dilluns, 25 d’agost de 2014

Anticlericalismo e iconoclastia en Argentina. Nota a Roberto di Stefano sobre su "Ovejas negras. Historia de los anticlericales argentinos" (Sudamericana)

La iglesia de San Ignacio en Buenos Aires, profanada por los peronistas en junio de 1955
He leido atentamente tu Ovejas negras. Historia de los anticlericales argentinos (Editorial Sudamericana, Buenos Aires, 2010). Magnífico trabajo. El asunto del anticlericalismo sudamericano sabes que me interesa muchísimo y tu aportación es bien importante al respecto. Los paralelismos con el anticlericalismo de masas español son siempre relativos, es cierto, sobre todo por la presencia de ese fuerte componente iconoclasta que sabes que resulta central para mi. y que en el caso americano es comparativamente más inusual. Es cierto que el caso mejicano es especial, sobre todo a raíz de la aplicación bien radical que hace Carranza de los principios laicizantes de la Constitución del 17. 

Justo el otro día veía por la tele "El fugitivo", la versión cinematográfica que John Ford hace "El poder y la gloria", la novela que sobre ese periodo escribiera Graham Greene. Pero sobre todo lo que tenemos es el caso tan espectacular de la persecución callista en los años 30, que llegó a extremos delirantes en casos como el del gobierno de Garrido en Tabasco, sobre el que contamos con el indispensable trabajo de Martínez Assad, El laboratorio de la revolución (Siglo XXI). Recuerdo que, antes de conocer ese trabajo, fue mi amigo Kazuyasu Ochiai, que había hecho su trabajo de campo en Chiapas, que me habló de cómo se expresó este periodo en aquel estado. Me habló en concreto de cómo el gobernador Victórico Grajales desarticuló los intercambios de santos entre comunidades indias –chamulas, tzotziles, tzeltales, zoques, etc.–, a base de enviar agentes especiales dedicados a destruir sistemáticamente todas las imágenes de santos que encontraran, quemándolas en público o decapitando las de las fachadas de las iglesias. Son los «quemasantos» o /jchik´ryoxetic/ en tzotzil. Kazuyasu me regaló un ejemplar del libro en que trataba ese asunto: Cuando los santos vienen marchando. Rituales públicos intercomunitarios Tzotziles (Universidad Autónoma de Chiapas). Te lo recomiendo.

Aparte de eso, del caso del gobierno de Calles en México, poca cosa tenemos. Que yo sepa, y en el XIX, tenemos un anticlericalismo implícito, de clara inspiración masona, mi amiga Gloria Mercedes Arango me regaló hace años su La mentalidad religiosa en Antioquia (Universidad Nacional), donde habla de algún caso de agresiones contra miembros de clero, pero siempre a cargo de la soldadesca durante la guerra de 1876. Es decir, y para resumir, que lo que has publicado supone para mi, y para cualquier interesado en la comparación de las diferentes expresiones de lo que podríamos llamar eclesiofobia, si me permites en neologismo, un hueco a llenar pendiente importantísimo.

Tu repaso a la historia del anticlericalismo en Argentina a lo largo de los siglos XIX y XX –con sus precedentes en los finales del XVIII– es completísimo y te agradezco de veras que consideres mi aportación para el caso español de interés, en orden sobre todo a arrancar los análisis sobre este tipo de fenómenos de las lecturas que los contemplan desde una única perspectiva, que es como sabes meramente la de la historia de la instituciones políticas. La clave, lo sabes bien y lo aplicas, es cultural, en el sentido de relativa a los esquemas que permiten organizar significativamente la realidad y que debían ser modificados radicalmente en aras de la incorporación a las grandes dinámicas planetarias de modernización, es decir de secularización de los estados y las sociedades. Primera premisa: no hay anticlericalismo, sino anticlericalismos. Eso es cierto. El anticlericalismo debe ser entendido contextualmente, en relación con coordenadas políticas, sociales e históricas que son siempre específicas. Ahora bien, ese postulado típico para el particularismo histórico ha de ser completado con un esfuerzo comparatista, que permita ver repeticiones e inercias de más amplio espectro y con continuidad tanto histórica como geográfica. En ese orden de cosas. tu investigación incide con toda la claridad del mundo en algo en lo que he insistido siempre que he podido, que es poner de manifiesto que el anticlericalismo decimonónico como ideología, no se podía separar del proyecto de reforma burguesa de la sociedad, asociada a su vez con el programa librepensador burgués del XIX, con lo que ello implica de advertencia sobre cómo el anticlericalismo fue ante todo y siempre una ideología eminentemente burguesa y sólo por extensión, y como préstamo en cierto modo extraño y hasta parasitario y desviacionista, un elemento de los proyectos revolucionarios tanto socialistas como anarquistas contemporáneos. Y no se trata de negar la evidencia, que tú subrayas en las páginas 278-281, de que el ideario socialista o el anarquista no tuvieran componentes anticlericales. La cosa es que el anticlericalismo nunca fue nodal para ninguna de esas doctrinas, a diferencia de lo que ocurría con el radicalismo reformista, del que los republicanos fueron exponente en el caso español.

Es decir: impecable el repaso propiamente histórico de la opinión anticlerical. Pero has de entender que me haya fijado sobre todo en lo que podríamos llamar la dimensión violenta del anticlericalismo, es decir las expresiones de odio a las personas, lugares y objetos asociados al culto católico. Qué interesante lo de los disturbios antijesuitas de febrero de 1875, en el contexto de la contestación al triunfo de Avellaneda y del fracaso de la respuesta mitrista en forma de intento de golpe. Desde luego recuerdan muchísimo –parecen calcados– de los que se producen en Barcelona en marzo de 1901, como consecuencia del estreno en Barcelona de la "Electra" de Galdós.

Y, por cierto, que apasionante la historia de Castro Boedo y su iglesia neojansenista. Extraordinaria historia, si señor. 

Estaba ansioso por saber más del anticlericalismo peronista, sobre todo, y más todavía sobre los episodios de violencia de junio de 1955. Muchas gracias por la información que viertes en tu libro. La agradezco muchísimo. Voy a buscar como sea el libro de Florencio José Arnaudo del que hablas. Ya lo he localizado en internet. En cambio, no hablas prácticamente nada de los disturbios anticlericales a los que aludes en la Semana Trágica de 1919. ¿Por qué te los saltas? Es una pena, sobre todo cuando tu informe explica muy bien el contexto en que se producen los hechos. ¡Pero no los hechos!

Como te habrás imaginado, me he sentido absolutamente absorbido por lo que cuentas probando esos aspectos misóginos del discurso anticlerical. Me refiero al apartado que titulas "Maridos, esposas y confesores", en las páginas 290-296. Te cuento que me alegró que Álvarez-Junco aludiera a ese asunto y a lo que escribí sobre él en Las palabras de otro hombre en la conferencia que le invitamos a dar en las conferencias que organizamos con motivo del centenario de nuestra Semana Trágica, la de 1909 en Barcelona.

En lo que no tienes razón es en lo que apuntas en la página 286, cuando calificas como paradójicas las convicciones escasamente materialistas de las críticas anticlericales procedentes de publicaciones de signo esotérico, teosófico, ocultista, etc. Para nosotros chirría un poco, pero ese tipo de perspectivas eran parte del pensamiento librepensador e incluso socialista y anarquista de un buen periodo, que se extiende a finales del XIX y las primeras décadas del siglo XX. Tendrías que conocer los trabajos de mi colega Gerard Horta sobre la vinculación entre espiritismo y anarquismo en ese momento en Catalunya. Ha sacados dos libros fundamentales: Cos i revolució (Edicions de 1984) y De la mística a les barricades (Proa). Están en catalán. No es que te tenga que ser difícil entenderlos, pero si igual encontrarlos. Mira a ver si los consigues. Lo que te harán ver es que esa oposición materialismo-hermetismo es inexacta. Para los reformistas y revolucionarios, ese tipo de ocultismo asociado a la tradición teosófica era un pensamiento "científico", que planteada la accesibilidad por parte del individuo a otros mundos que, como dijeran luego los surrealistas, están en éste.

Sé que tengo pendiente una respuesta a un mensaje tuyo sobre el poder atribuido a las imágenes por sus destructores. La clave está en la diferenciación entre idolatría y fetichismo. Pero eso te lo plantearé en otro correo, que este es ya demasiado largo.


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