dissabte, 7 de setembre de 2013

"Madrid, riesgo y oportunidad".Fragmento de una conferencia en el Círculo de Bellas Artes, Madrid, febrero de 2006


Este es un extracto de la conferencia que di en el Círculo de Bellas Artes de Madrid, el 5 de febrero de 2005, en un acto de vindicación de la fábrica de la Tabacalera, organizado por la Red Lavapiés, cuando estaba en marcha la campaña en favor de la designación de Madrid como sede de los juegos olímpicos de 2012.

MADRID, RIESGO Y OPORTUNIDAD
Manuel Delgado

Como para los individuos, ciertas encrucijadas vitales les pueden servir a las ciudades para hacer balance de su pasado y su presente, al tiempo que convierten el futuro en proyecto. Tanto la sociedad como la Administración en su responsabilidad de sintetizar intereses e identidades encuentran en tales momentos clave la oportunidad de valorar cuál es el modelo de crecimiento a seguir o a generar y decidir si ese desarrollo va a tener en cuenta y va a aprovechar al máximo los recursos y las potencialidades humanas disponibles o bien va a preferir mantenerlas a raya, como un estorbo o incluso como un peligro. Esa es la diferencia entre la ciudad entendida como proyecto urbanístico, que se piensa sólo en términos de planes y planos, y la ciudad como proyecto urbano, esto es como perspectiva que entiende la vida de una ciudad como una fuente inagotable de creatividad social. La primera concepción deriva en lo que más tarde o más temprano acabará apareciendo como lo que es: un proyecto de mercado; la segunda quiere ser, por encima de todo, un proyecto de convivencia.

En ese sentido, en un momento en que está siendo evaluada sobre el terreno su idoneidad como sede olímpica en 2012, la ciudad de Madrid debería plantearse hasta qué punto Barcelona podría ser un referente a tener en cuenta, ya fuera para adoptarlo o para huir de todo lo que ha significado y en que ha acabado convirtiéndose. Porque es un prototipo de crecimiento urbano que ha podido antojarse atractivo –y que ha sido concebido para serlo, al margen de sus resultados reales– y porque su concreción ha dependido precisamente de la generación de grandes acontecimientos como las Olimpiadas, Barcelona podría el ejemplo de lo que Madrid no debería ser: una capital cuyas autoridades y cuyos publicitarios han convertido en una especie de marca comercial, una ciudad-negocio, un producto destinado a promotores, a turistas y a una ciudadanía de la que se espera que se avenga a colaborar en todo momento y acepte su papel como figurante en lo que ya es un colosal spot publicitario permanentemente activado. Cabe esperar, en ese sentido, que Madrid no se sienta tentado a seguir el fulgurante espejismo que le pudo brindar un día Barcelona, una ciudad-logotipo en que el azar horroriza y cualquier expresión de espontaneidad urbana es vista con recelo e inmediatamente sofocada. Cada vez más monitorizada, cada vez más convertida en puro escaparate, Barcelona es una ciudad en que todo está en venta, incluso ella misma como un objeto de consumo más.

Es cierto que se ha querido y se ha conseguido hacer de Barcelona un modelo. El Fórum Universal de las Culturas lo confirma una vez más. Pero un modelo, ¿de qué? La respuesta es que Barcelona ha sido un modelo de proyecto alucinante y visionario de ciudad, juguete en manos de planeadores que se han creído que sus designios y su voluntad ordenadora de las instituciones a las que sirven eran suficientes para superar y hacer desaparecer los conflictos, las desigualdades, los malestares, los fracasos... Modelo de una vocación fanática de transparencia, el destino de la cual ha sido constituir una ciudad legible y, por tanto, obedecible y obediente. Modelo de simplificación identitaria, a la búsqueda de una personalidad colectiva estandarizada que sirva al mismo tiempo para crear cohesión ciudadana entorno a los valores políticos hegemónicos y la esquematización propia de un producto comercial como cualquier otro modelo de un intervencionismo tecnocrático que concibe el plan urbano como plan moral. Modelo de despotismo centralizador, que ha hecho muy poco para promocionar la democracia participativa, que se ha aprovechado del debilitamiento del movimiento vecinal y que se ha mostrado hostil contra unos movimientos sociales cada vez más activos. Pero lo más importante es que todas las políticas urbanísticas desarrolladas en Barcelona han sido guiadas, en los últimos 25 años, por la voluntad de modelar la ciudad y modelarla no sólo para hacer de ella un modelo, sino para hacerla modélica, es decir ejemplo ejemplarizando, referente a seguir de lo que ha de ser una ciudad plegada a los lenguajes que la ordenaban ordenarse y mostrarse ordenada.

El objetivo: una ciudad urbanística, es decir, desurbanizada, dotada de poderosos mecanismos antipasionales, tranquilizada... Sueño dorado de una ciudad sin rabia, sin lugar donde esconderse, sin vértigos, sin ciudad. El urbanismo, como una de las fases de la politización de la ciudad, frecuentemente se comporta como una proyección que pretende orientar las percepciones y las conductas, tanto de los grupos como de los sujetos psicofísicos, y que presupone sus destinatarios como una especie de masa pasiva que se reduce sumisamente a sus designios. En los planos y en las maquetas de los planificadores de ciudades no hay personas, sino sólo formas puras, virginales, no contaminadas por otros hitos que no sean los de contribuir entusiásticamente a un sosiego absoluto, sin turbulencias, sin alteraciones, sin sobresaltos, fuera de las excepciones que corresponda y cuando corresponda. La Barcelona de los arquitectos y los urbanistas es una ciudad donde reina la paz eterna, la conformidad y donde todo el que vive se porviene a colaborar. Ocultando el verdadero núcleo de las dinámicas urbanas a lo largo de la historia, el debate entre los intereses implícitos de una mayoria y la normativización social por medio de la cual se expresan los intereses de una minoría. Los ciudadanos: una especie de excipiente sobre el cual se aplican fórmulas y proyectos.

Una concreción de cómo está funcionado lo que se ofrece como “modelo Barcelona” lo tenemos en las políticas de “rehabilitación” del Raval –el núcleo más duro y vital del casco viejo–, que ha sido literalmente reventado para revenderlo a clases medias deseosas de sumergirse en un pasado histórico y cultural venerable, del que la historia y la cultura reales han sido ahuyentadas definitivamente. Para ello, se han levantado en lugares estratégicos grandes instalaciones culturales –MACBA, Santa Mónica, CCCB, Filmoteca...– destinadas a “mejorar la imagen” del barrio, como si éste necesitara ser redimido de una realidad difícil, pero creativa, oficialmente percibida y divulgada como indigna, incompatible con la imagen de marca que una ciudad-márketing quiere proyectar de si misma.

El Raval debía ser el último reducto a conquistar en ese esfuerzo por reconstruir una Barcelona de la que hubieran sido expulsados para siempre el conflicto, la incongruencia y el azar. Objeto de todo tipo de iniciativas higiniezadoras, regeneradoras y de esponjamiento, redimido por la emergencia de grandes templos consagrados a la diosa Cultura –sin duda la nueva religión de Estado–, el núcleo duro del casco antiguo de Barcelona no podía continuar resistiéndose a formar parte del magno spot publicitario en que debía convertirse la ciudad. La principal de esas intervenciones tuvo que ser la Rambla del Raval, un brutal hachazo que abría en canal el barrio para contener como fuera el avance de lo inorgánico. En nombre de la uniformización moral, política y estética de la ciudad debía morir todo aquello que estimuló la imaginación literaria de Pierre Mac Orlan, de Genêt, de Mandiargues, de Eduardo Mendoza, de Henry Miller, de Josep Carner, de Italo Calvino, de Vázquez Montalbán, de Malraux, de Bataille... Y eso se logró. El barrio chino ya no existe. El Distrito Quinto es sólo el decorado que reconocemos en películas como Bilbao o Sinatra. En nombre de la eliminación de ambientes carentes de calidad se han demolido manzanas enteras, bajo cuyos escombros quedó la memoria diseminada y en murmullo de generaciones de vida urbana.

Pero hay un genio maligno que devuelve las cosas siempre a su sitio, a base de pasarse el tiempo desorganizándolas. Allí donde había una tienda de gomas y lavajes, se abrió un locutorio para inmigrantes; donde había una vieja tienda de ultramarinos, un videoclub de películas pakistaníes; las viejas bodegas supervivientes conviven al lado de carnicerías coránicas; donde se levantaba un meublé, el local de algún movimiento social alternativo. Se creyó que hasta las prostitutas obedecerían las campañas municipales contra lo feo y lo inconveniente y se disolverían en la nada, pero, con la piel más oscura, continuan estando donde estaban. Muchos emprendedores profesionales que intentaron colonizar aquel territorio salvaje se arrepienten ahora de haber tenido fe en el gran sueño barcelonés y ahora se sienten acechados por la vida que les rodea. Como buenos estetas antirracistas, llevan a sus hijos a colegios fuera del barrio, para evitar un contacto excesivo con los hijos de la pobreza.

Por donde antes proliferaban historias sórdidas sobre crímenes y pecados, ahora circulan otras cuyos protagonistas no son proxenetas o despechados, sino pederastas y otros seres del subsuelo social. En los nuevos bloques de protección oficial y en las plazas sin bancos la gente cuenta y vive historias nuevas que son siempre las mismas. Muchos miserables que antaño habitaron la zona se han mudado o se han extinguido, pero otros miserables –con otros acentos– han llegado en masa a hacinarse en su lugar. Los diseñadores urbanos han descubierto que un entorno de calidad no basta para vencer la injusticia y la marginación. Ni en las reproducciones maquetadas, ni en los prospectos de promoción había drogadictos ni delincuentes; en cambio, en las calles sí. En paralelo, los jóvenes –de aquí y de otros sitios– acuden en masa al más viejo y desinhibido de los barrios para reunirse o para vivir. La apertura de nuevos centros universitarios en la zona –miles de estudiantes concentrados en un área ya de por si hiperdensificada– acabará de convertir el Raval en una auténtica olla a presión, un espacio en el que, ya ahora, en cualquier momento puede pasar cualquier cosa.

Una ciudad ejemplar y sosegada, hecha de rectas y curvas perfectas, cerca el Raval. Los especialistas en ciudad pensaron que todo era cosa de propuestas, acciones inmediatas, remodelaciones, planes estratégicos, proyectos, decretos y tipificaciones. Se creyó que el barrio se prestaría a trocar mágicamente sus imperfecciones sociales por la impecable paz de las representaciones y los proyectos. En sus sueños, los arquitectos y los gestores sólo veían vecinos agradecidos, nuevos inquilinos, comerciantes con iniciativa, ávidos inversores e incluso turistas, en un Raval monitorizado y amable. Lo que han descubierto al despertar es que, a pesar de los vados de diseño y los equipamientos sociales, aquello continúa siendo lo que Bohigas llamó una vez “un nido de nostalgia y de problemas”. Se quiso hacer legible y significativa aquella neblina oscura a ras de suelo que era Ciutat Vella, pero se olvidó lo que el Raval hacía evidente: que la ciudad no es, nunca ha sido ni será, un texto, sino una textura.

Ajena a las pretensiones de los planificadores –tan soberbios, tan ingenuos–, la ciudad va a la suya. Sabe que la nutre lo mismo que la altera. Para demostrarlo, el Raval vive tremendas transformaciones, mutaciones vertiginosas, sorprendentes cambios morfológicos y sociológicos..., que le permiten continuar siendo lo que fue: el reducto desde el que resiste y triunfa lo inquieto y lo inquietante, lo complejo y lo insumiso, todo aquello que constituye lo opaco de las ciudades, lo que no deberíamos dudar en definir como lo urbano por excelencia.

Madrid corre el riesgo de seguir ese mismo camino que la Barcelona de las Olimpiadas y los Fórums de las Culturas le presenta como seductor, pero que es fracaso irrevocable de lo social. Desde luego, el Plan de Revitalización del Centro Urbano de Madrid (PERCU) tiene todo el aspecto de haber asumido ese “modelo Barcelona” como referente para hacer de Madrid una ciudad que se maquilla para, ocultando sus vergüenzas y sus verdades, resultar atractiva a los enviados olímpicos y, con y tras ellos, a los inversores y a los turistas.

Tomemos como ejemplo el caso concreto, que estos días se debate, del edificio de Tabacalera en Madrid. Con relación a la Fábrica de Tabacos de la calle Embajadores se dirime cuál es la vía a seguir: la de intentar “salvar” uno de sus barrios más apasionados y apasionantes por medio de la correspondiente instalación “cultural” de diseño, encargando su reforma a algún arquitecto-estrella de moda, o bien la de abrir la antigua fábrica a nuevos usos que la pongan a disposición de las energías sociales que la circundan. Que los proyectos del Ministerio de Cultura prevean la ubicación allí de dos museos –artes decorativas y reproducciones artística, continuando el eje cultural del Prado– destinados a “revitalizar el área urbana”, con el fin de “obtener la máxima rentabilidad cultural, social y económica”, según reza el proyecto, evoca inevitablemente el tipo de intervenciones redentoras que han pretendido “rescatar” el Raval de Barcelona y convertirlo en polo de atracción para el turismo “de calidad” –de dinero–, al tiempo que punto fuerte de la Cultura como nueva religión de Estado. “Revitalizar” el centro querría decir entonces lo que ha querido decir en Barcelona: museificarlo, embalsamarlo, expulsar de él y sus alrededores cualquier sombra de cultura viva.

La alternativa que presentan los sectores más dinámicos y fértiles del barrio busca constituir la antigua Fábrica de Tabacos en continuación de lo que fue de la mano de sus trabajadoras, las cigarreras, es decir en centro y motor de un barrio popular de Madrid llamado Lavapiés, cuya vida real no ha sido ni sustraída, ni disimulada. Con o sin Juegos Olímpicos, quienes viven en Madrid o quienes sólo lo amamos no merecemos verlo convertido, como Barcelona, en un espectáculo de pago. Madrid merece seguir siendo lo que, para bien o para mal, su gente, que no el dinero, ha hecho de él.


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