dimarts, 3 d’agost de 2010

Sobre la tauromaquia de Michel Leiris

Como parece que interesan las interpetaciones que de las corridas de toros se han hecho desde la antropología, me permito traducir algo de lo que escribí en un artículo titulado "Tauromachia Leirisa wcielona w nas" (en español sería algo así como "La tauromaquia de Leiris hecha carne entre nosotros"), que apareció en el número LXI/3-4 (2007) de la revista polaca Konteksty, un monográfico en homenaje Michel Leiris. Por si a alguien le es útil.
Leiris aparece como un de los precedentes más destacados de la lectura en clave erótica de la fiesta que algunos autores hemos formalizado desde la antropología. Determinados paradigmas de la ideología sexual hegemónica se reconocían representados en la metáfora que la corrida dramatiza: el dominio seductor, la nueva exaltación de la virginidad, la androginización, la asociación sexo/muerte, la espectacularización de la relación amorosa, las estratagemas de fascinación... Su teoría sobre los toros, íntimamente relacionado con una línea de pensamiento de la que Georges Bataille sería el otro gran exponente ¬–sobre todo en El erotismo (Tusquets)– se plasmó en dos obras singulares: De la literatture considerée comme une tauromachie, de 1939 –uso alegórico del toreo para referir la aventura confesional que había supuesto Âge d’homme, una de sus autobiografías (en castellano en Tusquets)–, y, antes, en 1937, Miroir de la tauromachie (Fata Morgana), con ilustraciones de André Masson (una de ellas ilustrando esta entrada), donde articulaba las ideas surrealistas sobre la sexualidad con las teorías expresadas por Henri Hubert y Marcel Mauss en su célebre ensayo sobre el intercambio sacrificial.
Tenemos, en primer lugar, la tipificación leirisiana de la tauromaquia como ejemplo de una coincidentia oppositorum sólo comparable con la que viven los amantes: “Sólo es en la actividad pasional que conocemos iguales tensiones seguidas de calmas, igual sucesión de aproximaciones y distanciamientos, idénticas montañas rusas de ascensiones y descensos... intersección de una unión y de una separación , de una acumulación y de un despilfarro” (Miroir…) .Esa es la idea que vemos esgrimida por la nueva “metafísica del deseo”, como Deleuze y Guatari, cuando hablan del deseo como “esencia de carencia” (El Antiedipo, Barral). O Lyotard, al escribir: “Lo esencial del deseo estriba en esa estructura que combina presencia y ausencia, existe el deseo en la medida en que lo presente está ausente a sí mismo, o lo ausente presente. De hecho el deseo está provocado, establecido por la ausencia de la presencia, o a la inversa” (¿Porqué filosofar?, Paidós). O, para acabar, Barthes: “Deseo del ser presente: la languidez superpone los dos deseos, sobrepone la ausencia en la presencia” (Fragmentos de un discurso amoroso, Siglo XXI).
Para Leiris, todo el juego al que se abandonan toro y torero consiste en acercarse lo máximo posible..., sin llegar a tocarse hasta el final, cuando el matador lo considera oportuno. El torero es un “escamoteador.” Su virtud reside en embaucar, en ofrecer lo que no piensa conceder. Es un mentiroso, puesto que su actuación consiste en encadenar una tras otra, “como en una fuga”, sus “engaños”.Toda la ideología sexual posmoderna se basa precisamente en esa fraudulenta concitación del instinto. Todo el esfuerzo que hoy se hace para gustar responde a esa mecánica. Lo que importa es ver y ser visto, negociar entre miradas que presuponen deseos, desencadenar la pasión en los ojos, en el tacto, en el olfato, y para ello están todas las prótesis provistas por la moda. Como el torero, se coquetea, se engolosinan los instintos, pero se mantienen las distancias –a veces, mínimas– para conjurar la realización de lo que se ha despertado. Barthes lo explica: “Para mostrarte dónde está tu deseo basta prohibírtelo un poco. X.... desea que esté allí a su lado, pero dejándolo un poco libre (Fragmentos…). Ligero, ausentándose a veces, pero quedándose no lejos; es preciso, por un lado, que esté presente como prohibido (sin lo cual no habría deseo válido)... Tal sería la estructura de la pareja realizada: un poco de prohibición, mucho de juego¸señalar el deseo y después dejarlo.” En una de las ilustraciones del Miroir de la tauromachie, Masson dibuja una capa en cuyo centro se estremece una colosal vagina. Como pensando en ella sin saberlo, Bruckner y Finkielkraut exaltan en El nuevo desorden amoroso (Anagrama), “un estado corporal de conexión absoluta en el que el organismo, dotado de una dimensión suplementaria, se muestra atento a las menores invitaciones, el despliegue de mil antenas, la abertura en el centro de un lugar de acogida del mundo.”.
Es curioso constatar cómo, en Leiris, el éxtasis no se encuentra, como la sexología utilitarista sontendría, en el momento final, sino en la intervención del coro, los olés y aplausos del público: “El sortilegio se desvanece: después de tantas caricias cada vez más lacinantes, los dos partenaires se separan, ahora extraños el uno al otro. Es entonces cuando la ovación del público estalla y corona el conjunto..., y será sin duda apropiado hablar, en su sentido admitido tanto como en el más trivial sentido de la palabra, de la ovación como una descarga, –descenso del potencial nervioso, idéntico a un acceso de fiebre, al mismo tiempo que eyaculación que tiene por esperma los bravos”. Leiris hubiera deseado un acto de amor infinito, una corrida interminable que evitara lo que él llamaba su “conclusión optimista.”
Nos encontramos aquí ante dos elementos importantes. Por una parte, el papel que en la espectacularización del amor neobarroco actual desempeña el público. De hecho, la sexualidad funciona hoy como una jurisdicción mucho más ocular que genital. La seducción deviene un acto exhibicionista, en el que lo que importa –como en la corrida– es tanto fascinar por exposicion al contrario –el toro o cualquier otro ser al que se pretenda dejar prendado– como al público que presencia la acción, una acción que, precisamente porque se constituye en ritual, no puede de ningún modo quedar ocultada por el biombo de la privacidad, puesto que existe por y para quienes asisten a su puesta en escena. El público: “Ese tercer partenaire tan indispensable que son los espectadores, neutrales o no, para una verdadera orgía” (todas las citas de Leiris son del Miroir…).
Por la otra, la negación del principio finalista que concebiría la relación toro-torero sólo como un proceso conducente a una determinada finalidad –la muerte del animal. Lo que verdaderamente cuenta no es, para Leiris, la utilidad de la acción ritual sino el proceso, sus incidentes y sus riesgos. Este axioma nutre la nodalidad de la razón sexual posmoderna. Para ella, toda relación –de cualquier tipo– no gobernada por una economía libidinal. Lo real es un sistema de objetos e impulsos catectizados, esto es, impregnados de energía libidinal. No hay más codificaciones que las que propicia el deseo. “Todo espacio es espacio del deseo, es espacio libidinal.”, escribe Lyotard en Discurso, figura (Gustavo Gili). En ese contexto programático, el imaginario sexual tardocapitalista rechaza la orgasmolatría y la genitocracia impuesta por Reich y Masters y Johnson, reivindicando la mística de un deseo infinito e infinitamente insaciable, cósmico, flotante, traspersonal, sucesión de secuencias interminables sin objeto real. Deleuze y Guatari lo enunciaban así en su Antiedipo: “Sólo el deseo vive sin tener fin.” Barthes, por su parte, lo plantea de esta forma: “En realidad, poco me importan mis oportunidades de ser realmente colmado. Sólo brilla, indestructible, la voluntad de saciedad.”. Baudrillard entendió perfectamente ese sentido taurino de la renuncia al finalismo en sexualidad, cuando se refería a la seducción como “un proceso circular, reversible, de desafío, de puja y de muerte” (De la seducción, Anagrama).
Sorprende la lucidez de Leiris cuando, descalificando la condición decepcionante de la conclusión en la corrida, está inconscientemene profetizando un modelo sexual como el que ha acabado por ser asumido en Occidente, en el que ha quedado desacreditado el productivismo erótico y el culto al orgasmo a favor de una sexualidad sin litorales: “De igual forma que se pasa del sentimiento de plenitud a la desilusión, el vacío así producido, la percepcion de una carencia y todo lo que una lesión tal tiene de insoportable no puede más que provocar una nueva aspiración de su insuficiencia lo que ha derrotado al amor, aunque nuestra propia desesperación lo haga resurgir, de manera que, si toda plenitud aparece forzosamente como amplificación de un desgarro..., todo desgarro sentimental tomará recíprocamente figura de ruta abierta, de precio pagado por una nueva partida, a la vez que, medida de nuestra vida –es decir, de nuestro infinito-, aparecerá como una revelación.”20 En el amor y en los toros –estetización ambos de pulsiones provenientes de la líbido–, el paroxismo, la posesión del objeto deseado, equivale a una muerte. Por supuesto que la inquietud reinante a lo largo de la década de los 80 y principios de la siguiente, de una pandemía inminente causada por el sida no hacia sino fundamentar tal asimilación.
La fiesta comparte con el erotismo otra cualidad: la estética. Según Leiris, “strictu sensu, el erotismo puede ser, en efecto, definido como un arte de amor, una especie de estetización del simple amor carnal, que se encarga de organizar en una serie de experiencias cruciales”. La corrida funciona, así pues, como el equivalente estructural del erotismo: “Así, la tauromaquia, más que un deporte es un arte trágico, en el que se rompe, soliviantada por las potencias dionisiacas, la armonía apolínea”. El toreo y el erotismo funcionan, idénticamente, “bajo la forma de juego, de lujo, de placer tomado al margen de cualquier consideración de utilidad”. Nos hallamos, de esta forma, ante otra de las intuiciones de Leiris a propósito de una estética relacional como la dominante en los últimos tiempos. Varias de las maneras de nombrar la contemporaneidad –neobarroco, era del vacio, década vanidosa, imperio de lo efímero, era del diseño- han aludido a esa impregnación estetizante que permite contemplar lo presente como un dominio de la moda y los criterios cosméticos. Este sometimiento a los principios bellos ha afectado especialmente al campo de la sexualidad, que parece querer deshacerse del materialismo genital de la etapa precedente, la llamada revolución sexual que estalla a finales de los 60. Leiris habla, es cierto, de toros, pero está dibujando sin saberlo las líneas esenciales del papel de la gracia en ese nuevo amor cortés que tanto singulariza los ámbitos de la tardomodernidad.
Leiris, con su tesis del toreo como coincidentia oppositorum, aplica a lo que ocurre en el redondel la calidad que Bataille, su gran compañero de viaje en la aventura del Colegio de Sociología, atribuía a la experiencia libidinal: “La sustitución del aislamiento y discontinuidad del ser por un sentimiento de continuidad profundo”. La “fusión completa”, la “comunión total de dos seres” a la que se dirige procesualmente el rito taurino tiene como consecuencia, y dada la condición feminoide del torero, una hermafroditización. Leiris deviene precursor aquí de un ambiente sexual que parece marcado por la feminización de las relaciones y por la conversión de la mujer de objeto en modelo sexual. Las leyes de la atracción que el torero ejecuta en la arena reproducen una acepción netamente “femenina” del erotismo, la misma que hoy hegemoniza crecientemente la representación de una sexualidad que cada vez más eso: representación: una voluptuosidad polícroma, sugerente, degustativa, circular; una carnalidad sin centro, psicológica, holística: un deseo polimórfico inabarcable y críptico.
El otro gran vector de anticipación leirisiana es el de la auto-referencialidad del amor y del erotismo, y, por extensión, del narcisismo que inevitablemente los preside. La misma metáfora que plantea sugerir la tauromaquia como espejo se sitúa en esa dirección: “Identidad, si se quiere, de fondo y forma, pero, más exactamente, paso único revelándose el fondo a medida que le daba forma capaz de ser fascinante para los demás y capaz de hacerle descubrir en sí mismo algo homófono a ese fondo que me había descubierto. Sabemos que Leiris no escribió otra cosa en toda su vida que autobiografías. Si la tauromaquia funcionaba en La literatura considerada como una tauromaquia como una evocación de los propios riesgos de la confesión –poética o camuflada de etnografía-, también cumple su función para revelarnos a nosotros mismos en la dimensión de nuestra propia sentimentalidad y de nuestro sexo: “Analizado bajo el ángulo de las relaciones que presenta, especialmente, con la actividad erótica, el arte tauromáquico revestirá, puede presumirse, el aspecto de uno de esos hechos reveladores que nos esclarecen acerca de ciertas partes oscuras de nosotros mismos en tanto actúan por una especie de simpatía o similitud, y cuyo poder emotivo se origina en lo que tienen de espejos que devuelven, objetivada ya y como prefigurada, la imagen misma de nuestra emoción.” O: “Imagen de ese continuo movimiento de basculación que, cuando lo percibimos claramente, nos llena de éxtasis y de vértigo porque es, sin duda, el símbolo más adecuado de lo que es en verdad el transfondo de nuestra vida pasional”.
Leiris y su tauromaquia se han hecho carne entre nosotros, han escapado de los límites de su naturaleza como obras de especulación intelectual para ser reconocibles casi como instrucciones de comportamiento culturalmente institucionalizadas. Dicho de otro modo, la vida social –y no sólo sexual– es la que está regida por las relaciones de incertidumbre, por las intermitencias, por los códigos de la fascinación, por el delirante culto a lo bello, por la teatralización y el engaño de los que lo que ocurre en el ruedo es modelo de y modelo para. No es el toreo lo que constituye una sala de espejos, es hoy la vida misma la que lo hace. Como en el toreo, todo se ha transformado en un juego peligroso regido por el metalenguaje y los movimientos casi ajedrecísticos de la seducción. Todo está orientado por esa misma obsesión que el torero despliega sobre la arena: concebirlo todo bajo la forma de estratagemas de atracción y disuasión, forzar la intersección, enfrentar las astucias. He ahí el “juego de influencias recíprocas”, la “interacción de contrastes” que para Leiris era la tauromaquia.
El carácter dislocado que Michel Leiris atribuía al toreo es el mismo que los teóricos de la posmodernidad hallan en un referente de sociabilidad hoy dominante. Leiris reitera en varios momentos la imagen del carrefour (“intersección”) para enfatizar la geometrización taurina del erotismo. Esa intuición vale hoy para el dominio de todo lo cotidiano y para describir nuestra presencia en él. En la plaza, lo que cuenta, lo que es, es ante todo ese instante tremendo y conmovedor en que el torero y la bestia –el Yo y el Otro- se cruzan sin tocarse.

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