércitos en vísperas de la firma del tratado de paz. Con escasas excepciones, como por ejemplo el enclave de Goražde que Milošević accedió a ceder a la Federación, o el distrito internacional de Brčko, los territorios conquistados y “limpiados” étnicamente por los serbios se quedaron bajo su jurisdicción. En el caso del Trebević, los americanos obligaron a los asediantes a retrasar toda la línea del frente unos centenares de metros, para impedirles volver a usar francotiradores contra la ciudad: efectuada esta operación, los acuerdos de Dayton establecieron que el límite administrativo entre las dos entidades cruzara la montaña. Aún hoy no existen mapas disponibles al público que indiquen esta frontera invisible, la cual además tiene una forma irregular, como una serpiente que corre entre picos y valles: por lo tanto para los visitantes resulta difícil establecer dónde se encuentran exactamente. A menos que uno se tope con alguna señal clara: un cartel de madera de la Asociación de Cazadores de Sarajevo nos dirá que nos hallamos en el territorio de la Federación; el muro de una casa abandonada sobre el que se pintaron con spray las 4 S serbias (“samo sloga srbina spašava”, “sólo la unidad salvará a los serbios”) nos hará entender que ya estamos del otro lado.
Quizás parezca exagerado remarcar tanto la importancia de una frontera meramente administrativa que separa dos territorios que, si bien gozan de un alto grado de autonomía, no dejan de ser parte del mismo Estado. No obstante, se mantiene fuerte entre la población la sensación de que existe una barrera invisible que separa a “ellos” de “nosotros”, independientemente del lado desde el que se mire. Una barrera que corre tan cerca de Sarajevo que le ha cortado un pedazo, que ahora se llama Sarajevo Este. No hay ninguna separación clara entre las dos ciudades: Sarajevo Este no es más que la extrema periferia de la capital del lado sudoccidental, y nos damos cuenta de que hemos cambiado de municipio (y de entidad) únicamente porque de pronto la señalización pasa a estar escrita en cirílico sobre fondo azul, en lugar del verde de la Federación – el color del Islam. Existe una pequeña plaza que parece haber sido tomada por sorpresa por la nueva Constitución del ’95 sin haber tenido el tiempo de reaccionar, o tal vez haya querido quedarse allí aposta, tozuda, para obstaculizar la lógica de la separación: ahora tiene dos nombres, Sabora Bosanski, “Asamblea de los Bosnios”, en alfabeto latino sobre fondo verde, en el lado norte, y Kralja Alexandra (el último rey de los serbios), en cirílico sobre fondo azul, en el lado sur. Las pintadas de los dos lados de la plaza parecen gritarse como los hinchas en un estadio: al “solidaridad con los hermanos palestinos” hace de contrapunto un explícito “no a La Haya” (en referencia al Tribunal Internacional para los crímenes en la ex Yugoslavia). La plaza de los dos nombres es como un espejo deformante.
Miso, un chico de Sarajevo Este, cuenta que donde vive él existe siempre cierto recelo a ir a la capital: algunos están convencidos que en Sarajevo serían tratados mal, o que podría ser incluso peligroso para su incolumidad. Una actitud parecida a la de los sarajevitas hacia el Trebević: aquella sensación de incomodidad y desconfianza que despierta al cruzar la frontera invisible puede ser más fuerte que las ganas de dar un paseo por el bosque. Además, por aquí bosques y montañas abundan: ¿para qué ir a la República Serbia para recargar los pulmones de aire puro? Hay quienes están convencidos que es por la misma razón que el Ayuntamiento y el Cantón de Sarajevo no han invertido en la reconstrucción del Trebević tras la guerra. Operación de desminado aparte, en los últimos 15 años no se ha hecho ninguna intervención pública de recuperación del patrimonio existente en su territorio. Se tendería a pensar que sencillamente no hay suficiente dinero; sin embargo, como hace notar Tarik, existen proyectos para otras zonas con características similares al Trebević, es decir, montañas salvajes pero muy cercanas a la ciudad, pero que difieren en un pequeño detalle: no comparten territorio con la República Serbia. No sería tanto una cuestión económica pues, sino más bien política, “una política nacionalista”, acusa Tarik, que agrega: “Si eres un gobierno que trabaja bien y tienes un sitio así… ¿entiendes? Éste es un lugar de oro, único. Imagínate, sólo el teleférico y el restaurante, nada más, no necesitas nada más”. Haría falta poco, pues: está convencida de ello también la dueña de la taberna Brus, una casita de hormigón de una sola planta situada en un claro del bosque. Ya sólo con la reconstrucción del teleférico mucha más gente subiría a la montaña, y por consiguiente ella tendría de nuevo un buen número de clientes; quizás no tantos como en los viejos tiempos, cuando el prado de enfrente era el más solicitado para los picnics, pero seguramente más que las raras visitas que recibe en la actualidad. La taberna Brus se halla en la República Serbia, mientras que lo que queda del teleférico está todavía en territorio de la Federación. La señora es bien consciente de no encontrarse en posición de presionar a la administración de Sarajevo: sólo puede resignarse a esperar el momento, si llega algun día, en que los políticos locales dejen de razonar en términos de clan para concentrarse en cómo hacerles la vida un poco más fácil a sus ciudadanos.
Las señales de distensión, lamentablemente, tardan en llegar, y el Trebević, 15 años después del fin de la guerra, sigue siendo terreno de controversias. En marzo de 2008 una organización serbio-bosnia llamada “Asociación de las Familias de Victimas y Desaparecidos de Sarajevo Este” anunciaba su proyecto de erigir en la cumbre del Trebević una cruz de 26 metros de alto por 18 de largo, en conmemoración de los caídos serbios durante la guerra de Bosnia. La idea era que el monumento, aún hallándose oficialmente en territorio de la República Serbia, fuese visible desde cualquier punto de Sarajevo, al igual que la cruz que los croatas bosnios elevaron en el monte que domina Mostar. Finalmente el proyecto fue detenido por las vehementes protestas de la comunidad musulmana de Sarajevo, con el alcalde a la cabeza defendiendo el frágil proceso de reconstrucción de la confianza entre la población de distintos grupos étnicos, y por la intervención del Alto Representante de la Comunidad Internacional.
La guerra antes, los tratados después, con las nuevas geografías políticas que de ellos se derivaron, han marcado el territorio de Bosnia Herzegovina de una manera que queremos pensar que no sea indeleble. El tiempo lo cura todo, dicen: las heridas cicatrizarán, las aristas se suavizarán, las fronteras invisibles dejarán de ejercer su fuerza de repulsión sobre las personas. Pero mientras tanto, las recientes tentativas de dar al país una nueva Constitución, más sólida y racional, que supere la estéril contraposición entre las dos entidades, han naufragado. La imperante retórica del nacionalismo impide a los gobernantes abandonar sus graníticas posiciones, y entretanto a Sarajevo le sigue faltando un pedazo, su montaña. La misma montaña cantada por Kemal Monteno en aquella “Sarajevo ljubavi moja”, Sarajevo amor mío, convertida en un himno ciudadano: “hemos crecido juntos, ciudad, tú y yo / el mismo cielo azul nos regaló una canción / bajo el Trebević hemos soñado los mismos sueños / quién hubiera crecido más rápido, quién hubiera sido más bello”.
Hoy en día el Trebević ya no es el guardián de los sueños de los sarajevitas. La lluvia de plomo venía de ahí: la gente lo ha temido demasiado para poder confiar de nuevo en él tan rápidamente. Los recuerdos traumáticos, las minas, el uranio empobrecido; y además ese cordón umbilical que era el teleférico ya no une la ciudad con su inmenso parque. Pero no es del todo cierto que no quede absolutamente nadie: algunos nuevos frecuentadores se atreven poco a poco a pisar sus caminos. Está Franjo, un dálmata que se mudó a Sarajevo después de la guerra y que abrió hace unos años un refugio para alpinistas en un claro a los pies de la cumbre. Están también los Hare Krishna, que en verano vienen para merendar y meditar en los prados; dicen que aquí hay bioenergía. Están los skaters y los grafiteros, que de vez en cuando devuelven la vida a la pista de trineo. Están los amantes clandestinos, que aprovechan los aparcamientos desiertos para sus encuentros; como también una serie de personajes aviesos con los que a veces se topa uno, imaginando que quedan precisamente aquí, donde nunca viene nadie, para organizar quién sabe qué tráfico. Pero sobretodo están los pájaros: se habían ido al explotar el conflicto, y durante muchos años el Trebević había caído en un silencio pesado e impenetrable. Hace poco han vuelto: Tarik tiende el oído, los oye gorjear de nuevo después de tanto tiempo y casi se conmueve. Su canto tan banal, tan obvio en cualquier otro lugar, adquiere de repente un significado del todo nuevo: nos recuerda que la vida sigue pese a todo, pese a las bombas, pese a las minas, pese a Dayton.


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