dilluns, 3 d’agost de 2009

El capellà com a pederasta. Pedofagia i pedofilia a les lògiques d'estigmatizació

Ja he insistit prou en com les lògiques d'impugnació i càstic contra el clergat catòlic en les diferents onades de violència anticlerical a l'Espanya contemporánia repeteixen models argumentals i d'acció que havien estat i continuarien sent freqüents en les agressions contra grups dimonitzats. Vaig escriure algunes coses sobre aquesta qüestió, centrant-me en com tant l'hereseologia actual -adreçada contra les anomenades "sectes destructives"- com l'anticlericalisme havían conreat de manera abundant el tema de l'abusador de nens, el pederasta, com una variant del vell devorador de nens. Ho dic perquè a les pintades que es van fer a diverses esglésies de Barcelona el cap de setmana passat per commemorar el centenari de la Setmana Tràgica, en algunes d'elles s'al.ludia a les recurrents acussacions de pederastia contra membres de l'Església. He pensat que potser tindria interès recuperar un apartat d'un article que vaig publicar l'any 07 a una revista d'antropologia de Granada, avui malauradament desapareguda, Fundamentos de Antropología


[Extret de Manuel Delgado, "Vendrá el otro y te comerá"
a Fundamentos de Antropología, Granada, 6/7 (1997), pp. 87-99]

3. ANTISECTARISMO, ANTICLERICALISMO Y PEDOFILIA

Sólo en parte relevado por las truculentas historias relativas a devoradores de almas, el papel de aquéllos que, al pie de la letra, prefieren la de los niños a todas las otras carnes continúa siendo central en los aspectos más vigentes del discurso persecutorio. El horror que en otros tiempos despertara el antropófago de niños y todo el odio social que concitaba, se dirige hoy hacia su equivalente, al que, no en vano, Michel Tournier identificaba en El rey de los alisios con la ternura de los Ogros de la mitología popular: el pedófilo, aquél que adora lo que Gabriel Matznell describía como «aquella maravillosa piel de los menores de dieciséis años, tierna, velluda, lisa, perfumada, suave, luego de la cuál cualquier otra piel se antoja grasa, arrugada o reseca».[1] Equivalencia conceptual del Señor de los Caramelos y el Hombre del Saco, el tránsito de la maldad del pedófago a la del pedófilo ha sido, por otra parte, fácil. La ha favorecido la identificación universal, ya observada por Lévi-Strauss, entre los actos de copular y de comer, una analogía que, para el caso que aquí nos importa, recoge a la perfección el orden mítico de la Esfinge, que devoraba a los jóvenes adolescentes con los que fornicaba. Alberto Cardín sugirió esta intercambiabilidad con acierto, cuando, refiriéndose al doble sentido en que se desplaza la acción seductora entre niños y adultos, mencionaba «el lado del arrobo, por el que la identificación inconsciente atempera el deseo caníbal en la caricia y la carantoña».[2] La imaginación literaria ha abordado la cuestión en ocasiones, muchas veces invirtiendo los términos, y convertir al amante de los niños y los adolescentes en sus víctimas: La bestia, de Pierre Béarn; El elegido, de Thomas Mann ; Lolita y Ada o el ardor, de Nabokov; Diario de un inocente, de Tony Duvert; Ferdydurke, de Witold Gombrowicz; Otra vuelta de tuerca o los relatos de El alumno, de Henry James; Belladona, de Donald Thomas; el ya aludido El señor de los alisios o Los meteoros, de Michel Tournier; De repente, el último verano, de Tennessee Williams, en que se explicita el canibalismo de la relación paidofílica; El marino que perdió la Gracia del mar, de Yukio Mishima...
Hoy, como escribía Adrien Gilesse –«la fraîcheur de la carn, l'indéfini des formes...»–, [3] el infante permanece el último de los grandes tabúes de la sexualidad humana en las sociedades occidentales postvictorianas. Condenado a la asexuación, protagonista de un cuerpo borrado al que se le niega el derecho a un placer sin centro, el niño continúa prisionero de un sistema de escamoteo de todo amor que no sea adecuado a una ideología cultural obsesionada en la preservación de su improbable inocencia. Sin cuerpo, asexuado, cretinizado, al niño se le habla de sexo después de haberle escamoteado todo derecho sexual. «La sexualidad robada se restituye al menor bajo la forma de discurso normativo y teórico», escribió Tony Duvert en una época en que se creyó posible la emancipación humana.[4] En relación a una infancia santificada e intocable, el amante de los niños es lanzado a las simas más profundas del asco social, representación extrema de lo indeseable que se le obliga a ser. La prensa aguijonea periódicamente esta inclinación pública por descubrir la presencia del más nauseabundo de los depravados, del más peligroso de los desviados sexuales. El placer colectivo parece que se intensifica al máximo cuando el infame total es un famoso: Woody Allen, Michael Jackson, el duque de Feria, los inculpados en el caso Army... Entonces el linchamiento se hace todavía más excitante y más provechoso el escarmiento para quiénes se atrevan a experimentar la menor atracción hacia los puros.
La gran aportación de John Boswell en su Cristianismo, tolerancia social y homosexualidad[5] fue que nos mostró cómo la marginación y el acoso contra las minorías étnicas y religiosas en Europa, a partir sobre todo del siglo XII, no puede separarse de la que, al mismo tiempo, se desencadenó contra las minorías sexuales. No pocas veces, este asedio ha articulado la gama de acusaciones de manera que unas implicasen las otras. Así, las inculpaciones de un apetito sexual desmedido, y en especial las de sodomía y de pedofilia –o ambas al tiempo– no sólo han caminado siempre en paralelo respecto de las de judaísmo o brujería, sino que con frecuencia se han presupuesto mutuamente. Ese mismo mecanismo de asimilación se aplicó también a los moriscos y a los herejes en su conjunto,[6] así como a los leprosos, cuya enfermedad –como sucede ahora mismo con el sida– se representa como análogo o concomitante con la sexualidad contranatural. Un caso interesante de este solapamiento entre estigmas religiosos, sanitarios y sexuales lo aportan los agotes, acusados de ser descendientes de leprosos o de musulmanes, según las versiones, y a los que en ciertas regiones francesas, ya bien entrado nuestro siglo, todavía se les atribuía la capacidad de contagiar las peores enfermedades a los niños con sólo acariciarlos, o incluso únicamente dirigiéndoles una mirada.[7] Mucho más recientemente, los moros que combatían al lado de Franco en la guerra civil española y en el seno de las fuerzas aliadas durante la segunda guerra mundial –recuérdese un célebre episodio de La peste, de Curzio Malaparte– fueron reputadas como constituidas por insaciables violadores de niños.
La inscripción de la culpa de pedofilia como sucedáneo de la de pedofagia en las estrategias de estigmatización de los individuos considerados amenazadoras, se reconoce fácilmente en el lenguaje de las actuales campañas periodístico-policiales contra las llamadas «sectas destructivas». En el marco de una generalizada asociación entre sectarismo y disipación sexual,[8] el cargo de «perversión de menores» suele aparecen entre los que motivan detenciones y procesamientos. En casos como el de Edelweiss la homosexualidad pederasta de su líder, Eddie, sirvió para exhibirlo como una repugnante muestra de bajedad. En aquella oportunidad los diarios supieron hacer un inmejorable perfil de lo que debía ser una peligrosa banda de criminales sexuales: «Niños y adolescentes cayeron en la sórdida red de un grupo de pederastas que les iniciaron en prácticas homosexuales» (El País, 25 de setiembre de 1991). Al día siguiente, las víctimas de la secta declaraban : «La homosexualidad en Edelweis era algo normal» (El País, 26 de septiembre de 1991). Las pruebas peritales de los psicólogos-desprogramadores y los informes de los mossos d'esquadra catalanes presentados en el juicio contra Ceis constataban, tal y como escandalizadamente recogía la prensa del momento, que los hijos de los adeptos «tenían unos conocimientos de cuestiones referidas a la sexualidad inadecuadas a su edad» (El País, 19 de setiembre de 1990). Crudos reportajes de la peor prensa populista suelen recoger el presunto drama de los hijos de los adeptos, condenados a una monstruosa precocidad sexual. Con motivo de la detención en Barcelona de varios miembros de La Familia, acusados de someter a sus pequeños a una educación sexual excesivamente deshinibidora, Interviu publicó un reportaje titulado: «Menores de cuatro años practicaban la “fellatio” entre ellos» (30 de julio de 1990). Con motivo de la ridiculizante sentencia absolutoria que cerró el caso, la misma revista elaboraba otro reportaje bajo el rótulo: «Niños a merced de las sectas» (21 de julio de 1993). El propio presidente Bill Clinton justificó lo que más tarde se desvelaría como el homicidio en masa a cargo del FBI de que fueron víctimas los davidianos de Waco invocando la suma perversión de su líder: «Sabemos que David Koresh mantuvo relaciones sexuales con niños» (El Periódico de Catalunya, 24 de abril de 1993).
Cuando la Iglesia católica vió invertirse su lugar en la caza de herejes, pasando del papel de acusadora al de acusada, la orientación de las impugnaciones no implicó apenas modificación. También la institución eclesial resultó culpable de poseer y estimular una procacidad pecaminosa y sucia. Sería largo de inventariar aquí la infinidad de ejemplos de cómo frailes y curas llevan varios siglos cargando con una reputación de personajes lujuriosos y de un erotismo excesivo o desviado. Desde los tiempos del apocaliptismo medieval hasta la actual imaginación hollywoodiense, serían innumerables las muestras de la preocupación o curiosidad que ha suscitado la luxuria clerical. La eliminación de los lugares de culto se plantea, desde sus primeras expresiones, bajo la forma de una higienización tanto física como moral, una purificación que libera el espacio de una presencia putrefacta y contaminante.[9] Pero más allá de las tan frecuentes de promiscuidad, inducción a la prostitución y al adulterio o pornografía, la más severa y recurrente de las acusaciones contra la tenida como anómala sexualidad de los sacerdotes católicos ha sido siempre la de pedofilia.
No es casual que, en las raíces mismas de la fantasía contemporánea acerca del depravado, el Marqués de Sade concibiera la vida monacal como el más perfecto de los marcos para todas las depravaciones posibles o imposibles. La regulación ritual del tiempo y del espacio propia del grupo cerrado –el convento, la orden religiosa, prefiguraciones de la actual «secta destructiva»– se prestaban óptimamente a las actividades imaginadas como propias de la comunidad libertina y muy en especial aquéllas que tenían como destinatario el disciplinamien­to corporal de la infancia y la juventud. Como atinadamente hacía notar Marcel Hénaff,[10] es significativo que la narración de Juliette se abra con el relato de su educación viciosa en el convento de Panthemont, bajo la dirección de Mme. Delbène, la diábolica abadesa, de igual manera que su itinerario por los conventos carmelitas de París o de Bolonia se ve jalonado por las orgías en las que se ve inmersa. Por su lado, el internamiento de Justine entre los frailes de Sainte-Marie-des‑Bois es la columna vertebral en torno a la que giran todas sus desgracias. Por último, recordemos que Los 120 días de Sodoma se inician con el relato de la corrupción de que hacen víctima a su protagonista los monjes de su barrio.
De forma idéntica a cómo pasa hoy con los términos del discurso antisectario, la Iglesia era culpable no sólo de comer el alma de los niños y los adolescentes, sino de esta figura criminal que se conoce en la actualidad como «corrupción de menores». Esta representación de la Iglesia de Roma como concitadora del pecado consistía, en un primer nivel, en un insano control sobre las mentes, ejercido a través de la enseñanza –ya Bakunin advertía de que no se podía confiar la edicación de los niños a los corporaciones, porque éstas existían precisamente pare negar la moral–,[11] el tono afectado de los sermones y la confesión, percibidos como vehículos mediante los que se infectaban los espíritus infantiles con ideas indecentes, así como a través de una liturgia y un culto popular impregnados de una sensualidad equívoca, siempre en los límites de la obscenidad.
En Cataluña, las denuncias de casos de corrupción de menores en los colegios religiosos solían desencadenar fuertes campañas de la prensa anticlerical.[12] En el prólogo de la La bruixa catalana, una obra publicada originalmente en 1910, Cels Gomís nos brindaba un buen ejemplo de este tipo de razonamientos: «Las que van a hacer novenas a las iglesias de Santa Anna o al Pí no siempre son mujeres de clase baja; casi siempre son damas presumidas que usan de ciertas prácticas religiosas para pedir la satisfacción de los deseos que la moral condena, educadas muchas de ellas en conventos, de donde salen la mayoría de veces llenas de preocupaciones de las que nunca se verán libres.» [13] Por su parte, la literatura anticatólica nunca dejaba de mencionar los casos de estupro que conocían con frecuencia las escuelas confesionales. En la primera parte de La forja de un rebelde, publicada al 1944, Arturo Barea evocaba, a partir de su propia experiencia, esta capacidad de los curas de llenar de pensamientos groseros la vulnerable fantasía infantil.


‑¿Tú sabes lo que el sexto mandamiento dice, hijo mío?
‑Sí, padre. El sexto, no fornicar.
‑Explícame lo que es fornicar.
‑No sé, y no puedo explicárselo. Sé que es una cosa mala en­tre hombres y mujeres, pero no sé más ‑El padre Vesga em­pieza a ponerse serio.
‑No se puede mentir al santo tribunal de la penitencia. Me dices que es el sexto mandamiento y ahora te desdices, di­ciendo que no sabes que es fornicar.
‑Fornicar, padre, es... cosas que hacen los hombres y las mujeres y que son pecado.
‑¡Hola, hola! Cosas que hacen los hombres y las mujeres. ¿Y qué hacen los hombres y las mujeres, sinvergüenza?
‑No sé, padre. Yo no he fornicado nunca.
‑¡Estaría bonito, mocoso!. No te pregunto si has fornicado o no; te pregunto si sabes lo que es fornicar.
‑No lo sé. Los chicos dicen que fornicar es hacer hijos los hombres a las mujeres. Cuando están casados no es pecado; cuando no están casados sí lo es.
‑Pero yo lo que necesito saber es que me digas cómo hacen los hijos los hombres a las mujeres.
‑¡Yo que sé! Se casan, duermen juntos y tienen hijos. Pero yo no sé más.
‑No sabes más, ¿eh? El niño es un inocentón; no sabe más. Pero si sabrás tocarte tus partes.
‑Algunas veces, padre.
‑Pues eso es fornicar ‑Sigue un discurso del que no entiendo una palabra; mejor dicho, que me arma un lío horroroso. Las mujeres son el pecado. Por una mujer se perdió el género hu­mano, y todos los santos sufrieron tentaciones del maligno. Les aparecían las mujeres desnudas, con los senos al aire, moviéndose lúbricamente. Y ya el demonio no perdona ni a los niños. Viene a quitarles el sueño y a enseñarles mujeres des­nudas que les turban su pureza.
Sigue y sigue, durante media hora, y me habla de pelos sueltos, de senos temblantes, de caderas lascivas, del rey Salomón, de bailes obscenos, de las mujeres de las esquinas, en un torrente de palabras furiosas de las que resulta que la mujer es un saco de porquería y de maldad y que los hombres se acuestan con ellas y van al infierno. Cuando me separo del cura para rezar la penitencia no puedo rezar. Tengo la cabeza llena de mujeres desnudas y de curiosidad por saber lo que hacen con los hombres.[14]


Otro de los temas predilectos del público lector anti­clerical eran los escándalos de perversión de menores en cen­tros religiosos, una cuestión sobre la que ya se había pro­nunciado Bakunin, cuando señalaba que a las corporaciones religiosas «no se les puede confiar la educación de los ni­ños, ya que simplemente existen para negar la moral».[15] Algu­nos casos, como el que conoció en Barcelona en el verano de 1902, hicieron correr durante semanas tinta abun­dante en la pren­sa.[16] En A.M.D.G., Pérez de Ayala, dedicaba páginas y pági­nas a describir, como había hecho Manuel Azaña en El jar­dín de los frailes, toda la podredumbre moral de los interna­dos je­suitas y como allì se corrompía sexualmente a la juven­tud y a la infancia. La imagen del homb­re de culto dedi­cado a perver­tir a los niños la reencontramos aquí:


Se le hacia presente la escena y el supremo minuto en que su infame preceptor le habia sugerido inmundas verdades, indu­ciéndole a pecaminosos actos con la hija del jardinero. El seminarista, riéndose, corrió a darle alcance. Luego había remachado sobre lo ya dicho. Bertuco protestó. ¡No, no podía ser tal monstruosidad! Le asaltó el recuerdo de su madre. "Entonces... mi madre... ¿Y la Virgen?" había suspi­rado ron­camente. Acudió el seminarista con textos de la doctrina, los cuales en el instante adquirieron cabal sentido.[17]



Para el anticlericalismo existía un vínculo directo entre catolicismo y una homosexualidad que se rechazaba desde postulados puritanos. A finales de 1936, el diario pu­blicado en el frente de Madrid por el 5o. Regimiento inserta­ba un poema en que, entre otras cosas se podía leer:


Curas, frailes, militares,
falangistas, invertidos,
requetés, seminaristas,
sacristanes, monaguillos
y todo aquel que del cuento
vivió entre cera metido.[18]


A su vez, toda la imagineria barroca podía antojarse una apología de «desviaciones» sexuales, como lo homosexualidad y la paidofilia. Los que antes habían hecho escribir a Baude­laire: «Como en un lecho de plumas un refinado se re­vuelca, en los clavos y en el puñal buscando voluptuosidad».[19] De su época de corresponsal sovié­tico en la Espa­ña republicana eran apreciaciones de Ilya Ehremburg como la de que «los Cris­tos, los apóstoles, los santos de los cuadros de El Greco, son refinados masoquistas, snobs afeminados que expo­nen cere­moni­osamente sus pechos a las lanzas. Sus héroes coronados con el título de “justos”, tienen mucho de parecido con los pede­rastas de los cafés de París».[20] Los iconoclastas demostraron una atención especial por la representación del martirio de San Sebastián, prototipo de las connotaciones homosexuales del catolicismo, y en algunos lugares, como en Sort,[21] inspiraron sus ejecuciones en la iconografía del santo. En otro lugar Ehremburg escribi­ría, también en torno a El Greco: «sus santos y márti­res lar­guiruchos comenzaron a parecerme femeni­nos».[22]
En ciertas oportunidades puede isinuarse una interpretación de Cristo mismo como un sátiro en pos de adolescentes inocentes y fácilmente impresionables. Piénsese en la novela de Valle‑Inclán Flor de santidad, en la que una inge­nua y mística pastorcilla se en­cuentra con un truhán, que se hace pasar por peregrino, que la embauca y que acaba por abu­sar de e­lla, lo que viene facilitado por­ el hecho de que la joven está convencida de que se encuentra ante una ree­ncarna­ción de Nuestro Señor Jesucristo, de manera que aca­bará ex­plicándole a la comunidad que el embarazo que se pro­duce se debe a un milagro suyo. Toda la obra está repleta no sólo de elementos tomados del folclor religioso gallego, sino que manipula factores de ori­gen bíblico, como el establo en que la muchacha es seducida por el falso Cristo, o como el osten­sible paralelismo que Valle establece entre la protago­nista y el personaje de María Magdalena.[23] En esa misma lí­nea cabe colocar la novela del austríaco Robert Mitchell Je­sús en la Selva Bohemia, de 1927, en la que María, la hija de un carbo­nero, es –en uno de los comas periódicos a los que una enfer­medad mental la condena– violada en un bosque por un joven artista de Praga de nombre Christian, que la deja embarazada.
La vigencia de esta atención sicalíptica que suscita intensamente las figuras del catolicismo es notable. Clasificada entre las sexualidades extrañas –al lado de la de los viejos, los locos, los inútiles, los incestuosos..– que despiertan la morbosidad entre el gran público, la de los frailes, monjas y sacerdotes estimulan, hoy tanto como ayer, parecida curiosidad e idéntica desaprobación. Sobre todo cuando lo que se pone al descubierto son las inclinaciones pedófilas o pederastas del perverso, lo que hace de él la expresión más rotunda e irrecuperable del enfermo o del delincuente sexual. En Asturias, durante la revolución de 1934, la mayor matanza de frailes la sufren los Hermanos de la Doctrina Cristiana. La acusación : los rumores de prácticas homosexuales con sus alumnos.[24] Décadas después, no ha de transcurrir demasiado para que la prensa alimente lo que parece ser una necesidad popular de delatar y castigar al trangresor integral, este infame absoluto que es el amante de los niños, en especial cuando se descubre en el seno de una institución como la eclesial. En diciembre de 1986 era juzgado un cura que, en el pueblo navarro de Castejón, invitaba a su domicilio a alumnas suyas de 8 a 10 años para pervertirlas. Se recuerda todavía el caso del párroco de Polinyà, que en 1988 fue acusado de ser el amante de su monagillo de 13 años. En la Semana Santa de 1990, un franciscano, profesor de educación física de Alpicat, fue denunciado por filmar ocultamente a alumnos suyos mientras se duchaban. En aquel mismo año el arzobispo de Terranova presentó su dimisión cuando se supo que quince de sus sacerdotes habían abusado de más de cincuenta niños de la escuela en la que trabajaban como profesores. En julio de 1993 el mismo Papa, como a consecuencia de la declaración pública de la Conferencia Episcopal norteamericana en este sentido, reconocía la extensión del acoso sexual contra menores entre los ministros de la Iglesia. Series de televisión como la canadiense Los niños de San Vicente o largometrajes made in Hollywood como Fe en la justicia, con Keith Carradine, son muestras del rendimiento dramático de los niños víctimas sexuales del clero católico.
La abominación contra las «desviaciones» sexuales del clero, contra la satiriasis que afecta a sus miembros, en espacial contra sus inclinaciones pederastas no puede desasociarse de la obsesión puritana por el control de las pasiones. Todas las variantes del moralismo puritano, desde las calvinistas a la anarquista –con la excepción en este caso de la minoría nihilista y nietzschiana–,[25] arremeten contra el catolicis­mo tomándolo como una indecente exaltación de la carne, lo que resulta del todo consecuente con las obs­cenas religiones arcaícas de las que se le hacia descender vergon­zosa­mente o los ritos de los salvajes con las que se le emparentaba. Para unos y otros el asunto era el mismo, y ha sido muy captado y resumido por Mary Douglas : «Las actitudes ascéticas expresan el rechazo hacia todo lo externo, de la cáscara, de la concha vacía, de la contaminación de los sentidos. Se impone un fuerte control al disfrute del cuerpo y a la experiencia se­xual».[26] Como indica Douglas para los purita­nos, como para nuestros revolucionarios, salir a­biertamente al mundo del ritualis­mo, social, sex­ual y reli­gioso simultáneamente, implica «mez­clar­se con el pecado y la corrupción, ensuciarse las manos con las formas de lo exter­no, dialogar con las formas despre­ciad­as, en lugar de adorar los sagrados misterios de la pure­za del cero.»[27]
Volvemos pues a esa división categorial que la Reforma impone y que en tantos sentidos funda intelectualmente la modernidad : la que divide de manera irreconciliable y absoluta el interior del exterior, el dentro y el afuera. Lo «exterior» es lo corporal, lo social, lo visible, la naturaleza, y todo ello se expresa naturalmente en las declinaciones del rito. Lo «interior» es lo espiritual, lo subjetivo, lo inefable, la fe, la esencia, todo lo que sólo puede existir bajo la fisca­lización de la soledad del individuo y la moral introyectada en lo más inconmovible de su ser. De un lado, el ordenamiento de la fe espiritual, del otro la corrupción de la materiali­dad corporal. Es la negación de la sensibilidad por la sen­timentalidad, la religión del «corazón». El rechazo de la palpabi­lidad forma parte también de esa otra fuente, pocas explicitada, de ideología anti­clerical, que es Calvino: «Hay un doble regimen en el hombre. El uno es espi­ritual, por el cual la concien­cia es instruida y enseñada en las cosas de Dios (...) El otro es político o civil, por el cual el hombre es enseñado en los oficios de humanidad y ci­vilidad. Juris­dicción espi­ritual y temporal... La primera tiene su a­siento en el alma interior; la segunda sólo se for­ma o ins­truye en los moeurs, costumbres exteriores.»[28]
Este dominio de los moerus, el Reino Civil que se opone semánticamente al Reino Espiritual, pero que también se le opone en la historia en el sentido de le hace frente y frena su avance, es idéntico al mundo y a la carne, y por ello es manifestación de lo demoníaco.[29] La Reforma ve en la Iglesia el obstáculo donde se articulan poderosamente las costumbres, por ello, como dice Lortz, es la negación de ésta en su aspecto visible, «an­clada en el magisterio objetivo y en el sacerdocio sacra­men­tal. La Refor­ma desplaza las fundamentales actitudes medievales del obje­tivismo, del tradicionalismo y del cleri­calismo, y las susti­tuye por las actitudes del subjetivismo, del espiritua­lismo y del laicado».[30] Esto es lo que en España estaba pen­diente aún en 1936 y lo que las distintas corrien­tes antie­clesiales es­taban dispuestas a ejecutar para la im­plantación final en nuestro país del gobierno de la Razón político‑eco­nómica. Y había una sola manera para ello. La misma que habían apli­cado las revoluciones puritano‑burgue­sas europeas desde las pos­trimer­ías de la Edad Media. Frente a la violen­cia de la exteriori­dad de lo social, de la carne y de los viejos dioses paganos a los que los católicos rendían culto, la violencia inexorab­le y purificadora de la Fe verda­dera, o de su versión laicizada, la Razón.
La lucha contra la Iglesia es lucha contra el cuerpo en un sentido literal, puesto, que para el credo católico, teológicamente hablando, la Iglesia es el Cuerpo Visible de Cristo, la expresión de su incorruptibilidad histórico-escatológica. La lucha anticlerical cobra así el sentido de una lucha contra un cuerpo triple, a la vez carnal, social y místico, puesto que se reconoce una hipóstasis activa entre la Iglesia –que se pretende concreción terrenal del Cuerpo Místico de Cristo–, la corporeidad del co­lectivo social y la corporeidad física, todas contempladas como en pleno proceso de putrefacción por el puritanismo reformador. Para Lutero, y para sus inconscientes se­guidores ibéricos, el cuerpo es mate­ria, mundo. «El mundo es el Demonio, y el Demo­nio es el mundo», proclama.[31] La cruzada contra el Mal, representado en el cuerpo soc­ial, la sexualidad y la Igle­sia, conducía al triunfo final del Reino del Es­píri­tu, negación objetiva y simbólica del Mundo‑Demonio‑Ca­r­ne que se había hecho presente entre nosotros y en nosotros. Como ha re­cordado Carlos Moya, el protestantismo fue una reacción vio­lentamen­te radical contra la afirmación del signo «Cuerpo» en el ca­tolicismo romano. [32] Octavio Paz, en esa misma dirección había escrito : «El protestantismo exagera el horror cristiano ante el cuerpo». El cuerpo, de ser templo del Espí­ri­tu San­­to, pasa ser, de la mano de Lutero, Calvino y Zuinglio, en lugar excremental del Espíritu San­to. Para la Reforma, el Reino del Espíritu es la negación teo­lógi­ca‑metafísica de la existencia car­nal, victoriosa imposición de lo divino sobre el viejo im­perio satánico del mundo y de la carne.
A muerte, pues, contra lo que Sade había llamado «los dogmas ab­surdos, los misterios terroríficos, las ceremonias mons­truo­sas, la moral imposible de esa repugnante religión»: el catolicismo.[33] Para ello hay que incluir a los curas y monjas en aquellas zonas de sexualidad extraña que, como apuntara certeramente Michel Foucault, empiezan a ser intensamente atendidas a partir del siglo XVIII, muchas veces entremezclándose entre sí : la sexualidad de los locos, de los viejos, la homosexualidad, el sexo de los primitivos y, especialmente y hasta ahora mismo, el sexo de la infancia. También la sexualidad del clero, que transcu­rría al margen, e incluso contra, el vínculo matrimo­nial, pasaba a engrosar el capítulo de las sexualidades no contr­ola­das que debían ser severamente fiscalizadas. La malignidad del catolicismo aparece estrechamente vinculada, así pues, a la lucha contra el cuerpo emprendida por todas las variantes reformistas. Es del todo sabido –y Mary Douglas ha dedicado a ello varios de sus mejores trabajos– que el protestantismo asienta gran parte de su alternativa moral en el mie­do y la desconfianza ante la palpabilidad de la ma­teria y ante una sensualidad que identifica con el Mal, a lo que se opondría el Espíritu, única identidad humana libre e indife­renciada. La única fuente de seguridad es entonces la con­ciencia, creada a imagen y semejanza de la divinidad, mien­tras que lo carnal es intrínsecamente sucio y contaminan­te.
El clero católico aprendía así en propia carne un principio que se aplicaba sistemáticamente a quiénes se antojasen un obstáculo para el proceso de modernización, entendido como proceso ascético de desencarnación del mundo y como un colosal exorcismo a que toda la sociedad era sometida. Ese principio establecía que toda resistencia a esa dinámica purificadora sería planteada en gran medida en clave erótica, asignándoles a los recalcitrantes una sexualidad deforme y mostrándolos como expresión de instintos no sujetos a control. De ahí que entre los reproches relativos a la anómala sexualidad de los refractarios –incluyendo en un lugar privilegiado a los católicos– esté hasta ahora mismo, en un lugar tan prominente, la afición por los niños. Y eso es porque hoy, igual que ayer, instalándose en la periferia o más allá de aquello que se homologa como normal o tolerable, la atracción hacia los menores continúa constituyendo un factor inapelable de marginación social. Y, a la inversa, la marginación social hace de quién la sufre automáticamente el seguro poseedor de una sexualidad tan irregular como la actitud que le es atribuida hacia la comunidad misma. Toda insumisión sexual comporta la marginación del desobediente, al mismo tiempo que toda marginación de desafectos, sea cual sea la causa real o ficticia de su estigma, presupone la segura presencia de una abominación sexual en ellos. Las figuras del perseguido sexual, del marginado sanitario –el enfermo de sida– y la del hereje o el infiel continúan, hoy tanto como hacer ocho siglos, sobreponiéndose unas sobre otras, interseccionándose, confundiéndose hasta conformar una única imagen de aquél que ha de ser objeto de execración o castigo.
Entre quiénes han sido señalados con una cruz en la espalda, como encarnadores que se les considera de modalidades inaceptables de existencia, ocupa un lugar estelar aquél que ama a los niños, y los quiere tanto que, como insinuaba Michelet refiriéndose a los jesuitas, «ils auraient voulou les élever tous».[34] De la percepción que se hace de esta voluntad del amigo ilegítimo de los niños de acapararlos para sí, robándole las criaturas, su alimento básico, al Estado y a la sociedad, se desprende del grupo un poderosísimo exudado sentimental que aborrece de la manera más profunda y duradera al delincuente‑enfermo sexual, al odioso vampiro de almas, a aquél que acaricia las pieles más jóvenes o le habla al oído a los inocentes para contaminarles su inmundicia. Es en él que se sabrá siempre hallar, agitándose, una inconfensable intención de comérselos vivos, su parentesco secreto con el Lobo de los cuentos. Y no puede haber perdón para quiénes osen desacatar el único orden caníbal posible, ni su bulimia infinita del más tierno de los espíritus, de la más fresca de las carnes.
[1] G. Matzneff, Le moins de seize ans, Julliard, París, 1988, p. 77.
[2] Cf. A. Cardín, «Esos angelitos. La infancia seducida, la madurez seductora, y viceversa», Un cierto psicoanálisis, Libertarias, Madrid, 1993, p. 197.
[3] A. Gilesse, «L´enfance des mots», Gai Savoir, 502 (enero 1992), p. 78.
[4] T. Duver, Le bon sexe illustré, Minuit, París, 1974, p. 24
[5] J. Boswell, Cristianismo, tolerancia social y homosexualidad, Muchnik, Barcelona, 1993.
[6] Moore, La formación de una sociedad persecutoria, pp. 112-115.
[7] Ch. Delacampange, Racismo y occidente, Argos-Vergara, Barcelona, 1983, p. 100.
[8] A. Cardín, «La imaginación sectaria» y «El sexo de las sectas», en Contra el catolicismo, Muchnik, Barcelona, 1998, pp. 149-160
[9] Una revista libertaria de Puigcerdà publicaba publicaba, en octubre de 1936, un artículo alegrándose de la detrucción de la iglesia parroquial en estos términos : «La desaparición de aquel edificio, a la par que el saneamiento moral que significa, dará realce urbano a aquel lugar. En lugar de rincones, de obscuridad, cadaverismo y atmósfera rarificada por el aliento fétido de la beatería fanática, habrá amplitud, claridad, vida luz, saneada atmósfera» (citado por J. Pons i Porto y J.M. Solé y Sabaté, Anarquía i república a la Cerdanya (1936-1939), Publicacions de l´Abadia de Montserrat, Barcelona, 1991, p. 51).
[10] M. Hénaff, Sade. La invención del cuerpo libertino, Destino, Barcelona, 1980, pp. 171-6.
[11] S. Dolgoff, La anarquía según Bakunin, Tusquets, Barcelona, 1983, p. 86.
[12] Romero-Maura alude a la persistencia de tal acusación. La Rosa de Fuego, pp. 271-2.
[13] Gomis, La bruixa catalana, pp. 43-4.
[14] A. Barea, La forja de un rebelde. I. La forja, Turner, Madrid, 1985 [1944], pp. 143-144.
[15] En Dolgoff, La anarquía, p. 86.
[16] Cf. La Campana de Gràcia, 19 de agosto de 1902, o La Publicidad, 10 de junio del mismo año.
[17] Pérez de Ayala, A.M.D.G., p. 293.
[18] V. de Boda, «A pesar de todo...», Milicia popular, 21 de diciembre de 1936.
[19] Ch. Baudelaire, Las flores del mal, en Poesía completa, Ed. 29, Barcelona, 1976 [1847], p. 370.
[20] Ehremburg, España, p. 42.
[21] En F. Gómez Catón, La Iglesia de los mártires, Mare Nostrum, Madri­d, 1989, vol. I, p 28.
[22] I. Ehremburg, Años turbulentos, Mateu, Barcelona, 1965, p. 228.
[23] Cf. D.L. Garasa, «Seducción poética del sacrilegio en Valle-Inclán» en Ramón del Valle-Inclán, 1866-1966, Universidad de La Plata, Buenos Aires, 1967.
[24] J. Álvarez-Junco, «El anticlericalismo en el movimiento obrero», en G. Jackson et al., Octubre 1934, Siglo XXI, Madrid, 1985, pp. 299-300.
[25] Curiosos los fenómenos de reversibilidad en las acusaciones de pederastia. Quién más se había distinguido en los asesinatos de clérigos en la zona de Tremp y La Pobla de Segur, un tal Màxim Cid, fue ejecutado por los que habían sido sus compañeros de la CNT-FAI el 31 de diciembre de 1936. El cargo que pesabe sobre él era de lo más grave : había abusado sexualmente de un niño refugiado de 12 años que tenía hospedado en su casa. Cf. F. Prats i Armengol, La ciutat de Tremp durant la Segona República i la guerra civil 1931-1938), Rafael Dalmau Editor, Barcelona, 1990, pp. 266-268.
[26] Douglas, Símbolos naturales, p. 170.
[27] Ibidem, p. 180.
[28] Calvino, Institution de la Religion Chrétienne, Livre Troisième, Librairie Philosophique J. Vrin, París, 1960.
[29] Al respecto, me remito a C. Moya, De la ciudad y su razón, Cupsa, Madrid, 1977, pp. 145-220.
[30] J. Lortz, Historia de la Reforma, Taurus, Madrid, 1963, vol. I, p. 22.
[31] Citado por N. Brown, Eros y Tanatos. El sentido psicológico de la historia, Joaquín Mortiz, México DF, 1967, p. 248.
[32] Moya, De la ciudad y su razón, p. 186.
[33] Sade, La filosofía en el «boudoir», Ruedo Ibérico, París, 1975, p. 163.
[34] J. Michelet, Le Prêtre, la femme et la famille, Calman-Lévy, París, 1845, p. 21.

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