dissabte, 29 de gener de 2011

Respuestas a preguntas de la revista "Filosofía Hoy"

Acaba de aparecer la revista “Filosofía hoy”, un intento de divulgar cuestiones y discusiones en el campo de la filosofía. Para su primer número me propusieron responder a un cuestionario de preguntas. Por razones de espacio, las contestaciones que le envié no han podido aparecer completas. He pensado que este espacio sería adecuado para brindarlas al completo.

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¿Cuál es su estado de ánimo frente a la sociedad actual?
Una mezcla de asco, rabia y odio ante la manera como la injusticia social, la miseria de una inmensa mayoría de seres humanos y su explotación se han convertido en hechos naturales frente a los que no se antoja inminente ni posible superación, ni siquiera una mejora. Frente a ese cuadro tan desolador, uno sólo encuentra indiferencia o cobardía. Especialmente me escandaliza la proliferación de un discurso biempensante y bondadoso que se llena la boca de invocaciones a las buenas prácticas, los buenos sentimientos y las ideas correctas. Esos hipócritas del virtuosismo y del exhibicionismo de la bondad me repugnan.

¿Cuáles son aquí y ahora las nuevas plagas de Egipto?
El paro, la falta de expectativas para los jóvenes, las nuevas y viejas formas de abuso social, la inaccesibilidad de la vivienda, el desmantelamiento del llamado “estado del bienestar”, la deserción de la izquierda, la hipocresía del ciudadanismo, la depredación del territorio, la política como factor de despolitización, la trivialización generalizada, las nuevas formas de sumisión que encubre la llamada “educación en valores”, la persecución contra la disidencia política, la desactivación de los antagonismos sociales, la renuncia a la lucha y la represión contra quienes todavía se empeñan y se atreven a sostenerla.

Aunque en currículo diga “antropólogo”, su pensamiento y obra le acercan a la tarea del filósofo, de modo que le preguntamos como al resto, ¿Cual es el papel del filósofo y la filosofía en la sociedad de hoy?
Jamás en ningún lugar me he presentado a mi mismo como “antropólogo”. Mi experiencia de campo no me haría digno de tal denominación. En cuanto a “filósofo”, menos todavía, procediendo de un ámbito disciplinar esencialmente empírico que ha tendido siempre a menospreciar el ensayo. En cuanto he tenido la oportunidad de hacer mi propia presentación, siempre la he hecho en tanto que “profesor de antropología”. Eso es lo que me considero. En cuanto al papel del filósofo, creo que debería ser la que siempre ha sido: procurar conceptos. Por desgracia, hoy por hoy se espera del filósofo –y éste a veces se presta- que contribuya a la banalización general como dispensador de opiniones más o menos sofisticadas.

¿Qué acción, descubrimiento o transformación puede hacer cambiar la sociedad a mejor?
Se me antoja especialmente urgente la invención de un sistema social, basado en la justicia, la igualdad y la libertad, en condiciones de servir de alternativa al capitalismo.

¿Hay algo, positivo o negativo que caracterice al hombre de hoy?
No conozco al “hombre de hoy”. He oído hablar de él, pero no sería capaz de pronunciarme sobre el temperamento, las virtudes y las carencias de un ser que, como el Yeti o el monstruo del lago Ness, nadie ha visto ni verá nunca en realidad.

¿Qué podemos aprender de la crisis?
Si se refiere a la crisis económica actual, nada nuevo. Su lección es la de todas las crisis que se han dado y que vendrán: que el sistema socio-económico que padecemos vive siempre en crisis. Es más: vive y se nutre de ella. Esa es su naturaleza. Pero habrá una crisis que será la última. Seguro. Igual es ésta; o la próxima. Pero tarde o temprano todo esto estallará en pedazos.

La última visita del Papa parecer dar actualidad al “anticlericalismo y misoginia” de uno de sus libros. ¿Cómo la valora?
Me molesta el anticlericalismo vulgar, puesto que, en general, detesto lo fácil. Y no entiendo cómo pueden considerarse tan trascendentes opiniones como las del Papa, que en principio sólo deberían interpelar a su feligresía. Que tantos y tan importantes no creyentes se pronuncien con tanta insistencia sobre los pronunciamientos papales me parece el signo más inequívoco del fracaso del proyecto de una sociedad realmente secularizada. En cuanto a su alusión a lo que he publicado sobre el contenido misógino del anticlericalismo del reformismo burgués y librepensador del XIX -Las palabras de otro hombre- sólo sería encontrable en la actualidad bajo formas muy pálidas.

¿Cómo sería su ideal o modelo de ciudad? ¿Conoce alguna que se le parezca?
No tengo ningún modelo de ciudad. Todo modelo de ciudad acaba intentando generar una ciudad modélica, en la que sólo acaban cabiendo ciudadanos modélicos. Una ciudad modelo realmente realizada sería una pesadilla: una colosal máquina de excluir. Por desgracia, Barcelona, mi ciudad, es o quisiera ser un ejemplo de ello.

¿Planea algún otro análisis u obra nueva que podamos conocer?
Estoy pensando en un libro en que formalizar asuntos en los que he estado trabajando y que tienen que ver con la dimensión inmisericorde y cruel que permite mantener en secreto todo orden social –incluso la pareja o el que encarna el propio individuo intentando convivir consigo mismo. Tengo el título. Se llamará Las instituciones atroces .

¿Qué frase suya representa mejor su pensamiento?
Reconozco que recurro con frecuencia a una que me sirve para evitar que mi escepticismo crónico se confunda con una llamada a la pasividad. Es como una coletilla. “No hay nada que hacer; lo que no quiere decir que no haya que hacer nada”.

¿Qué pensador actual le interesa particularmente y por qué?
Continúa fascinándome la sutileza y el sabio cinismo de Erving Goffman, en quien descubro la síntesis perfecta entre el pragmatismo de la Escuela de Chicago, la preocupación por lo microscópico de Tarde y de Simmel y la gran tradición del estructural-funcionalismo ortodoxo heredero de Durkheim, Mauss y Radcliffe-Brown. Llamo la atención sobre que Goffman no es propiamente un “pensador”, sino un científico social, y que tampoco es “actual”, al menos en el sentido de “con vida”.

Un libro clásico y uno reciente que no hay que perderse
El clásico, sin duda, todavía, Tristes trópicos, de Claude Lévi-Strauss; el más reciente, al menos entre aquello cuya lectura me marcó profundamente, La comunidad inconfesable, de Maurice Blanchot.

Su recomendación para vivir mejor
Que, parafraseando una gran canción de Julio Iglesias, siempre haya por qué luchar y a quién amar. O por quién luchar o qué amar, si se prefiere. Tanto da.

¿Ha sido importante para usted una figura como la de Nietzsche?
Es difícil no sentirse fascinado por la lucidez de Nietzsche. Sobre todo porque pertenece a una gran tradición de pensamiento trágico y negativo, al que también correspondería incluir a Kierkegaard, Chestov, Scheler o Unamuno, con sus precedentes en Lucrecio, Gracián, Montaigne, Pascal o Spinoza. Clement Rosset sería su representante actual. Sobre todo me conmueve el cruce de ese pensamiento con la escuela sociológica francesa del que el producto sería el Colegio de Sociología, con Bataille a la cabeza. Ese pensamiento no está en el núcleo de mi utillaje teórico, más bien fiel a los cánones teóricos y metodológicos clásicos de las ciencias sociales, pero se proyecta sobre él constantemente, a la manera de un especie de sombra maligna.

También en el número 1, nuestro dossier se pregunta “¿Existe Dios?” ¿Tiene hoy para usted sentido esa pregunta?
Estudié en el Seminario Diocesano de Barcelona, hace un cuarto de siglo que enseño antropología religiosa, escribí mi tesis sobre temática religiosa y he publicado lo que más valoro de mi trabajo investigador en ese mismo ámbito. En cambio, reconozco que nunca he tenido ni la más remota inquietud espiritual. Y por supuesto que Dios existe. Si no no estaría hablando de él ahora. Otra cosa es que a esa existencia como concepto le corresponda una existencia sustantiva. Esa cuestión me tiene completamente sin cuidado. Ni me la planteo.

Canals de vídeo

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