dijous, 29 de juliol de 2010

La protección del espectador. Sobre la prohibición de la fiesta de los toros en Catalunya

Es una pena que la decisión de ayer del Parlament de prohibir la fiesta de los toros en Catalunya no se haya contemplado más allá de una pugna entre nacionalismos y no se haya tomado consciencia de qué es lo que implica en realidad toda la retórica animalista y su exhicibionismo de la bondada. Que los partidarios de la prohibición hayan cantado su victoria gritado “¡evolución!, ¡evolución!” no se ha subrayado como merecía. Esa es la clave: proclamar la urgencia de que Catalunya se aparte de prácticas culturales considerables como “salvajes” o propias de “pueblos incivilizados”, sin explicar exactamente qué es lo que convierte la cultura europea y occidental en superior a las demás culturas planetarias, sobre todo a las que ha dominado, explotado, expoliado o sencillamente aniquilado.
Los motivos que se han aducido para actuar represivamente contra las fiestas taurinas en España han sido casi siempre los mismo en los dos últimos siglos, y siempre han tenido que ver con el proyecto de construcción de un Estado moderno y con la pretensión de homologar la vida cultural de los españoles o, en este caso, de los catalanes, con lo que se ha dado en llamar la “moral civilizada”. Por ello, se ha insistido siempre en señalar la manera como este tipo de actuaciones aparecían frontalmente opuestas a la manera como la modernidad propiciaba la “protección de los animales”, en el sentido de eliminar la manipulación pública de bestias con fines rituales, que contrariaba la tendencia burguesa a clandestinizar la muerte animal -como una variante de la negación moderna de la muerte en general-, así como cualquier principio relativo a las ideas de utilitarismo en las que se basaba la moral capitalista. Ese tipo de fobía moderna a la visión del sufrimiento y la muerte -que no a su inflingimiento industrial a millones de seres vivos, y no sólo animales- es la que se tradujo en Catalunya, de la mano de la ley 3/88, a la matanza del certo y hoy afecta al sacrificio del cordero entre los musulmanes que viven en Catalunya. Se puede matar, torturar, maltratar... Lo que no se puede es ver.
En otras palabras, a quien protegen las normativas y leyes antitaurinas o en defensa de los animales en general no es al animal que muere, sino al espectador, al que se protege de la visión de una crueldad que se produce en otro sitios y mucho más masivamente ¬–de los mataderos y laboratorios al exterminio de especies enteras-, pero fuera del escándalo de su visión. Sería interesante que se echase un vistazo a ese origen de las prohibiciones europeas en el XIX contra la exhibición pública de la muerte animal, tal y como la han trabajado Valentin Pelosse en “Imaginaire social et protection de l’animal. Des amis de bêtes de l’an X au legislateur de 1850" , en L’Homme, XXI/(4 (1981), pp. 5-33 y XXII/1 (1982), pp. 33-51, y en Macel Agulhon, "La sang des bêtes. Le problème de la protection des animaux en France au XIXe. Siècle”, en Romantisme, 31 (1981).
El torero de la fotografía es Carlos Arruza, que en los años 40 y 50 merecía una simpatía por parte de la afición barcelonesa. Era la época que la fiesta de los toros no había caído todavía en manos del fascismo españolista y formaba parte todavía de la cultura popular y obrera barcelonesa.


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