dijous, 28 d’agost de 2014

Acerca de la teoría de las "etapas" del urbanismo barcelonés. Nota para la doctoranda Muna Makhlouf

He encontrado una cosa que escribió Manuel Vázquez Montalbán ha raíz de declaraciones de Maragall vindicando su figura, “glosando la catalanidad posibilista de Porcioles y situándola por encima de otros catalanistas que, compartan o no sus idearios, tienen un claro pasado de luchadores antifranquistas, es decir, antifascistas”. Más adelante, el mismo texto, escribía: “De hecho, Maragall ha asumido la Gran Barcelona, el proyecto de Porcioles, no porque coincida exactamente con su ideal urbanístico original, sino por mandato genético: el estamento social es origen y fin y se ha hecho una Barcelona tal como la había pretendido la burguesía novecentista, cómplice en el fusilamiento de Ferrer Guardia y en parte mecenas del golpe franquista; burguesía que estuvo en condiciones de, pragmáticamente, negarse a publicar a tiempo un artículo de Joan Maragall en el que pedía perdón para el presunto inspirador de una de las tendencias culturales dominantes en la clase obrera catalana de su tiempo”. La conclusión no podía ser más tajante: “Si Porcioles ha sido tan positivo para Barcelona y la catalanidad, que caiga el peso de la sanción histórica más condenatoria sobre los que le cuestionaron y le crearon dificultades para ultimar su preclaro proyecto. Reivindiquemos a Porcioles, que ya le llegará el turno a Franco” (“La limpieza étnica de los señoritos”, El Pais, Barcelona, 14 de septiembre de 1993).

Lo que me gustaría es detenerme en algo de lo que hemos hablado a veces: la evolución en si de las políticas municipales en la etapa que sigue a lo que se da en llamar "
transición democrática", en la que, como sabe, suelen reconocerse diferentes etapas. Viene a colación porque releo el último número de la revista Carrer, la revista de la FAVB, que es una consideración a propósito de lo que supuso el anuncio de la designación de Barcelona como sede de las Olimpiadas en 1987. Se la guardo, porque está muy bien. Un buen balance de lo que supuso aquella oportunidad para dar impulso a la reconversión de Barcelona para incorporarla al gran concierto de ciudades-vitrina, las ciudades globalizadas de las que habla Sassia Sasken. Es un suplemento interior con motivo de la designación ahora de Río como sede de los próximos juegos. Lo abre un artículo de Horacio Capel, "Los Juegos Olímpicos, entre el urbanismo, el márketing y los consensos sociales". Hay otro que le interesará especialmente: "Ciudadanía y transformación olímpica en el levante barcelonés". Y uno, "El moviment veïnal de Barcelona devant els Jocs Olimpics", de Andrés Mata y Albert Recio, que me parece especialmente interesante. Sobre todo porque plantea como aquello no fue sino el arranque de una dinámica en la que ya encontramos todos los ingredientes de lo que había sido bajo el último franquismo y continuo siendo en democracia formal un modelo de ciudad basado en la especulación y la espectacularización. La consideración de los hoteles como "equipamientos" se traduce en lo que es hoy la devastadora Ley de Hoteles y la Vila Olímpica encontró en el 22@ y Diagonal Mar su continuación natural.

Eso desmiento la "teoría de las etapas" de la que hablamos. En teoría, un primera etapa se extendería desde la restauración parlamentaria a ese momento de 1987. Se trataría, se afirma, de un primer momento en que el cambio político abre la perspectiva de realización de las ilusiones democraticistas que encarnó la oposición antifranquista y los movimientos vecinales. Este ambiente se tradujo en la apertura o remodelación de parques, la generación de espacios públicos creativos o la siembra en el territorio de equipamientos civiles o culturales. Se trata de una etapa, más moralista y moralizante, de reconstrucción formal y simbólica de Barcelona, orientada por un cierto despotismo ilustrado, inaugurada con el nombramiento de Oriol Bohigas como delegado de urbanismo por Narcís Serra, el año 1977, con un papel protagonista asignado a Joan Busquets y su proyecto de generación de lo que se designó como nuevas centralidades. Ese periodo ilusionado e ilusionante resultó alterado cuando se confirmó la designación de Barcelona como ciudad olímpica en octubre. Ello supuso el punto de partida para extraordinarias operaciones urbanísticas y de ingeniería que implicaron, a su vez, la entrada en escena de los grandes operadores inmobiliarios, de seguros, bancarios, etc., que hicieron prevalecer los imperativos de las dinámicas de mundialización capitalista. Después vino el paréntesis de crisis inmediatamente posterior a la celebración de los Juegos Olímpicos de 1992, en que se produjo una pérdida de inercia como consecuencia de las deudas municipales contraídas y la necesidad de acabar proyectos inconclusos. Luego de ese impase, empezó a desarrollarse una cuarta fase, en la que todavía nos encontraríamos, más pragmática y asociada de manera descarada a la nueva economía y a la renuncia en gran manera a un proyecto global de ciudad, aspectos no rectificados por la designación de Josep Antonio Acebillo como arquitecto jefe por el alcalde Clos. Una etapa, ésta, que traiciona –se afirma– las anteriores –sobre todo la primera– y se define por la aclimatación a las dinámicas globalizadoras internacionales, con planteamientos más aleatorios, que utilizan otras escalas territoriales y hacen prevalecer la red o la malla y la acumulación de intervenciones de apariencia autónoma y sin vocación de coherencia. Un arranque impulsado por ideas de centralidad, estructura, congruencia, estrategia; las posteriores de creciente renuncia a tales principios y desembocando en una –la actual– más bien difusa, borrosa, acentral, acontínua.

Esa teoría de la "traición" es la que está sosteniendo últimamente, que que le reprocha a esa supuesta nueva etapa su renuncia al “urbanismo ciudadano y redistributivo que define el ‘modelo Barcelona’” (“Barcelona y su urbanismo. Éxitos pasados, desafíos presentes, oportunidades futuras”, en Jordi Borja y Zaida Muxí, Urbanismo en el siglo XXI, UPC, p. 178). Tiene que leerse, cuando pueda, su último libro: Luces y sombras del urbanismo de Barcelona (UOC), en el que, por cierto, me coloca en el capítulo de las posturas "antisistémicas", lo cual no deja de enorgullecerme. Pero me alegra de veras esa reconsideración en clave crítica que hace del modelo Barcelona, que en cierta forma él mismo contribuyó a forjar. Pero vamos a lo que le estaba diciendo. Esta secuencialización de la historia de las políticas urbanísticas en Barcelona y su presunción de que existe una dinámica de pérdida y decepción es del todo discutible. Lo que podríamos llamar "etapa Fórum" no es la negación de la fase preolímpica, sino su continuación, en tanto es en muchos sentidos –sobre todo en los más negativos– deudora de las que la precedieron. No podría ser de otra manera, pensando que José Antonio Acebillo formaba parte del equipo de Oriol Bohigas, siempre siguiendo esta dinámica de la que te hablaba en mi anterior correo y en la que los personajes centrales de una fase aparecen protagonizando también la siguiente y garantizando la continuidad. 

Lo que fue la aberración del nudo viario de la Plaça de Glòries es una buena muestra de hasta qué punto Barcelona lleva tiempo sometiendo sus iniciativas infraestructurales al imperio del coche, y es una obra inaugurada en enero de 1992. La subordinación a los intereses de los grandes promotores inmobiliarios es posible que haya determinado la organización final de la desembocadura del Besòs, pero no se puede decir que la edificación de la Villa Olímpica y de la estructura viaria anexa pueda presumir de haber sido ajena a este tipo de determinantes procedentes del papel central del mercado en las decisiones urbanísticas. Las recalificaciones sospechosas y la dimisión de las autoridades municipales a la hora de fiscalizar operaciones inmobiliarias cuanto menos “extrañas” han sido constantes a lo largo de todas las fases en que se quiera dividir la historia de la Barcelona de los últimas tres decadas. La escandalosa recalificación de los terrenos del campo del Espanyol, por ejemplo, tiene lugar durante el mandato de Maragall, mucho antes de la generalización de este tipo de casos, con ejemplos tan significativos como la instalación de El Corte Inglés en Nou Barris, las tribulaciones del edificio de Telefónica en la Avinguda Roma, la condena de la Colònia Castells en Les Corts, los solares de Gas Natural en el Besòs, la Sandoz en Sàrria, la Clínica Quirón en Gràcia o de la Bayer en el Eixample, entre otros muchos.

Recuerdo que en uno de los fascículos de la obra apologética Historia de Barcelona, que se distribuía con un diario tan servil como es El Periódico de Catalunya a mediados de los años 90, podía leerse (guardo el ejemplar en casa): “En esos años, junto a la arquitectura culta o artística, en Barcelona prosperó otra de carácter mucho menos exquisito, a menudo falta de una reflexión teórica, pero de un profundo sentido práctico, que fue llenando la ciudad de edificios anodinos. El afán constructor de numerosas empresas inmobiliarias es un ejemplo evidente. Con una política en ocasiones bastante agresiva en la recuperación de solares edificables [...] estas empresas han diseminado por el Eixample un tipo de edificio de viviendas casi estándar, identificable por sus líneas y sus materiales, dirigido a las clases medias”. El texto hace referencia al crecimiento urbano en los años 60, pero podría hacerlo a la Barcelona de ahora mismo y no sólo con respecto al ensanche de Cerdà.No se engañe. En realidad, los verdaderos rectores del urbanismo barcelonés nunca han sido los dirigentes políticos de la ciudad, sino grupos empresariales, grandes bancos y sagas familiares –incluso personas individuales– que habían venido siendo los mismos a lo largo de las últimas décadas, en algunos casos desde la etapa franquista. Un repaso de este tipo de actuaciones poco claras en las últimas décadas puede encontrarse en el número 100 de La Veu del Carrer, la publicación oficial de la Federació d’Associacions de Veïns de Barcelona, que apareció en febrero de 2007. En ella también se podrá encontrar una nómina bastante exhaustiva de los nombres de empresas, familias y personas que se han beneficiado económicamente del “modelo Barcelona” en las últimas décadas.Si se atiende a los historiadores recientes de las políticas urbanísticas de Barcelona, se les verá a veces empeñados en buscar lo que diferencia unas etapas de otras, sobre todo para mostrar cómo las últimas decepcionan las expectativas democráticas y sociales de las iniciales. 

Se podrá llegar, siguiéndoles, a la conclusión de que las críticas contra los abusos inmobiliarios y las justificaciones simbólicas que lo encubren corresponden a tendencias recientes, decepcionadas por la traición a lo que fuera una edad de oro del urbanismo barcelonés. Eso no es en absoluto cierto y parece más bien responder al despecho de “especialistas” que medraron en un determinado momento y se han visto postergados en los últimos años, lo que les lleva a criticar el abandono o incluso la traición al “auténtico modelo Barcelona” que ellos se arrogan haber encarnado. En cambio, esa primera fase aparentemente inocente fue fundamental –como veremos más adelante– para la constitución de las bases ideológicas de cuyo consenso iban a depender lo que vendría después, inviable sin una legitimación simbólica capaz de disuadir y persuadir. Por otra parte, las políticas sistemáticas de desalojo y expulsión a nuevas y viejas periferias de vecinos “inconvenientes” a los planes de reconversión urbanística arrancan precisamente con la necesidad de las nuevas autoridades democráticas a adaptarse a los nuevos contextos definidos por el tardocapitalismo y su concepción de la ciudad. En otras palabras, que todo lo que se denuncia en la actualidad en materia de acoso contra propietarios o inquilinos molestos para los nuevos planes de recalificación de barrios enteros considerados “obsoletos” ya se denunciaba en la época dorada, la “progresista”, tanto en forma de campañas populares como de estudios académicos o posicionamientos intelectuales.

En el primer caso, recuérdese la campaña “Aquí hi ha gana” (“Aquí hay hambre”), desarrollada durante los primeros meses de 1987, o la de los vecinos de Poble Nou bajo el epígrafe “No volem canviar de barri” (“No queremos cambiar de barrio”), contra las remodelaciones que iban a mutar los escenarios de su vida cotidiana. Las dinámicas de deterioro inducido y el vacimiento hacia la periferia del centro histórico de Barcelona, que parecerían asociarse a las fases de decadencia y traición de la edad de oro del modelo Barcelona, ya estaban siendo estudiadas y denunciadas como en marcha a mediados de los 80, antes de la designación olímpica

Le puedo citar un buen puñado de ejemplos de denuncia de lo que estaba pasando en esa supuesta "fase gloriosa" del urbanismo barcelonés. La mejor muestra, el excelente trabajo de Pere López Sánchez sobre las perspectivas de reforma en el barrio de Sant Pere, El centro histórico. Un lugar para el conflicto, Publicacions de la Universitat de Barcelona), que fue su tesina y que tuvo que haberse leído en el 84 o 85 y se publicó en el 1986. Y mire si tiene denuncias de lo que estaba pasando en Barcelona a la sombra del cuento olímpico: la revista de estudios marxistas Mientras Tanto publicaba en su número 58 (abril 1994), un excelente artículo de Antonio Giménez Merino, “El pobre a la periferia. Especulación urbanística en la Barcelona actual”, Mire también las notas editoriales de los números 43 y 55 de la misma revista. Del mismo Pere López, “1992, objectiu de tots? Ciutat-empresa i dualitat social a la Barcelona olímpica”, Revista Catalana de Geografia, Barcelona, 15 (junio 1991), o “Todos, mayoría y minorías en la Barcelona olímpica-empresa. Apuntes sobre el gobierno de lo social en la ciudad-empresa”, Economía y sociedad, (9, 1993), pp. 103-115; Núria Benach, “Producción de imagen en la Barcelona del 92”, Estudios Geográficos, LIV/212 (julio-setiembre 1993) y Rosa Tello, “Barcelona post-olímpica: De ciudad industrial a escenario de consumo”, Estudios Geográficos, Madrid, 212 (julio-setiembre 1993).

Y perdone por la autorreferencia: "La ciudad mentirosa" no es el título de un libro que me publica La Catarata en 2008, sino de mi aportación al simposio "La organización de les comunidades rurales y su influencia sobre la etnicidad urbana", al que asistí en Tokio en octubre del 1991. Luego lo publiqué como artículo en la revista de filosofía ovetense El Basilisco, que dirigía Gustavo Bueno y en su número 12, de 1992, dedicado íntegramente a la memoria de Alberto Cardín, que había muerto poco antes, en enero de ese mismo año. En julio de 1992 saqué un artículo de prensa en El Periódico de Catalunya.




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