dilluns, 23 de gener de 2012

Las izquierdas revolucionarias y las luchas por la emancipación nacional.



En varios comentarios a entradas anteriores en relación a este tema de "los nacionalismos" se ha vuelto a insistir en la supuesta incompatibilidad entre una de las divisas más innegociables de la izquierda anticapitalista, como es el internacionalismo proletario, y cualquier modalidad de nacionalismo, que vendría a ser su antítesis. La verdad es que la historia y la misma actualidad política no hacen más que desmentir ese lugar común, claramente en el caso de los comunistas, parcialmente en el de los anarquistas.

En el frente comunista la cuestión no tiene respuesta. Los partidos y organizaciones inspirados en la revolución bolchevique han sido siempre patrióticos. De ahí la modificación que llevara del emblemático “Proletarios de todos los países, uníos”, al “Proletarios y pueblos oprimidos del mundo, uníos”. Eso sucedió a partir del momento en el que, en el contexto de la impugnación del imperialismo británico en Asia como peligro inmediato para una Unión Soviética asediada y en guerra civil, se celebra el Congreso de los Pueblos de Oriente en Bakú, en septiembre 1920, poco después del segundo congreso de la Internacional Comunista.

Se ha de tener en cuenta, no obstante, que el camino para este reconocimiento de las luchas anticolonialistas como episodios o facetas de la lucha de clases, ya había aparecido antes de manera abundante en la obra teórica del propio Lenin, que ya se había pronunciado antes en favor del derecho de autodeterminación de los pueblos, al tiempo que había llamado la atención sobre los diferentes sentidos –antagónicos incluso– que podía tener la “lucha por la patria”, cuanto ésta la esgrimían las naciones imperialistas y cuando lo hacían las poblaciones oprimidas. Una completa compilación de este tipo de materiales teóricos se encuentra en V.I. Lenin, La lucha de los pueblos de las colonias y países dependientes contra el imperialismo (Progreso, Moscú, 1973).

Un texto fundamental sería el “Informe sobre la situación internacional y las tareas fundamentales de la Internacional Comunista”, leído por Lenin semanas atrás del congreso de Bakú, en el marco del congreso de la Internacional Comunista. Se encuentra en el mencionado volumen, en concreto en las páginas 381-387. Allí aparecía de forma explícita la convicción de que la revolución socialista ya no tenía como único protagonista a la clase trabajadora de los pueblos “civilizados”, sino a la masa inmensa, de cientos de millones de desposeídos que sufrían el capitalismo bajo su forma imperialista. Ello en paralelo a la asunción por los partidos comunistas, y en especial y en primera instancia por los austro-marxistas –Bauer, Kautsky– y, más adelante, por Stalin. Mírate, de Stalin, Marxismo y cuestión nacional, Anagrama). De ese contexto surgieron las bases teóricas que orientaron la doble naturaleza nacionalista e internacionalista de las luchas contra el capitalismo a nivel planetario, que a partir de ese momento hacían compatible y hasta articulable el patriotismo con las tesis marxistas, generando guerras y revueltas que fueron al mismo tiempo revolucionarias y nacionalistas, incluso lo que hoy con tanto desprecio se llamaría “etnicistas”.

Esa fue la orientación del papel de los comunistas a la hora de apoyar, muchas veces en solitario –cabe pensar en el ejemplo del Partido Comunista Francés y su apoyo a Abd-el-Krim o a los movimientos nacionalistas en las Antillas o África negra– la insurgencia contra los imperios francés o británico en los años 20 y 30 del siglo XX. Y lo fue en muchos otros casos posteriores, de los que los ejemplos serían bien abundantes en todos los continentes. En todos ellos los partidos comunistas asumieron como propias las vindicaciones nacionalistas, haciéndolas inseparables de las de clase. Sabemos que así ha sido y están siendo en muchísimos casos, en los que las tomas de posición revolucionarias han sido esencial y esencialistamente patrióticas. Son bien conocidos los ejemplos registrados a lo largo de los años 50 y 60: Angola, Cabo Verde, Cuba, Argelia, Guinea Bissau, Vietnam, Chile y la mayoría de países de lo que un día fue el movimiento de los no alineados. La revolución cubana, con su consigna “Patria o muerte, venceremos”, explicita bien esa síntesis. Líderes revolucionarios bien conocidos lo fueron también de movimientos fuertemente nacionalistas, como Ahmed Ben Bella, Samora Machel, Amílcar Cabral, Ho Chi Minh, Sekou Touré, Patricio Lumumba o el propio Castro, por supuesto.

Y lo mismo valdría para Europa, donde los partidos comunistas plantearon la lucha antifascista en clave patriótica, sobre todo, como es lógico, en el contexto de la ocupación nazi de sus territorios. En Catalunya esta cuestión aparece como ostensible. Piénsese en el caso del POUM, de la Unió Socialista, de Estat Català-Partit Proletari, del Bloc Obrer i Camperol, el Partit Comunista de Catalunya y, cómo no, de la fusión de algunos de los mencionados en el Partit Socialista Unificat de Catalunya, el PSUC, que protagonizó el único caso en que Catalunya ha sido admitida como nación con entidad propia en un organismo internacional, en este caso la mismísima III Internacional. Recuérdese que la defensa de la República tuvo en España, de la mano precisamente del PCE, una considerable dimensión nacionalista y de liberación nacional, con sus frecuentes exhortaciones a la defensa de la patria contra los invasores moros, italianos y alemanes.

También cabe tener presente que ese mismo patriotismo de izquierdas es el que ha animado y anima numerosos movimientos de liberación nacional determinados conflictos europeos, como el corso, el bretón, el norirlandés o, en el caso español, de catalanes, vascos y gallegos, que en algunas de sus corrientes principales asumieron y mantienen todavía hoy posiciones políticas de signo marxista-leninista. 

También ahí cabria recordar que la orientación marxista de los movimientos de liberación nacional europeos no es, como se ha sostenido, una consecuencia del mimetismo sobre todo con el FLN argelino. En la década de los años 10 del siglo XX, Lenin ya se ocupó de criticar a quienes consideraban que el derecho de autodeterminación que se reclamaba para los pueblos colonizados no era aplicable al caso de conflictos análogos que tenían su escenario en la propia Europa. El propio Lenin ya establecía que lo que se reconocía como objetivo legítimo para Turquía, Egipto, India, Jiva o Bujará –por citar los casos que él mismo proponía–, lo era también para Finlandia, Polonia o Ucrania, e incluso para Irlanda, por cuya revolución de 1916 expresó toda su simpatía. Léase, en la mencionada compilación de Lenin, los artículos “Balance de la discusión sobre la determinación”, sobre todo el punto 6, “¿Se puede contraponer las colonias a Europa en esta cuestión”, y 10, “La insurrección irlandesa de 1916”. Están en las páginas 244-259.

Esto por lo que hace al incuestionable caso de los comunistas. Esta vinculación entre izquierda revolucionaria y movimientos de liberación nacional es, por supuesto, mucho más relativa en el caso de los movimientos de signo anarquista y anarcosindicalista. Relativa, pero no del todo inédita. Hay casos bien ilustrativos, como la Féderation Anarchiste Bretagne Libre, que coordina grupos independentistas anarquistas bretones, cuyo “padre” sería el escritor y socialista libertario Émile Masson. No se olvide el caso de Askatasuna, la corriente abertzale de la CNT vasca. Hay un buen puñado de precursores históricos de esa sobreposición entre anarquismo e independentismo: Secundino Delgado, considerado el padre del nacionalismo canario, o los vascos Félix Likiniano y Federico Krutwig.

En el caso catalán, es cierto que históricamente la CNT-FAI mantuvo una disputa crónica con los catalanistas de ERC y con el gobierno de la Generalitat durante la República, con un buen número de episodios violentos. Pero no es menos cierto que es la CNT la que en 1937 lanza la revista Catalunya, íntegramente editada en catalán, como su órgano regional de expresión. La tendencia nacionalista en el seno del anarquismo catalán cuenta, en cualquier caso, con un referente poderoso, como es Josep Llunas i Pujals, uno de los principales exponentes del librepensamiento anarquista y al tiempo catalanista de finales del siglo XIX. Tampoco hay que olvidar a grandes referentes del movimiento obrero catalán que fueron puentes entre anarcosindicalismo y catalanismo –Francesc Layret, Salvador Seguí…–, ni que el propio Lluís Companys fue abogado de la CNT en los años duros del pistolerismo. En todo caso, si se tiene más interés por el tema, se cuenta con un libro que explica la génesis y el desarrollo del anarcoindependentismo: Anarquisme i alliberament nacional, del Col.lectiu Ikària (Virus). En la actualidad existe una organización que la representa, Negres Tempestes, y su bandera –la A inscrita sobre el triángulo en la senyera, en lugar de la estrella de cinco puntas– no es extraña en las manifestaciones políticas y sindicales en Catalunya.

Por cierto, interesante situación la que se está produciendo ahora mismo en Catalunya en materia sindical. Aquí la CGT, la organización anarcosindicalista que se reclama heredera de la CNT histórica, ha visto incorporarse en masa a militantes de las CUP, lo que ha provocado un curioso fenómeno: el de un sindicato anarquista con una buena parte de sus miembros independentistas, muchos de ellos de ideología abiertamente marxista. Si se siguen los contenidos del órgano de expresión de la CGT catalana, Catalunya –es decir la misma que la CNT sacó a la calle en 1937–, se podrá observar como el sindicato anarquista ha entrado en una dinámica de reconsideraciones –casi de arrepentimientos– de lo que un día fuera la posición hostil del frente libertario en relación con las vindicaciones nacionales y culturales catalanistas.




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